Eres la mejor

Me acaban de operar del hombro y bajar un poco el ritmo me ha dado la oportunidad de hacer balance de los 20 años que llevo ejerciendo de madre. No puedo evitar sonreír cuando recuerdo la emoción de enterarme que estaba embarazada por primera vez.

Nunca había “tenido tratos” con ningún bebé y lo solucioné acudiendo a los libros. Primero fue “Tu embarazo semana a semana”. Cuando nació Itziar, “El primer año de la vida del niño”. Cuando cumplió un año, “Tu hijo de 1 a 3 años”.

También leía sobre la estimulación temprana de los bebés y la tenía todo el día probando cosas: oliendo las especias de la cocina y toda clase flores y plantas; tocando bebidas frías y calientes, telas rugosas y suaves… Era bastante agotador.

Entonces llegó Ignacio y tuve que cambiar de estrategia. Lo importante era atender a la mayor para que no tuviera celos de su hermano pequeño. Intenté que ella fuera la protagonista, pero a pesar de todo tuvo celos, como es normal. Y eso que su hermano fue “un santo varón” y yo me limitaba a darle de comer, cambiarle los pañales, bañarle y dejarle en la cuna. Era tan bueno que a veces me saltaba las tomas porque ¡me olvidaba de él!

Aún así la estimulación quedó aparcada ante la saturación de pañales, comida de bebé, de niño y de adultos, bodies y braguitas a lavar, baños diarios y, por supuesto, el rato de paseo y parque (vital para mi salud mental).

Cuando ya había logrado un equilibrio, precario, pero equilibrio, llegó Javier. Era el bebé más llorón que he conocido. Mientras Itziar tiraba juguetes, Ignacio hacía torres con cubos, yo me ocupaba de las tareas de la casa arrastrando la mini-cuna con Javier llorando a pleno pulmón. Mi parte favorita era llegar a la cocina a preparar la comida porque enchufaba la campana extractora de humos y el ruido ahogaba un poco el llanto de Javierito.

Con el colegio de los niños dejé atrás la etapa de los libros y empecé la de las escuelas de padres: motivación positiva, planes de acción individualizados y familiares, reconocimientos…

Por entonces con cuatro, luego cinco hijos y subiendo, empecé a naufragar. Muchas veces las órdenes carecían de toda motivación, los castigos eran del tipo acción-reacción, el único plan individualizado era un póster pegado en la pared del comedor en el que mis hijos dibujaban garabatos… Mi aspiración era que se cumplieran unas normas que nos permitieran llegar al colegio a la hora, que la casa estuviera mínimamente ordenada y cumplir un horario de comidas, deberes y duchas. Es verdad que “entre col y col” íbamos transmitiendo con mucha tozudez algunas virtudes esenciales: el valor de la verdad y la sinceridad, lo necesario que era (y sigue siendo) la ayuda de cada uno para que todos podamos salir adelante, la fe en Dios, el cariño a la Virgen, Nuestra Madre del cielo… En fin, lo más esencial de lo esencial.

A veces, muchas veces, tenía la tentación de no guiar ni corregir a mis hijos, de dejar las cosas correr, porque era consciente de que no lo hacía bien, perdía los nervios y gritaba a tiempo y a destiempo. Si hay una verdad universal en los libros de educación y en las escuelas de padres, esa es que no hay que gritar. Y si yo no podía dejar de gritar, ¿qué?

Entonces Dios cruzó en mi camino a José María Alsina, un sabio padre de 9 hijos. Juanjo y yo acudíamos a unas conferencias suyas sobre la devoción al Corazón de Jesús. En una ocasión le escuché decir:
“A tus hijos diles todo lo que les tengas que decir. Si se lo dices bien, mejor. Pero si no puedes decirlo bien, al menos díselo”.
Ese es mi lema: “Al menos díselo” porque lo que más necesita un hijo es tener padres y que ejerzan.

Hace unos meses, una mañana cualquiera, todo eran prisas. “Vamos, todo el mundo arriba, a vestirse y a desayunar”.
Me faltaba Rafa y empezaron los gritos: “Rafa, ¡Rafa! ¡¡Rafa!!”
Aparece en lo alto de la escalera, está vestido con el uniforme, pero lleva los calcetines en una mano y los zapatos en la otra. Me sonríe. Su sonrisa “me mata” y se me ahoga el bufido que le iba a soltar. Entonces aprovecha y me dice:

“Mamá..”
“¿Qué hijo?”
“Eres la mejor mamá que tengo.”
Se oyen risas de sus hermanos y comentarios del tipo: “Rafa, ¿pero cuántas mamás tienes?”
Él repite: “Eres la mejor mamá que tengo”
Yo le entiendo. Lo que importa no es que yo gane un concurso de mamás, ni que yo sea una madre perfecta. Lo que importa es que yo soy su mamá y, porque soy su mamá, soy la mejor.

Recuerda: Tú también eres la mejor mamá que tiene tu hijo.  

María José Arranz

Mi blog "Andar por casa" 

Me llamo Mª José tengo 48 años, llevo casada con Juanjo casi 24 y tengo 7 hijos: Itziar de 20, Ignacio de casi 18, Javier de 16, “Juanjito” (es para distinguirlo de su padre, ¡en fin!) de 14, Pablo de 13, Mª Maravillas de Jesús (con todas las letras, que su nombre es el cumplimiento de una promesa) con 10 años y Rafael, el benjamín, de 8.
Ah, se me olvidaba, también soy licenciada en Derecho y, en mis ratos libres, trabajo en la administración de una revista.

María José Arranz es autora, editoray responsable del Blog Andar por casa, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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