El Señor me lo dio

En estos últimos dos meses se han producido cambios en mi vida. No sé cómo todavía no me he acostumbrado: cuando todo parece, por fin, ordenado y controlado, entonces llega Él y te da una “vuelta de tuerca más”.
En fin, he estado a punto de abandonar el blog. Sin embargo, el ánimo y la paciencia de algunas personas y lo que disfruto compartiendo con vosotros mis experiencias, me han traído de vuelta.

Era el verano de 1997, Itziar tenía tres años, Ignacio apenas nueve meses y yo estaba embarazada. Me había costado mucho contar lo de mi tercer embarazo. Ya no había quien escondiera que no éramos “normales”.  Recuerdo el apuro que pasé cuando se lo dije a mis padres y recuerdo su silencio.

Juanjo y yo habíamos decidido ir unos días a la playa para desconectar. Cuando lo teníamos todo organizado él se hizo un esguince de grado “no sé cuántos” y salió de urgencias con la pierna escayolada hasta la rodilla.
En los viajes a mí siempre me habían tocado los niños y a Juanjo el volante. Ese verano hubo que cambiar. Después de ocho horas conduciendo llegamos al apartotel sin mayor novedad. Bajamos todos los bártulos y fuimos a la piscina. Mientras yo me bañaba con Ignacio en brazos, Itziar corría por el borde hasta que se cayó dentro vestida, claro. Juanjo la sacó metiendo rápidamente un brazo en el agua. Yo me sentía tan bien. Mirando a mis hijos y a mi marido, la paz y la felicidad me llenaban por dentro.

Cuando subimos al apartamento, fui al baño. El corazón me dio un vuelco, había empezado a tener pérdidas de sangre. Se lo conté a Juanjo y nos miramos en silencio valorando qué hacer. No conocíamos a nadie allí, ni sabíamos dónde estaba el hospital más cercano.
Juanjo me preguntó: “¿Manchas mucho? Quizás si te acuestas, pare…”
“Es bastante, creo que no debemos esperar…”
“Vámonos entonces. Yo me encargo de Itziar, viste tú a Ignacio.”

Senté a Ignacio en el sofá para ponerle sus zapatillas. Volví la cabeza un momento y el niño se cayó de bruces al suelo. Paró el golpe con la cara y en unos minutos se le hincharon la nariz, los labios, la boca, parecía un monstruo, pobrecito. Los dos llorábamos, él asustado y por el dolor, yo de culpabilidad, por miedo, por él, por mi bebé.

Cuando llegamos al hospital, Juanjo se fue con los niños a las urgencias de pediatría y yo me quedé sola en las de ginecología. Me sentaron en esa silla, esa que todas conocemos, donde estás tan expuesta e indefensa. Mientras esperaba, recé:
“Sagrado Corazón de Jesús en Ti confío… haz de mí lo quieras”. Me hicieron una ecografía. Yo miraba a la doctora, intentando leer en su cara lo que ella veía en la pantalla que estaba detrás de mi cabeza. Fue rápida y directa:
“Ya no hay embarazo, el feto está muerto y hay que hacerle un legrado para evitar infecciones posteriores. ¿Quiere que la ingrese o prefiere ir a su médico?”
Inconscientemente busqué a Juanjo, pero no estaba. Le contesté:
“No soy de aquí, estábamos de vacaciones. Prefiero irme a mi casa y que mi médico se ocupe.”

Cuando salí, Juanjo estaba esperándome. Ignacio ya no lloraba y tenía a Itziar de la mano. “El niño no tiene nada roto, solo es el golpe”. Entonces me miró preguntándome. Yo me eché a llorar y él comprendió.

Recogimos nuestras cosas, y volvimos al coche. ¡Qué vacaciones tan cortas y tan amargas! Mi hemorragia era cada vez más fuerte, había que darse prisa en hacer las ocho horas de vuelta. Juanjo se sentía impotente, no pudo hacer nada por el bebé y ni tan siquiera podía ayudarme a mí conduciendo. Estaba semirrecostado en el asiento trasero con su pierna escayolada.

“No lo entiendo. No lo entiendo. Tanta gente que se niega a tener hijos y nosotros que estábamos dispuestos… ¿Cómo Dios ha permitido esto? ¿Qué bien puede sacar? Yo quiero hacer su voluntad, pero ¿qué clase de voluntad es esta? ¿Qué hemos hecho para que nos trate así?”

Yo permanecía en silencio, intentando que las lágrimas no me enturbiaran la mirada que no separaba de la carretera.
“Pero di algo, Mª José, ¿cómo puedes estar tan callada? Dime algo que me ayude a entender.”
Sin pensar en nada, las palabras me brotaron solas:
El Señor nos lo dio. El Señor nos lo quitó. Bendito sea el nombre del Señor.

María José Arranz

Mi blog "Andar por casa" 

Me llamo Mª José tengo 48 años, llevo casada con Juanjo casi 24 y tengo 7 hijos: Itziar de 20, Ignacio de casi 18, Javier de 16, “Juanjito” (es para distinguirlo de su padre, ¡en fin!) de 14, Pablo de 13, Mª Maravillas de Jesús (con todas las letras, que su nombre es el cumplimiento de una promesa) con 10 años y Rafael, el benjamín, de 8.
Ah, se me olvidaba, también soy licenciada en Derecho y, en mis ratos libres, trabajo en la administración de una revista.

María José Arranz es autora, editoray responsable del Blog Andar por casa, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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