Plan de Semana Santa

Como siempre en estas fechas, la pregunta en casa es:

Y esta Semana Santa ¿qué hacemos?

Y siempre me vienen a la cabeza un montón de recuerdos, anécdotas, rostros y lugares… Os comparto algunos momentos:

Mi hijo Javier, con unos 6 años, y yo estábamos sentados en un banco de madera en una iglesia de piedra de un pueblo perdido de Burgos. Acompañábamos a un sacerdote ciego que estaba en el confesionario esperando que algún alma de las 15 del pueblo, ¡y exagero!, viniera a hacer las paces con Dios.

Javi estaba muy calladito, pero como se revolvía en el banco, le miré y aprovechó para decirme: “Mamá, no sé qué me pasa. Me duelen un montón los dedos de los pies”. Yo no sabía si reír o llorar: “No pasa nada, Javi, es por el frío. Mueve los dedos para que no te duelan”.

Los del pueblo tenían una solución para el frío con nombre propio y todo: la Gloria. Nosotros llamábamos a la puerta para evangelizar casa por casa y siempre nos recibían igual: “¡Por Dios, con este frío, a quién se le ocurre!! Pasad a la Gloria y tomaos un cafetito caliente“. Un lugareño nos contó quién era la Gloria. La zona de estar de las casas tenía excavado un hueco, como un semisótano, debajo del suelo, por el que se repartían brasas encendidas y, gracias a eso, allí realmente se estaba en… la gloria.

De aquel pueblo me acuerdo de la Hora Santa delante del monumento la noche del Jueves Santo. Éramos un puñado de personas, casi todas mujeres y algún hombre. No sé si llegaríamos a la docena. Todos apiñaditos alrededor del Santísimo. Recuerdo ideas sueltas, les hablé sobre todo de cómo Jesús, más inocente que un niño pequeño de los nuestros, iba a dar hasta la última gota de su sangre por nosotros, para ganarnos el corazón, para que nos volviéramos a Dios. Y recuerdo las lágrimas, las mías y las de algunos otros…

Otro año llegamos a Palencia, y cuando entrábamos con la furgoneta en el Seminario Menor, Rafa exclamó emocionado: “¡No me habíais dicho que íbamos a vivir en un hotel!” Carcajada general. En su mente un edificio con escaleras grandes, jardines y campo de fútbol era igual a hotel. Enseguida se dio cuenta de que aquello, grande sí era, pero hotel no. Después del viaje y acoplarnos como pudimos en tres habitaciones contiguas, conseguimos que todos estuvieran en su sitio y hasta Rafa metido dentro del saco de dormir. Entonces se escuchó su voz: “Mami, apaga la luz.” Yo le contesté: “Hijo, no puedo, no hay interruptores, la apaga Pepe (el encargado de logísitica del grupo) cuando todos estemos listos”. Esa era una de las curiosidades de “nuestro hotel”. Pero nada como lo de las duchas: los baños, mujeres en un piso, hombres en otro, eran habitaciones grandes con unas ocho duchas con su puerta y todo, pero… ¡sin grifos! Desde fuera Valentina abría todas las duchas a la vez y por los gritos deducía si nos congelábamos o nos achicharrábamos.

Por la mañana, después de las oraciones en la capilla, desayunábamos y salíamos a los pueblos de alrededor. A nosotros nos tocó Carrión de los Condes. Nos hizo viento, nos llovió y nos nevó, pero nosotros llevamos a todas las casas que pudimos el anuncio de que la Iglesia les esperaba con los brazos abiertos especialmente esos días de Semana Santa. A las casas y a otros sitios… Una de las actividades se hacía por la noche el Jueves Santo. Consistía en abrir las puertas de una ermita que había quedado sin culto en medio de la “zona de copas” del pueblo e invitar a los jóvenes a visitar a Jesús en el monumento. Igual contar esta experiencia me cuesta una “regañina” de mi marido, pero no me puedo resistir a compartirla:

Después de cenar en nuestro “hotel” salió él, muy animoso, con nuestro hijo Ignacio (tendría 16 años entonces) y un grupito de chicos entre 16 y 18 años a recorrer esa zona de copas. Entraron en algunos bares y a la puerta de una discoteca tuvo uno de sus arranques: había que entrar porque allí seguro que había muchos jóvenes que invitar. Los chicos le siguieron, los ojos como platos, y él se dirigió a la mesa de sonido, le pidió al DJ que quitara el vídeo cuasi-porno que estaban proyectando, que parara la música y que le dejara el micrófono. ¡Y le hicieron caso! Y micro en mano les lanzó a todos un reto: “¿A ver quién de vosotros tiene “narices” para salir por esa puerta y acercarse a Cristo que os está esperando en la ermita ahí enfrente? “

Sin embargo, para Juanjo no es la arenga en la discoteca su recuerdo preferido de Semana Santa, sino la ocasión en que un párroco le pidió que llevara el Santísimo a otro pueblo, que le colocara en el Sagrario (que llevaba vacío mucho tiempo) la tarde de un Jueves Santo y que presidiera una paraliturgia de la palabra allí. Llevar a Jesús sobre el pecho le tuvo impactado mucho tiempo. Yo no sé lo que les diría a los del pueblo aquel, pero sí sé que cuando volvimos a Madrid, Ignacio en el cole contó lo que había hecho en las vacaciones: “Yo he ido de misiones y lo que más me ha gustado han sido las homilías de mi padre.”

María José Arranz

Mi blog "Andar por casa" 

Me llamo Mª José tengo 48 años, llevo casada con Juanjo casi 24 y tengo 7 hijos: Itziar de 20, Ignacio de casi 18, Javier de 16, “Juanjito” (es para distinguirlo de su padre, ¡en fin!) de 14, Pablo de 13, Mª Maravillas de Jesús (con todas las letras, que su nombre es el cumplimiento de una promesa) con 10 años y Rafael, el benjamín, de 8.
Ah, se me olvidaba, también soy licenciada en Derecho y, en mis ratos libres, trabajo en la administración de una revista.

María José Arranz es autora, editoray responsable del Blog Andar por casa, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

Más en esta categoría: « Eres la mejor Anda, ¡ríete un poco! »
Las cookies facilitan la prestación de nuestros servicios. Al utilizar nuestros servicios, usted acepta que utilizamos cookies.
De acuerdo