Martes, 02 Marzo 2021 00:00

Esperando el Cielo

Escrito por

Querido Padre:

Hoy cumplo setenta años aquí en la tierra, número redondo que significa plenitud y por los cuales tengo que darte gracias, ya que desde antes de la creación del mundo, me tenías en el pensamiento, para después llevarme a la completa plenitud en la Vida Eterna.

No importan los años que viva aquí, sino el regalo que me ofreces después de mi salida de este mundo. ¿Cuántos me quedarán para salir de este mar y pasar a la otra orilla? ¡Sólo tú lo sabes! Nosotros no sabemos ni el día ni la hora del santo viaje.

Reflexiono y me pregunto: ¿en qué he malgastado mi vida o en qué la he gastado? Dice el salmo 90: "Aunque el justo viva setenta años y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan; enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato". Un corazón sensato que te busque a TI, porque la representación de este mundo se termina.

Seguramente he gastado mi vida más en vanidades y vaciedad que en llenarla de Ti, aunque siempre he buscado llenar el vacío buscando la verdad y, como ya he dicho en algún testimonio, ha sido la verdad la que me ha encontrado a mí para sacarme de la mentira, haciendo una llamada y una elección sobre mi vida y encomendándome una misión, sin tener en cuenta mi debilidad y pobreza; al contrario, valiéndose de ella para anunciar tu Poder, ya que llama a lo que no es para que sea.

A partir de la historia de salvación que has hecho con mi vida y de los acontecimientos que has permitido, me has llevado a la misión del anuncio del Evangelio y me das el celo por anunciar a Jesucristo a cualquier persona que lo necesite, a tiempo y a destiempo. A tiempo a los que quieren escuchar, a destiempo a los que no quieren, pero que no saben siquiera para qué han nacido, y no viven, sino sobreviven, evadiéndose continuamente de su realidad, buscando lo que no tienen, creyendo que la vida está en lo que les falta.

Este anuncio de la Buena Noticia del amor de Dios, es a mí a la primera a la que le hace falta cada día, si no, es imposible anunciarlo. Por eso es importantísima esta misión, para poner esperanza donde hay desesperación, vida donde hay muerte, sobre todo ahora con esta pandemia que muchas personas la están viviendo en el miedo.

Quisiera poder aprovechar el tiempo de cada día como un regalo que se me da, como si fuera el último, en espera de lo que me tienes reservado en el Cielo. Aunque el Señor está purificando mi vida de muchas formas, no me puedo fijar en lo que me falta, sino en lo que me sobra, y... ¡me sobra tanto! Pero tú, Señor, me ayudas en mi debilidad y vas quitándome apegos y esclavitudes que me quitan la libertad, sobre todo las afectivas, porque mi mensaje no es acogido ya que no es compartido en muchas ocasiones.

Es cierto que no soy la misma que cuando empecé a caminar, porque tú, Señor, has cambiado todos mis valores. Es cierto que me muevo entre la luz y la sombra, como puedo comprobar en cuanto me despego de la luz. Es cierto que pones en mí el deseo de seguirte y de hacer tu voluntad. Es cierto que actúas más cuando se da el deseo, porque para amarte primero hay que desearte y para desearte hay que conocerte.

Dice tu Palabra de San Lucas 12: "He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!" Yo también quiero este fuego del Espíritu Santo sobre mi tierra, cuando esté seca, porque sin él nada bueno sale de mí. Que este fuego que es figura del Espíritu Santo recibido en el bautismo pueda ir quemando todo lo viejo, para que aparezca lo nuevo y haga crecer en mí la sabiduría que Tú mismo dices que está escondida a los sabios e inteligentes de este mundo y se la revelas a los pequeños. ¡Que pueda acoger y aceptar mi pequeñez cuando sale de mí lo que no quisiera y con lo que puedo hacer daño! Con esta pobreza mía, el único que puede enriquecerla eres tú ¡Sáname, Señor! Te doy la oportunidad de que me cures y hagas de mí una persona nueva que te de la gloria a Ti.

Que pueda seguir cumpliendo los años que me tengas reservados, creciendo más en la fe, la esperanza y, sobre todo, en la caridad, que es en lo único de lo que vamos a ser examinados: del amor. Y, ojalá, cuando salga de este mundo pudiera ir directa al Cielo, sin pasar por el purgatorio, porque ya lo haya purgado todo aquí. Que no me resista a esta purificación, sino que la vea como amor tuyo para hacerme crecer en tu sabiduría y en tu amor.

Doy gracias a todas las personas que has puesto en mi vida ayudándome a caminar. A mis amigos, con lo que comparto esta misma experiencia. A mi comunidad por su oración y comunión. A mis catequistas que me han dado una Palabra y me han escuchado. A mi familia... A todo el que no me ha comprendido y me ha juzgado. Doy gracias porque, de una manera o de otra, me han servido para iluminar mis tinieblas. He podido vivir la experiencia de Jesucristo crucificado y resucitado y de Jesucristo abandonado por falta de comprensión y unidad. ¡He vivido tantas cosas que me han hecho experimentar con gran fuerza tu fidelidad y tu paciencia conmigo y la necesidad de anunciar tu poder!

He querido hacer este escrito porque, al no haberlo podido celebrar por la situación que vivimos, no quería que pasara de largo sin manifestar mis sentimientos.

Gracias Padre por todo lo vivido.

Que el Señor os bendiga.

Reyes Sánchez

20200920 180210Reyes Sánchez vivió una de las experiencias más dolorosas que una madre puede sufrir. Su hijo Juan, a los 19 años, murió defendiendo a un amigo durante la Feria de Sevilla. A la luz de lo que vivió en esos momentos, escribe hoy.

https://www.infofamilialibre.com/index.php/reyes-sanchez

Lo último de Reyes Sánchez

Más en esta categoría: Carta a mi hijo Juan »