Martes, 12 Mayo 2020 00:00

Y a mí, ¿qué me dices con todo esto, Señor?

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Después de unos cuantos días encerrados en casa, a una se le van acumulando ideas en la cabeza. No muy meditadas ciertamente, pues con tres niños en casa todas las horas del día están completas. No quiero imaginarme los que además tienen que teletrabajar. Podría caer en la tentación de dejar simplemente pasar los días, (¡que pasen rápido, Señor!), e intentar sencillamente sobrevivir hasta que pase la tormenta. Pero tengo la sensación desde el primer momento de que esto es realmente algo importante, a nivel personal y colectivo, y debo prestarle la debida atención. El Señor habla, y en ocasiones de forma contundente. Intuyo que esta vez, puesto que no le escuchamos, quizá las circunstancias nos interpelen.

A nivel individual supe desde el momento uno de encierro qué tenía que decirme a mí… así para empezar, pues tiene mucho más que decir… seguro. 

Tengo un bebé de cinco meses, muy demandante, muy llorón, no duerme bien, no te deja ni diez minutos de descanso… Ya, “es un bebé”, sí, lo que me dice mucha gente. Pero no, he tenido otros dos, y no han sido nada similar, aun cuando los otros también requerían mucho tiempo. Llevo cinco meses sin disfrutar todo lo que podría de mi nuevo bebé porque me paso las mañanas esperando que llegue el momento en que por fin se duerma un rato (¡por favor, más de diez minutos!) para poder hacer cualquier cosa que no sea limpiar o atenderle. No tengo grandes pretensiones, simplemente poder leer algo, rezar, escribir o alguna otra tarea para Infofamilialibre, planear cosas, indagar por internet… cosas sencillas. Mi cabeza siempre está planeando algo, y si no tengo nada que hacer, ya me lo invento yo (soy incapaz de entender a la gente que se aburre). Así que, al final del día me encuentro con que, ni he podido hacer nada de eso, ni he disfrutado de mi hijo. ¿El problema? No acepto lo que el Señor me pide, que se reduce en este momento a cuidar de mi familia. ¿Respuesta del Señor? Te toca quedarte en casa, no solo con tu bebé llorón y acaparador, sino con tus otros dos hijos y tu marido. 24 horas, por días indefinidos. Más claro no puede decírmelo. Menos mal que la gracia del Señor es inmensa y, tras darme cuenta de esto, he podido dejar de lado mis pretensiones y centrarme en mi familia… y los días de reclusión están siendo bastante buenos en general, aunque mi pequeño llorón sigue siendo el mismo, mi mediano sigue siendo híper-mega-activo y mi mayor sigue en su línea de no querer estudiar (y menos ahora que no hay clase). La diferencia está en cómo me enfrento yo a todo eso: en vez de verlo como una pesada tarea que estoy deseando que acabe ya, a verlo como “mi tarea”, lo más importante, mi misión, para lo que estoy llamada. Eso cambia radicalmente el asunto. Que en realidad teóricamente ya lo sabía, pero en la práctica me estaba resultando complicado. Ya lo apuntaba San Francisco de Sales: “¡Ay!, todos los días pedimos a Dios que se haga su voluntad, y, cuando llega el momento de cumplirla, ¡cuánto trabajo nos cuesta!”.

Decir SÍ al plan que Dios tiene para cada uno hace inevitablemente mejores y más plenas todas las cosas. Resistirse a ello solo nos causa dolor y frustración. Nuestra felicidad depende de nuestro Sí pleno y rotundo al Señor, no solo resignándonos con lo que nos pida “porque no queda otra”, sino abrazando verdaderamente eso a lo que nos llama, aunque quiebre nuestros planes, aunque en muchas ocasiones lo que nos pide duela, a veces muy profundamente, ya que “todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor” (Santo Tomás Moro). Y no solo nos procura mayor gozo en este mundo, sino que, siguiendo las palabras del mismo Jesús, nos abrirá también las puertas del Reino de Dios: “No todo el que me llama “Señor, Señor” entrará en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre” (Mt 7, 21). Si Jesucristo es el Camino a seguir y su máxima en vida fue hacer la voluntad de Su Padre, ¿qué duda nos queda?

Justamente hoy, mientras escribo estas letras, celebramos la Anunciación del ángel a la Virgen María, modelo de acogimiento absoluto de la voluntad de Dios, de renuncia total, completa y perfecta a su ser… para hacer única y exclusivamente lo que Dios disponga.  Entrega de su ser, vacío de sí misma, hasta hacerse esclava del Señor… Ella, la más grande entre las mujeres, Reina de Cielo y tierra, se postra pequeña y humilde a los pies del Señor. ¿Cuánto más nosotros, insignificantes criaturas, necesitamos ser dóciles a Dios para que Él resplandezca en nosotros? El Señor hace grandes cosas con nuestro “FIAT VOLUNTAS TUAS” confiado y humilde. De nuestra miseria se sirve para llevar a cabo sus obras.

Vaciarme de mí para llenarme de Dios. Esa es la enseñanza principal que me llevo, de momento, de estos días de retiro en casa (que no la única, pero lo dejo para otros artículos). Parece una simple frase, pero es tarea muy complicada sin duda, como también señalaría San Francisco de Sales: “¡Qué gran esfuerzo hay que hacer!, pues esa mortificación de nosotros mismos implica una constante negación de nuestros gustos, una incesante renuncia a nuestras inclinaciones naturales para poder vivir según el espíritu y no según los sentidos y los sentimientos, que están en la carne”.

Gracias a Dios, Él nunca nos pide más de lo que podemos darle.

Judit Hernández

Mi blog "Camino al cielo en familia" 

Chris FernandezEstoy casada y soy madre de tres niños. Estudié Magisterio y actualmente trabajo como profesora de religión. Soy miembro de los laicos del Hogar de la Madre.

Judit Hernández es autora, editora y responsable del Blog Camino al cielo en familia, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

 

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