Viernes, 17 Julio 2020 00:00

Parábolas de carne y hueso

Escrito por

Hace un tiempo  fuimos mi marido y yo sin los niños (ya no recuerdo por qué) a misa, en la parroquia de mis padres. Nos sentamos atrás, pues había confesión y queríamos aprovechar. Nada más comenzar se empezó a escuchar un ruido, proveniente de nuestra derecha, como si fuese una bolsa de plástico.

Miré y había un hombre mayor de pie, con una bolsa de esas de plástico fino, que sacudía continuamente. Mi marido y yo nos miramos, cómo preguntándonos qué haría con la bolsa. Así estuvo un rato, a intervalos, ahí detrás, de pie. No le dimos más importancia; el ruido tampoco era tal que pudiese distraernos. Al poco, vino caminando hacia donde estábamos sentados, con la intención de sentarse un poco más allá. No le dio tiempo: una mujer, dos bancos más adelante del nuestro, con sus dos hijas adolescentes, se dirigió hacia él de malas maneras y le recriminó en tono duro, desproporcionado, altanero y desagradable, el estar “armando este escándalo”. El hombre se limitó a decir quedamente: “disculpe, de verdad, pensé que no estaba molestando”. Guardó su bolsa. La mujer volvió con la cabeza bien alta a su asiento. 

A mí, que soy más bien callada y reservada, tímida y no me suelo meter en nada… ¡me dieron tantas ganas de ir a decirle algo a esa mujer! Pero estábamos en misa, no era el momento, ni siquiera de ir a decirle nada por las buenas. Así que toda esa indignación que sentía se materializó en lágrimas, muchas; me puse a llorar. Y no paré en casi toda la misa. Y cuanto más miraba al hombre, más lloraba. Se quedó ahí, en un ladito del banco, a la orilla, casi con medio cuerpo fuera, como si no se atreviese a sentarse, encogido.  En el momento de la paz, se dirigió expresamente a la mujer para estrecharle la mano y ¡le volvió a pedir perdón! Pensaba yo para mí: ¡encima le pide perdón otra vez! ¡Pero si tendría que ser ella! Me puse a llorar más. Tenía tal cúmulo de rabia, tristeza, indignación, pena… Seguramente no era para ponerme así, pero no sé por qué me afectó tanto. 

Terminada la misa, mi marido se dirigió al hombre y le dijo que no se preocupase, que en realidad no había molestado tanto. Nos dijo: “Bueno, a esa señora sí le ha molestado…yo pensé que no molestaba, por eso sacudía la bolsa… Es que se ha puesto a llover, y no encontraba el paraguas, y no puedo faltar a misa… así que cogí una bolsa y me la puse en la cabeza; estaba intentando secarla un poco para ponérmela ahora otra vez.” Mi marido hizo alusión a que le había pedido perdón dos veces y dijo: “Es que si no le pedía perdón en la paz otra vez… a ver cómo me acerco yo a comulgar”. Su tono era suave, tranquilo… manso y humilde… El gesto de su rostro reflejaba lo mismo… 

Me ha dado mucho que pensar este hombre: ante la injusticia que cometen contra él reacciona con humildad, serenidad… No solo no juzga a la mujer, sino que perdona sus malas formas y le pide perdón dos veces. No puedo más que ver al Señor en este hombre. 

Comparo su reacción con la que hubiese tenido yo… y no me hace falta imaginar mucho, pues unos meses antes me ocurrió algo similar. Un martes, después de dejar a mi hijo mayor en el cole, fui a misa con el pequeño, como cada día. La misa se celebra en la capilla, y yo, para no molestar, pues mi hijo es muy movido, me quedo siempre en el templo, lo más alejada que puedo, en una escalera cercana a la puerta de salida. Entra una mujer mayor, y se sienta en esa zona, unos bancos más adelante. En ese momento, mi hijo no está haciendo tanto ruido: sí, se mueve, se sienta, se levanta, sube una escalera, baja otra… pero no está chillando, ni corriendo por el templo, ni haciendo ruidos molestos, pero la mujer se levanta y en tono alto y disgustado dice: “Es que no se puede venir a la Iglesia a jugar con el niño, hombre, ya está bien… Aquí se viene a rezar”. Intento explicarle de buenas maneras que si viniese a jugar me hubiese quedado en casa, que me es mucho más cómodo que estar ahí ingeniándomelas para que haga el menor ruido posible. Sigue enfadada, recriminándome, sin escucharme y se dirige hacia la salida… y se va. Realmente no sé si había entrado a rezar o venía a discutir conmigo. Me pongo a llorar (¡vaya! Debo estar muy sensible últimamente). Estoy alterada, siento rabia, enfado, ganas de irme detrás de ella para hacerle entender.  

En resumen, nada que ver con el hombre del que hablaba antes. Ni sombra de una intención de pedirle perdón… ¡faltaría más!

Cómo se encarga el Señor de enseñarnos, de mostrarnos parábolas hechas vida que nos hagan entender… 

Judit Hernández

Mi blog "Camino al cielo en familia" 

Chris FernandezEstoy casada y soy madre de tres niños. Estudié Magisterio y actualmente trabajo como profesora de religión. Soy miembro de los laicos del Hogar de la Madre.

Judit Hernández es autora, editora y responsable del Blog Camino al cielo en familia, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

 

https://www.infofamilialibre.com/index.php/judit-hernandez

Lo último de Judit Hernández