Lunes, 16 Mayo 2016 00:00

María, en mi familia, de siempre

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Testimonio de fe mariana.

Es difícil escribir sobre María, la Santísima Virgen, sin caer en los tópicos de siempre, y lo que es más triste, en una cursilería dulzona no apta para diabéticos, alejada de la realidad de aquella mujer admirable, sencilla, humilde de Nazaret. Por ello, permítanme un artículo subjetivo, unas palabras de testimonio, una historia íntima sobre nuestra fe en María.

Siempre digo que mi familia es muy mariana. Toda la vida lo ha sido. Haber nacido en el seno de una familia así es un regalo, otro más, de nuestro Señor. Algunos ejemplos: mis abuelos Pepe y Carmen, mis padres, la enfermedad de Mercedes, mi esposa…

Mi abuelo Pepe era muy devoto de la Virgen bajo la advocación de María Auxiliadora. Criado y educado por los salesianos y asiduo colaborador con esta institución, siempre fue fiel a María Auxiliadora, incluso en los difíciles años de la guerra. Retenido o acuartelado en el Castillo de Manzanares el Real por el ejército republicano, por ser músico militar, llevó siempre consigo, jugándose la vida, una medallita de María Auxiliadora a quien se había encomendado. Mientras vivió mi abuelo, en mi casa nunca faltó un calendario y unas estampitas de María Auxiliadora.

Mi abuela Carmen, devota de la advocación mariana del mismo nombre. También de la Dolorosa de la parroquia de San Nicolás (Madrid), a quien dedicaba una Salve a piano cuando la imagen salía en procesión por el barrio. Su hija, mi madre, se llamaba María del Carmen.

Mi madre, hablaba con la Virgen de madre a Madre: “Ay Virgencita, tú que eres Madre me entiendes, échame una manilla” repetía cuando rezaba. Y aunque nunca se quitó su medalla de Nuestra Señora del Carmen, era muy devota de la Virgen del Pilar, al igual que mi padre. He de decir que somos de Madrid y nada tenemos que ver con Aragón. Contaba mi madre, que llevando 10 u 11 años de novia con mi padre, no encontraban cómo casarse: problemas familiares, económicos… En un viaje con mis abuelos pararon en Zaragoza y visitaron, como no podía ser de otra manera, a la Virgen. Y allí le pidió que les ayudase a casarse y a formar una familia. Y el milagro sucedió. En los últimos años de su vida, enferma de cáncer, peregrinó varias veces a Lourdes. Muchos enfermos acuden con la esperanza de una curación física… Cuando volvió la primera vez bajó radiante del tren. “He estado con la Virgen. No importa lo que pase. Me siento curada, como nueva”. Volvió al año siguiente y poco después falleció convencida de que la Virgen estaría esperándola. La enterramos con el hábito de la Purísima.

Mi padre siempre lleva la medalla del Pilar. Creo que fue una devoción heredada de mi abuelo Domingo, aunque no sé por qué. Sin embargo, conozco por qué ambos han sido devotos de María Santísima de la Esperanza Macarena: es la patrona de los agentes comerciales o representantes de comercio, oficio que ejercieron los dos. Mi padre es hermano de la Hermandad de la Macarena en Madrid desde hace casi 60 años, procesionando cada Semana Santa durante casi 50 años, hasta que la edad y los achaques se lo han impedido.

“Y ¿usted qué?”, preguntarán los lectores. Pues también daré testimonio. Al igual de mi padre, también de recién nacido me colgaron la medalla del Pilar y en mi cuello sigue. Como buenos madrileños y siguiendo la costumbre castiza, fui ofrecido a la Virgen de la Paloma. También, al poco de nacer me hicieron hermano de la Macarena y han pasado casi 49 años. Un poco más mayorcitos fuimos pasados por el manto de la Pilarica. Con mi padre comencé una curiosa colección mariana: estampas o fotografías de Vírgenes patronas de pueblos y ciudades de España. Y seguimos en ello (creo que hemos alcanzado el millar). En mis años de milicia me encomendé a la patrona de Infantería, la Inmaculada Concepción, a la que dediqué unos versos, en una poesía titulada “En el jardín iluminada”. He aquí unas estrofas (2ª y 3ª):

 “En el jardín iluminada / bajo humilde palio de rosas / aparece la Inmaculada / sencilla, blanca y hermosa…”

“Tiene inclinada la cabeza, / sus ojos están entornados / en el pecho junta las manos / llenas de amor y grandeza…/ 

En casa, la Santísima Virgen está presente en todas las estancias y rezamos el Santo Rosario en familia, menos, es verdad, de lo que debiéramos y nos gustaría. También pasamos por el manto del Pilar a nuestros hijos y son hermanos de la Macarena. 

La entrada de nuestro hogar está presidida por una imagen de la Pilarica. ¿Por qué? Esta es la historia: 

Hace unos años a mi mujer, Mercedes, le diagnosticaron un cáncer de mama, del tipo ductal, infiltrante, en estadio 3. La noticia fue un auténtico mazazo. Tenemos cuatro hijos. En aquella época, la mayor tenía 10 años, el segundo 8, el tercero  4 y el pequeño 2. Saltaron todas las alarmas, todos los miedos, todas las inseguridades… Quedamos bloqueados. Entonces le dije a mi mujer: “Nos vamos a Zaragoza a ver a la Virgen del Pilar”. Dicho y hecho. El primer sábado que pudimos, cogimos el AVE por la mañana. Una vez en la Basílica oímos la Santa Misa, rezamos el Santo Rosario y nos pusimos en las manos de la Señora: “Virgencita, Tú eres Madre…”, “vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos…”, “danos fuerza física, psíquica, mental, espiritual…”, “ayúdanos a aceptar la voluntad del Padre…”, “te necesitamos…”.  Fue nuestra oración. Al salir de la capilla, mientras hacía la genuflexión dije: “volveremos a darte las gracias”. Y por la tarde, en el AVE de regreso sentimos que algo había cambiado en nuestro interior. La enfermedad fue tan dura como cabía de esperar: la operación, el port-a-cath, la quimioterapia y sus efectos secundarios, la radioterapia, las cicatrices, la hinchazón, la pérdida de pelo, el malestar, los dolores… Y rezamos. Rezamos mucho. Rezamos y nos encomendamos al Santo Rosario. Ofrecimos cada sufrimiento al Señor y a su Madre…. Y nos dio fortaleza, alegría, esperanza, hasta el punto de que la gente nos preguntaba de dónde sacábamos esa fuerza, esa energía para llevar tan bien algo tan terrible. Nuestra respuesta siempre era la misma: “Son el Señor y la Santísima Virgen”. Y volvimos a Zaragoza, a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar a darle las GRACIAS. Oímos la Santa Misa, rezamos el Santo Rosario, estuvimos no sé cuánto tiempo con la Virgen. A la salida entramos en la tiendecita de la propia Basílica y compramos una imagen de la Santísima Virgen del Pilar. Y desde que fue  bendecida, preside nuestro hogar desde la entrada, preside el rezo del Santo Rosario, y siempre que entramos o salimos le dedicamos una jaculatoria, una mirada, una sonrisa, un beso… 

He hablado de la Virgen del Pilar (nombre de una de mis hermanas), del Carmen, de María Auxiliadora, de Nuestra Señora de Lourdes o de la Inmaculada Concepción. Podría haber hablado también de Nuestra Señora del Rocío, cuyo nombre lleva mi hermana, o de la Merced (nombre de mi hija), de la Almudena, de la Virgen de Fátima que hace poco visitó nuestra casa con los Heraldos del Evangelio, de la Santina de Covadonga, de Nuestra Señora de Latas de Somo / Loredo, de la Virgen del Mar de Almería…

A mis alumnos, a quien me quiera oír o leer, les hablo de MARÍA, da igual la advocación que utilice. Hablo de la Madre de Jesús, de la Madre de la Iglesia, de la Madre de todos los hombres. La que desde su humildad dijo “sí” al Señor en Nazaret; la que vivió y sufrió la muerte de su Hijo en la cruz en el Calvario y disfrutó de la Resurrección en Jerusalén; y la que recibió el Espíritu Santo en aquella fiesta de Pentecostés

Hablo de María, aquella que nos dice como a los criados en Caná: “Haced lo que Él os diga”. Hablo de mi MADRE DEL CIELO.

Modificado por última vez el Domingo, 15 Mayo 2016 16:39
Alberto Cañas

Mi blog "Desde mi clase de reli" 

Diplomado en profesorado de EGB, en la especialidad de educación especial/pedagogía terapéutica. Profesor de religión y moral católica. Casado y padre de 4 hijos.

Alberto Cañas es autor, editor y responsable del Blog Desde mi clase de reli, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

 

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