Sábado, 20 Julio 2019 00:00

Pelayito y la "urba"

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Cuando llega el buen tiempo, la “urba” recobra vida. Después del invierno, en el que apenas se cruzan velozmente un par de vecinos embozados en sus abrigos o refugiados en sus paraguas, y la entrada y salida de esta se hace en coche, con la primavera y comienzos del verano reaparecen como por magia todos los habitantes de la “urba” a los que hace, fácilmente, casi un año no has visto. Y la señora que estaba embarazada lleva un niño de casi un año, y ese bebé que era tan chiquitín va corriendo y hablando por los codos, los chicos crecen… Es una metáfora de la naturaleza, también representada en la película “Bambi”. Y entonces aparece Pelayito.

Pero antes, explicaré que es eso de la “urba” o la “finca”. La “urba”, como la llaman mis alumnos, diminutivo de urbanización, es un tipo de edificación de viviendas que surgió hace unos veinte años. Era un nuevo concepto de vivienda, para una nueva forma de vivir: el piso de toda la vida, con patio, como las tradicionales corralas, pero con algunos cambios, y sobre todo ¡carísimos! Por ejemplo, el número de viviendas nunca baja de cien llegando a las doscientas cincuenta en muchos casos (cuantos más vecinos, más barata es la cuota de la comunidad); el patio se convierte en unos preciosos jardines, con un parque infantil con arenero y columpios, toboganes o similares; piscina y pista de pádel. Además, pueden incluir sala de reuniones multiusos, donde celebrar reuniones, cumpleaños, bautizos, comuniones, o para que las señoras practiquen pilates, y en algunas existen hasta gimnasios completamente equipados con toda clase de maquinas e incluso con sauna. Súmenle los garajes, los trasteros y algún “lujo” más. Te lo venden como la casa de tus sueños, pero la realidad, es que los preciosos jardines filtran agua a los garajes y las raíces de los árboles levantan el suelo, que la zona infantil enseguida se queda caduca a los niños que crecen de año en año, que el gimnasio lo usan cuatro personas y la pista de pádel es infrautilizada, por no hablar que por muchos que sean, los vecinos pagan cantidades excesivas para mantener todo aquello.

Decía que entonces aparece Pelayito:

Pelayito de bebé era una auténtica monada en su carrito, con el chupete y el sonajero. En la piscina, le tumbaban en una toalla debajo de una sobrilla solo con el pañalito. 

Un otoño, un invierno, otra primavera y verano y Pelayito corretea por la piscina, llora porque no quiere bañarse en la piscina infantil y llora porque no quiere salir de la piscina infantil. En el parquecito juguetea con la arena rodeado de doscientos juguetes: palitas, cubos, cochecitos, muñequitos… Y la mamá de Pelayito le sube al columpio y llora porque no quiere columpio, y llora porque no quiere bajar del columpio … Y entra en la zona de césped y arranca las hojitas de las plantas y de las flores bajo la atenta mirada de la mamá que en corro habla con las mamás de los otros Pelayitos, y le ríe la ocurrencia.

Otro otoño, otro invierno, otra temporada veraniega, y Pelayito corre en una bici sin pedales, juega con su pelota de “Bob Esponja” con sus zapatillitas de lona en el césped, sube al tobogán por la parte de bajar y mamá le mira desde el banco que comparte con las otras mamás y levanta el pulgar mientras sonríe, en gesto de aprobación. En la piscina su papá le enseña a tirarse al agua y a nadar con los manguitos de “Cars” y los churros. Hay tantos churros flotando en el agua, que apenas se puede uno bañar.

Pasan dos, tres, cuatro años más y Pelayito ha cambiado la pelotita de “Bob Esponja” por un balón oficial de la FIFA, y sus zapatillitas por los “tacos” (antes llamadas botas) de Ronaldo y la bici sin pedales por una bicicleta de montaña. Ahora corre por toda la piscina armado con un fusil galáctico que lanza chorros de agua a 50 metros (del que nadie está a salvo) y, en el fragor de la batalla con los otros Pelayitos, salta al agua sin mirar si hay alguien nadando, o bañándose tranquilamente. Aparece Pelayito y desaparece la mamá de Pelayito. Ya no baja a la “urba” porque es un lugar seguro para su niño que juega inocentemente con los otros Pelayitos y se lo pasa estupendamente.  Y se pierde como su hijo deja la hierba como si hubiese pasado Atila, después de jugar un partido de fútbol, cómo con la bici casi atropella a una vecina que viene cargada de la compra, o cómo los vecinos huyen de la piscina cuando aparece con su megalanzador de agua.

- Es usted un exagerado ¡No será para tanto! – pensará el lector.

Pues, es la realidad. En todas las urbanizaciones cuecen habas, y en la mía a calderadas.

En unas fincas es el deterioro de los jardines con los balones y botas de fútbol (como en la mía), donde la zona de césped tiene más calvas que Kojak; en otras más diáfanas o con pasillos que circunvalan la finca son las carreras de bicicletas; en otras con distintas alturas, salvadas con dos o tres escalones y rampas para discapacitados son los patines y monopatines; en otras son los jardines tipo oriental donde los niños juegan al escondite o al pilla – pilla los que son destrozados, llegándose a arrancar alguna farola con el peligro que implica.

Y no será porque los nuevos barrios carezcan de parques, pistas polideportivas abiertas al público y decenas de kilómetros de carriles para bicicletas. 

Pero, ¿quién tiene la culpa? y ¿quién le pone el cascabel al gato? ¿El conserje que cobra un sueldo miserable en una empresa de servicios, que trata de ser amable con todos y que como se le ocurra decir algo a los Pelayitos, los padres le increpan e incluso amenazan? ¿El socorrista de la piscina que suele ser un universitario que quiere sacarse un sueldo para sus gastos, que no busca problemas y que si dice algo puede tenerlos con los padres y quedarse si trabajo? ¿La empresa de administradores que se limita a proponer unas normas de convivencia y a consensuarlas en el mejor de los casos, sin solucionar el problema de que no hay ninguna autoridad para hacer cumplir las normas? ¿La junta de vecinos dividida entre los papás de los Pelayitos que defienden el derecho de sus hijos a disfrutar de la finca y los sufridores de estos que también tienen derecho a lo mismo? ¿Los niños? ¿Los padres?

El problema radica en que una finca con 250 viviendas, son, a una media de 4 personas por cada una, 1000 personas viviendo juntas. Como un pueblo, pero sin la pareja de la Guardia Civil. Es decir, sin una autoridad superior que haga cumplir unas normas por sencillas que sean.

El problema es que no sabemos convivir. Convivir significa vivir con, y toda convivencia, empezando por la matrimonial y la familiar, no es fácil. Se necesita de voluntad y esfuerzo por parte de todos para que una convivencia funcione y sea buena. Y menos cuando los que tienen que convivir no se conocen, cuando ha sido el azar los que los ha reunido en la misma finca, cuando no existe ningún vínculo.

Y no sabemos convivir porque se nos ha olvidado aquello que aprendimos en nuestras familias, en nuestras escuelas y colegios, aquello que decía que mis derechos acaban donde empiezan los de los otros, que mi libertad acaba donde empieza la de los demás, que además de derechos tenemos obligaciones. Hemos sustituido aquello de que lo común hemos de cuidarlo entre todos, por lo que es de todos no es de nadie.  Hemos perdido el respeto por nuestro prójimo, la educación, las buenas maneras… Y lo hemos sustituido por la arrogancia, el egoísmo, la soberbia, la mala educación y el trato vejatorio y soez.  Confundimos la libertad con el libertinaje.

Y no es cuestión de estudios, ni de clases sociales. Lo mismo pasa en las “urbas” de protección oficial, como en las de precio tasado, como en las de precio libre. Donde yo vivo, mis vecinos son ingenieros, abogados, economistas…todos con estudios y trabajos en importantes empresas y ya ven, rodeado de “Pelayitos” y de los papás de estos.

Los Pelayitos de la vida son fruto de la educación que reciben de sus padres y, por supuesto, reflejo de sus padres. Unos padres permisivos, que no ponen a sus hijos normas ni límites. Padres que piensan que la felicidad de sus hijos consiste en dejarles hacer lo que les apetece, consintiéndoles todo, dándoles todo. Padres que defienden lo indefendible, excusándoles en todo momento y desautorizando al conserje, al socorrista, al maestro y a cualquiera que se atreva a corregir a sus hijos. Unos padres que están educando a sus hijos en la comodidad y el hedonismo. 

Ellos no lo ven, pero, sus Pelayitos lo pasarán mal, muy mal. El tiempo, me dará la razón. Ojalá me equivoque.

Mi blog "Desde mi clase de reli" 

Diplomado en profesorado de EGB, en la especialidad de educación especial/pedagogía terapéutica. Profesor de religión y moral católica. Casado y padre de 4 hijos.

Alberto Cañas es autor, editor y responsable del Blog Desde mi clase de reli, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

 

https://www.infofamilialibre.com/index.php/blogs/desde-mi-clase-de-reli
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