Miércoles, 25 Diciembre 2019 12:00

Pretecnología

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Según la R.A.E., la Pretecnología es una actividad escolar consistente en hacer trabajos con tijeras, pegamento, cartulina, tela, etc. En realidad, fue como se le llamó en la E.G.B., en 7º y 8º curso, a las clases de manualidades que solían incluir madera, segueta o serreta, barro, componentes de electricidad y otros materiales por el estilo. 

Para algunos compañeros del colegio la Pretecnología era una buena asignatura, una clase distendida y relajada que pasabas serrando contrachapado, rompiendo “pelos de segueta”, y charlando. Para mí, sin embargo, era una tortura porque siempre he sido un “manazas” para las manualidades, y el trabajo que hacía en clase era realmente inútil, como para casi todos, porque luego en casa, mi padre, como los padres de todos, rehacía el trabajo en cuestión, unos padres mejor, otros peor.

Recuerdo que uno de estos trabajos era construir un barquito que se auto propulsara. No parecía complicado: había que recortar la silueta de una embarcación tipo “zodiac” en una lámina de contrachapado, adornarla con otras siluetas más pequeñas, recortar de la parte de popa un trozo rectangular, hacerlo un poco más pequeño, sujetarlo a una goma elástica al barco de manera que al enrollarlo y luego soltarlo el movimiento hiciese que el barco se desplazase por el agua. 

Como ocurría siempre, después de haber roto un montón de pelos de segueta y llegar a casa con un trozo de madera casi inservible, tuve que explicar a mi padre en qué consistía aquel trabajo, demostrarle que lo había hecho, o al menos lo había intentado, y pedirle que me ayudara.  Claro que mi padre tampoco era lo que llamamos un manitas, pero tenía sus recursos. Por ejemplo, en lugar de la segueta usaba el serrucho, más rápido, pero también con peor resultado, que arreglaba con una lima hasta que no quedaban astillas. Así el domingo por la tarde, mientras en el tocadiscos sonaba una zarzuela, o la radio retransmitía el partido del Real Madrid, y con su puro en la boca, mi padre y yo nos pusimos a la tarea. Como siempre, hubo situaciones tensas, nervios y algún grito porque aquello no era tan sencillo como a priori parecía en el libro. Pero al final nuestro barquito estuvo terminado, flotaba en la bañera y más o menos se auto propulsaba.

Cuando llevamos los trabajos al colegio, los mostramos al profesor para su calificación por orden de lista. Todos eran muy parecidos y por su puesto a nadie se lo había hecho su padre, ¡faltaría más!  Joaquín, por apellido era el último de la lista y, como siempre, mantuvo su trabajo en su caja hasta que le llamó el profesor. Su barco era distinto. Era un magnífico trabajo de marquetería: un barco de vapor de los del Misisipi con una gran rueda que se movía con un motor, con luces, toda clase de detalles y con una chimenea que… ¡echaba humo!  

Yo obtuve un 6 de nota y Joaquín un 10.

Lo mismo pasó con otros trabajos de Pretecnología, que teníamos que hacer con 12 ó 13 años: la maqueta de una casa, un caballete de pintor, una caja de herramientas, una ruleta que debía girar, circuitos eléctricos… Mi nota, o mejor, la de mi padre siempre oscilaba entre el 5´5 y el 6´5 y la de Joaquín, o la de su señor padre, de 10.

Con la perspectiva que da el tiempo y la experiencia de veinticinco años de docencia, puedo entender los objetivos de dicha materia, pero no la metodología, ni los recursos, ni el planteamiento. Se nos explicaba el trabajo a realizar, pero no cómo realizarlo; en el libro se detallaba los pasos a seguir, pero no la técnica. Nadie nos explicó como coger la segueta, como colocar la madera, como serrar para que el corte fuese recto o como girar en ángulo. Nunca nos explicaron cómo clavar un clavo o atornillar un tornillo sin torcerse, cómo fijar unas bisagras o cómo aplicar un “tapa poros” antes de pintar una madera.

Yo al menos tenía a mi padre, pero ¿qué pasaba con el que no lo tuviese? 

Aquella asignatura y aquellas tareas, realmente no me sirvieron para nada. No me ayudaron a reforzar los conocimientos adquiridos en clase; no me fomentaron la independencia y el sentido de la responsabilidad; no eran motivantes; no fomentaban la superación personal y el sacrificio por la consecución de una meta, ni la organización y la autonomía, lo que permitiría una evolución positiva y una menor dependencia en el aprendizaje; no tenían base pedagógica alguna; provocaban discrepancias en el ámbito familiar ante la disparidad de opiniones, nervios, enfrentamientos…; generaban desigualdad, porque no todos los padres tenían los mismos conocimientos o capacidades para ayudar a sus hijos, ni contaban con el mismo tiempo debido a sus trabajos, lo que  derivaba en casos de frustración (por parte de padres e hijos), desmotivación, puntuaciones negativas absurdas e injustas.

De aquella época me resultaron más útiles e interesantes los trabajos de investigación de asignaturas como Literatura, Historia e Historia del Arte (que cursamos en vez de Música) buscando información en diversas enciclopedias y libros de consulta, mecanografiados, con fotografías, dibujos, gráficos, índice, bibliografía, portada, etc.

Hoy en la sociedad se discute mucho sobre los deberes, su cantidad, tiempo utilizado para su realización y su utilidad. Los padres cargamos contra los profesores y los profesores contra los padres. 

Los padres nos quejamos de la cantidad de deberes, de que necesitan de ayuda para realizarlos y no siempre se puede (por horarios o por formación), decimos que los niños tienen otras actividades (deportes, idiomas, música, catequesis o acuden a distintas terapias), que los niños tienen que jugar, que los profesores no son realistas con lo que mandan, que la hora que dicen luego son tres, que los niños están cansados, que hacemos el trabajo de los profesores…

Los profesores nos quejamos de la poca implicación de los padres, que las sesiones de 45 minutos son insuficientes y que deben trabajar en casa,  que lo que se manda no es para tanto, los deberes escolares suponen una rutina, una disciplina diaria que los niños deben adquirir de manera autónoma y personal para afrontar estudios superiores en los que no hay una imposición y es necesario tener un hábito de estudio que permita la adquisición de conocimientos, que fomentan la superación personal y el sacrificio por la consecución de una meta, la organización y la autonomía personal, que refuerzan la adquisición de los conocimientos adquiridos en el colegio…

Como padre y maestro creo que las dos partes tienen razón y que las dos deben tender puentes para llegar al entendimiento, que se debe favorecer la comunicación entre profesores y padres de alumnos, que los profesores deben ser conocedores de la situación y circunstancia de cada alumno y su familia, que se deben racionalizar los deberes y muchas veces reducirlos, que hay que motivar a los chicos y buscar soluciones para aquellas familias en situaciones de desigualdad socioeconómicas. 

Les dejo. Voy a ayudar a mis hijos con los deberes. Suerte que no son de Pretecnología.

Alberto Cañas

Mi blog "Desde mi clase de reli" 

Diplomado en profesorado de EGB, en la especialidad de educación especial/pedagogía terapéutica. Profesor de religión y moral católica. Casado y padre de 4 hijos.

Alberto Cañas es autor, editor y responsable del Blog Desde mi clase de reli, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

 

https://www.infofamilialibre.com/index.php/blogs/desde-mi-clase-de-reli