Martes, 20 Octubre 2020 10:13

Efectos secundarios...

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Hablando de la felicidad a mis alumnos de 6º, les preguntaba si sonríen más las personas felices o son más felices las personas que sonríen. Aparte de constatar que cada año los chicos tienen menos opinión, de este o de cualquier tema que se proponga, cuando les “pinchas” un poco se posicionan apoyando una opción u otra y con sacacorchos, aportan sus ideas a favor o en contra, y se puede obtener un mini – debate. Lo más interesante fue lo que me espetó uno de ellos: “Profe, da igual, ahora con las mascarillas no sabemos si se sonríe o no, y no sabemos si alguien está triste o contento o enfadado”.

Tenía razón el muchacho. Y me hizo reflexionar sobre los “efectos secundarios” que en un futuro tendrá la pandemia que estamos viviendo y la forma de combatirla o de prevenir contagios. Vaya por delante que no me encuadro dentro del grupo de los negacionistas de esta, ni en el de los conspiranóicos y por supuesto respeto, cumplo y hago cumplir las normas que las distintas autoridades dictan para tal fin.

Efectivamente, el efecto secundario más perverso, es el de la deshumanización.

El llevar las tan necesarias mascarillas, hace que no tengamos rostro, que no podamos conocernos, que no sea posible la comunicación “no verbal”, no poder ofrecer una sonrisa, o descubrir en el otro tristeza, angustia, dolor o felicidad, alegría… También el lenguaje verbal resulta damnificado, pues con la mascarilla ni se pronuncia bien, ni se entiende lo que los otros dicen, ni el tono que emplean, además de tener que gritar debido a la distancia de seguridad… El prójimo se convierte en un monstruo sin rostro, desconocido, sin sentimientos y con el que es casi imposible comunicarse.

Por otro lado, tampoco se puede “tocar” al otro: dar la mano al presentarse, un abrazo al encontrarte con un amigo, un par de besos a tus familiares… El afecto está prohibido. ¡Cuánto más lejos mejor! Gestos cotidianos como ayudar a una persona mayor a cruzar la calle, a bajar del autobús a una embarazada, levantar del suelo a un niño que se ha caído o darse la paz en Misa quedan proscritos. Y a lavarse con gel hidroalcohólico constantemente, casi de manera compulsiva. El prójimo nos produce rechazo, casi repugnancia.

El mensaje es no compartas, no prestes nada, lo tuyo es tuyo y de nadie más, no ayudes, no te acerques, no toques… Soy yo en mi burbuja. Mi casa es mi refugio, mi entorno seguro. Se fomenta el teletrabajo, cada uno con su ordenador, con videoconferencias despersonalizadas, hablando a una cámara y viendo en el ordenador un montón de caritas inexpresivas, también para reunirse con la familia, o  la educación a distancia, incluso en algunos países (Canadá) se anima al cibersexo o sexo “on line” entre los jóvenes. Estamos llegando a una hipervirtualización de las relaciones humanas.

No te relaciones con los abuelos, con las personas mayores, por su bien. Y los mayores mueren solos, abandonados... ¡Ni siquiera se puede velar a los seres queridos! ni acompañar a los que los han perdido, ni llorar con ellos, ni consolarles. Todo muy aséptico. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Y por supuesto, nada de actos religiosos. Si se reduce el número de personas en los establecimientos públicos, siempre es igual: en un gimnasio el aforo es del 50%, bares, restaurantes y comercios, lo mismo, iglesias, un 30%, o reducirlo a 25 personas sin tener en cuenta la capacidad de la iglesia en sí, pues no es lo mismo una catedral que una ermita. Lo mismo da: una iglesia es un lugar peligrosísimo para la expansión del virus. Y ya tenemos Primeras Comuniones por “Youtube”, catequesis por streaming, etc. Sucedáneos para una sociedad de las pantallas.

El problema radica en que, gracias a nuestra hiperadaptabilidad, nos acostumbremos a esta forma de vida más allá de la mera profilaxis en un momento concreto de la historia.

Si el prójimo se ha convertido en un monstruo sin rostro, desconocido, sin sentimientos y con el que es casi imposible comunicarse, que nos produce rechazo, casi repugnancia, y propiciamos el individualismo y el aislamiento, ¿en qué nos convertimos nosotros? ¿en qué estamos transformando a nuestros niños? En seres nada empáticos, escrupulosos, egoístas, cobardes, desconfiados, siempre sospechando del otro, temerosos a cruzarse con un asintomático, seres despegados, sin afecto, indiferentes al sufrimiento o muerte del otro, sin fe, ni religiosidad… un ser deshumanizado.

Ahora el que mejor actúa en la parábola del buen samaritano es el que pasa de largo mirando a distancia al herido. Así, no se puede amar al prójimo como a uno mismo. Y no se entiende a la Madre Teresa de Calcuta, al Padre Damián de Molokai o al mismísimo San Francisco de Asís en sus leproserías. Ni en general, la doctrina cristiana. Por esto mismo somos incómodos y, por tanto, excluidos, cuando no ridiculizados, en esta sociedad.

Tal vez, este proceso ya estaba en marcha antes de la aparición del virus, pero ahora se ha disparado en favor de la industria digital y en no sé cuantos intereses más. Pero no es casual que, aprovechando la pandemia, surjan leyes crueles como la del aborto hasta el último día de embarazo (Francia) o la eutanasia en nuestro país que todavía nos escandalizan y nos conmueven, pero ¿en el futuro habrá alguien con “corazón de carne”?

Por cierto, como habrán adivinado, la respuesta a la pregunta a mis alumnos es que las dos son correctas: las personas felices sonríen más y sonreír hace que seamos más felices. Amigos, sonrían pues, aunque sea debajo de la mascarilla.

Modificado por última vez el Martes, 20 Octubre 2020 10:30
Alberto Cañas

Mi blog "Desde mi clase de reli" 

Diplomado en profesorado de EGB, en la especialidad de educación especial/pedagogía terapéutica. Profesor de religión y moral católica. Casado y padre de 4 hijos.

Alberto Cañas es autor, editor y responsable del Blog Desde mi clase de reli, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

 

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