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Martes, 01 Diciembre 2020 00:00

Educación especial

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De los veintisiete años que llevo en el mundo de la educación y la enseñanza, sin duda, los mejores, los más sacrificados, felices, satisfactorios e inolvidables, fueron los que pasé en el C.E.E. “Fray Pedro Ponce de León”.

Entrar en un colegio de educación especial es algo mágico. El “Ponce”, como lo llamábamos, tiene una arquitectura singular. No hay barreras arquitectónicas. Entra luz por todas partes, gracias a los amplios ventanales y a los techos abovedados translúcidos. Es un edificio compuesto por cuatro naves paralelas, cada una identificada por un color, que albergan las aulas de Infantil y Primaria, unidas por un pasillo perpendicular. Un gran patio y un edificio aparte con los talleres para los chicos de T.V.A. (Transición a la Vida Adulta). Cuenta el colegio con un gran teatro con capacidad para quinientas personas, dotado de un sistema de luces y megafonía casi profesionales. Las aulas son, en comparación con las ordinarias, pequeñas, pero con espacio suficiente para los grupos de 4 a 8 alumnos que albergan, aulas con mobiliario variado y específico, adaptado según las necesidades del alumnado y en todas y cada una de ellas, una colchoneta por si algún alumno sufre un ataque epiléptico y convulsiona. En algunas de estas aulas están ubicados los fisioterapeutas que trabajan con los chicos que lo necesitan, que cuando estuve, eran la mayoría; aulas dotadas con todo lo necesario: camillas, grúas, paralelas, escalones, escaleras anguladas, balones de Bobath, cuñas, bipedestadores… En otras trabajan los logopedas y profesores de Audición y Lenguaje que atienden también a casi todos los alumnos del centro. Además, podemos encontrar tres aulas peculiares: la de psicomotricidad, uno de los espacios donde trabaja la profesora de Ed. Física; el aula hogar, dotada como si fuese un pequeño apartamento con fregadero, microondas, nevera, mesa de comedor, sillas, una cama completa…, donde los chicos aprenden a ser más autónomos y las labores domésticas;  y el aula de estimulación multisensorial. Como todo colegio, cuenta con un gimnasio, comedor, sala de Música, aula de Religión, etc. No podía faltar la enfermería, equiparable a la de un centro de salud. Y por supuesto, baños adaptados y salas para cambios. Todo muy adornado, muy alegre, muy estimulante.

El personal que trabaja también es excepcional y muy especializado: logopedas, profesores de Audición y Lenguaje, profesores de educación especial (Pedagogía Terapéutica), profesores de Educación Física, de Música, de Religión (pero que tienen que ser PT), y de Formación Profesional, orientadores, trabajadores sociales, enfermeras, fisioterapeutas, auxiliares técnicos educativos… ¡Grandes profesionales!

Allí conocí a unos chicos maravillosos entre los 3 y 21 años. Todos con discapacidad intelectual y la mayoría plurideficientes, con discapacidad física o sensorial asociada, o con todo y otras muchas enfermedades. Trabajé con trastornos del espectro autista (TGD, autismo, asperger…), parálisis cerebrales, tetraplejias, hemiplejias, paraplejias, síndrome de Down, Prader – Willys, Klinefelter, espina bífida y una larga lista. 

Decía que un centro de educación especial es mágico… cuando entras se detiene el tiempo. No hay prisas, cada uno lleva su ritmo. Y no solo en la marcha, sino en el lenguaje, en el aprendizaje, en todo. Se respira calma, tranquilidad y felicidad. Claro que hay que cumplir objetivos, programas… pero a largo plazo, a veces tan largo que no tienen fecha. Y, por supuesto, hay contenidos, aunque pocos académicos: leer, escribir, las cuatro reglas o el uso de nuevas tecnologías… como mucho. Se trabaja la autonomía personal, la orientación espacial, psicomotricidad, marcha, deglución, control de esfínteres, higiene personal, estimulación multisensorial, lenguaje oral, sistemas alternativos de comunicación, se hace teatro, mucho teatro, y se celebran fiestas, muchas fiestas. También se hace deporte: olimpiadas intercentros, juegos adaptados… Y como no, salidas culturales a museos, parques, zoológicos, granjas escuelas…. ¡Ah! y encuentros y jornadas con otros colegios de los llamados ordinarios.

El agrupamiento de los alumnos y la organización no se realiza por cursos. Los criterios de agrupamiento se hacen por edad física, edad mental, tipo de discapacidad, movilidad, etc. Así hay aulas de autistas, aulas de paralíticos cerebrales, aulas para alumnos con discapacidad mental…

En el día a día de los chicos se puede ver el esfuerzo y sacrificio que realizan, la solidaridad y la empatía entre ellos, la capacidad de superación, las ganas de vivir, la ilusión por cualquier acontecimiento, los nervios ante el estreno del musical de Navidad, el amor y la ternura, la alegría y unas miradas que traspasan el alma. 

Pero no es un cuento de hadas y también hay dolor, sufrimiento, frustraciones, en los chicos, en las familias, y como no, en los profesores y resto de profesionales. La calma se rompe en la carrera de la enfermera cuando un niño convulsiona o hay una insuficiencia respiratoria, cuando un chico entra en crisis y se autolesiona o agrede a los auxiliares o profesores… y la tensión crece cuando ingresan alguno de los chicos por una intervención quirúrgica, bastante frecuentes, y la tristeza inunda cada uno de los rincones cuando fallece algún alumno, que más de un caso así he vivido. 

Esta es la realidad de un centro de educación especial. Y este tipo de educación y asistencia es inviable en un colegio ordinario. A las pruebas me remito. 

No se puede eliminar estos centros a cambio de una integración o inclusión mal entendidas, que perjudicaría a todos estos chicos y a sus familias. ¿Se imaginan que suprimen las paraolimpiadas e incluyen a los atletas paraolímpicos en las pruebas y competiciones con los profesionales, entre los “top ten” mundiales? Absurdo, ¿verdad?

Dicen que la LOMLOE no suprimirá estos centros inmediatamente, sino que se dará un plazo de unos 10 años. Con leyes eugenésicas como la del aborto y la eutanasia, dentro de 10 años, por desgracia, no habrá alumnos de educación especial, una educación que además de ¿“segregar”?, una de las razones para su eliminación, es carísima

La desaparición de estos centros es una tragedia para los chicos, sus familias, para los profesionales que trabajan en ellos y para los que hemos tenido la oportunidad y suerte de hacerlo. En pocos trabajos se recibe más de lo que se da. Ser profesor de educación especial en un centro específico es uno de ellos. Y no es un tópico. Palabra.

(Dedicado a Marisol, mi jefa de estudios en el “Ponce”, 39 años en educación especial y una gran amiga).

Modificado por última vez el Martes, 01 Diciembre 2020 18:47
Alberto Cañas

Mi blog "Desde mi clase de reli" 

Diplomado en profesorado de EGB, en la especialidad de educación especial/pedagogía terapéutica. Profesor de religión y moral católica. Casado y padre de 4 hijos.

Alberto Cañas es autor, editor y responsable del Blog Desde mi clase de reli, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

 

https://www.infofamilialibre.com/index.php/alberto-canas

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