Viernes, 19 Febrero 2021 00:00

Catequesis 1974

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Debo de estar haciéndome viejo. Cada vez recuerdo con más nitidez escenas o situaciones de mi niñez y, sin embargo, olvido con más frecuencia las del presente.

Últimamente he recordado, al hablar con amigas catequistas y sus problemas en sus clases, o al escuchar a nuestra jerarquía eclesial hablar sobre las nuevas ideas, ya saben, la madre tierra, nuevo humanismo, casa común, fraternidad, validez de todas las religiones, etc., el curso en el que recibí la catequesis y mi Primera Comunión, el curso 74 – 75 y lo que aprendí. 

Cursaba entonces 2º de E.G.B, es decir, tenía 7 años cuando empecé la catequesis y, a menos de un mes de cumplir los 8, recibí la Primera Comunión el 11 de mayo de 1975, junto con mi hermana Pilar que apenas tenía 6 años. Celebró aquella Eucaristía el Padre D. Marcelino Torres, clérigo de San Viator, en la capilla del colegio San Viator de Madrid.

La catequesis la recibí en el propio colegio, uno o dos días por semana en el parón entre las clases de la mañana y la tarde, de 13´30 a 14´30, dejándonos otra hora para ir a casa, comer y volver corriendo, pues las clases se reanudaban a las 15´30 h, a las que llegaba puntualmente gracias a que mi padre me acercaba en su flamante recién adquirido Seat 127, apenas llegado de su trabajo y antes de comer para ir a su segundo trabajo. Mi hermana, que no estudiaba en mi colegio, no era mixto, se incorporaba a la catequesis gracias a que mi madre la recogía de su colegio a las 13 horas y la llevaba todo lo deprisa que podía empujando el carrito de mi hermana Rocío, de pocos meses de vida. 

El Padre Marcelino también fue nuestro catequista. Recuerdo el primer día: entró en clase y nos pusimos de pie, como era costumbre cuando entraba un profesor; nos ordenó que saliésemos del aula y que formáramos una fila en el pasillo y así lo hicimos en completo silencio. Luego nos llamó uno por uno en orden de lista y a todos nos hizo dos preguntas. La primera, por qué estábamos allí y la segunda por qué queríamos recibir la Comunión. Yo conocía las preguntas porque unos días antes se las había formulado a mi hermana Pilar en su despacho junto con alguna otra para saber si, a pesar de sus 5 años, estaba preparada para empezar la catequesis. Una vez que había preguntado a todos y habíamos vuelto a nuestros pupitres, repartió un librito del tamaño de media cuartilla, con tapas de cartulina gris, sujetas por dos grapas enormes, sin título ni dibujos. En el interior, unas doscientas preguntas y respuestas mecanografiadas, según mi madre al estilo del Catecismo del Padre Ripalda, del tipo (cito de memoria) “¿Qué es orar? Orar es hablar con Dios para alabarle, bendecirle, darle gracias y pedirle toda clases de bienes”. Luego nos dijo que, si de verdad queríamos recibir al Señor, deberíamos aprendernos todas las preguntas del cuadernillo, más las oraciones del cristiano (Padrenuestro, Avemaría, Salve, Credo Apostólico y Credo Niceno, Acto de Contrición, etc.), los Mandamientos de la Ley de Dios, los Mandamientos de la Santa Madre Iglesia, los Sacramentos, las obras de misericordia, los pecados capitales y no sé cuántas cosas más de una lista interminable y aprobar un examen de todo esto a mediados del mes de abril para poder recibir la Confesión y la Comunión. Todo en apenas siete u ocho meses.

Alguno de mis lectores puede pensar que soy un exagerado, pero les aseguro que así fue. 

Claro que el Padre Marcelino contaba con ciertas ventajas de las que hoy carecen mis apreciadas amigas catequistas: los niños de 2º de E.G.B. teníamos un nivel de lectura comprensiva y de todo en general, similar al de un niño de 5º de Primaria actual; nuestras familias eran creyentes y practicantes; íbamos a Misa todos los domingos y fiestas de guardar; no se partía de cero, pues ya nos sabíamos la mayoría de las oraciones, los Mandamientos…; tenía, como todos los profesores, el apoyo incondicional de los padres, que además se preocupaban de exigirnos estudiar lo que mandaba, de preguntarnos y explicarnos buenamente lo que no entendíamos; en general, éramos chicos respetuosos, educados y disciplinados; y cuando hablaba de estar preparados o no recibiríamos la Comunión, no lo hacía de farol. 

Y así pasó el curso, preguntándonos todas las semanas las preguntas que correspondían, recitando las oraciones, contándonos historias… De vez en cuanto asistíamos a Misas catequéticas en las que nos aprendimos todas las respuestas y oraciones de los fieles, a participar y a no ser meros espectadores, las partes de la Eucaristía, los objetos utilizados, el significado de los gestos del Sacerdote y sus vestiduras, a guardar el debido respeto en la iglesia, a realizar la genuflexión ante el sagrario o hacer una reverencia ante el altar si no hay sagrario o está vacío, a hacer la señal de la Cruz y a persignarnos correctamente… También cantábamos canciones acompañados por su acordeón. Cuando venía cargado con dicho instrumento, sabíamos que ese día era especial, pues nos deleitaba con alguna habanera, cantábamos alguna canción de Misa y terminábamos con “La gallina turuleta” o el “Hola don Pepito, hola don José” de los payasos de la tele. Otras veces, repartía chupones y otras golosinas y a los que nos sabíamos las preguntas u oraciones, nos regalaba entradas para el cine que había en el colegio los domingos por la tarde.  

Y llegó el mes de abril y ¡claro que nos examinamos! Tuvimos nuestra primera Confesión, para la que nos preparamos concienzudamente, luego un par de ensayos de la ceremonia en la capilla y, en mi caso, junto a mi hermana Pilar, el 11 de mayo, la Primera Comunión.

Aquellas doscientas preguntas nos enseñaron una primera síntesis de nuestra fe: Dios es nuestro Padre, es misericordioso, es el Creador de todo lo que nos rodea y nos creó a su imagen y semejanza por amor, es Uno y Trino (el misterio de la Santísima Trinidad), que se reveló  a los hombres y preparó un plan de salvación por amor, que envió a su Hijo Jesús para salvarnos con su Pasión, Muerte y Resurrección, que dejamos de ser criaturas para ser sus hijos por el Sacramento del Bautismo, que solo existe una Fe verdadera y un solo Bautismo para el perdón de los pecados, que la Virgen Santísima es nuestra Madre, o que el peor pecado de todos es el de la idolatría…

Sí, es cierto que algunas de estas preguntas las aprendimos de memoria, sin entenderlas del todo, pero, aun así, como decía el Padre Marcelino, eran los cimientos para crecer en la Fe. Aprendimos los Mandamientos de la Ley de Dios para formar nuestra conciencia y poder recibir el Sacramento de la Penitencia,  y los de la Santa Madre Iglesia para vivir como cristianos católicos. Memorizamos los credos para conocer nuestra Fe. Y al aprender todas aquellas oraciones empezamos una vida de oración.

Lo que aprendí en aquel curso de 1974 – 1975 no lo he olvidado y sobre aquello he crecido en la fe y lo he llevado a mi vida lo mejor que he podido, con mis fallos, errores y caídas, y pido al Señor que no lo olvide nunca, porque lo que me enseñaron el Padre Marcelino, mis padres o mis abuelos, es lo que lleva enseñando la Iglesia desde hace 2000 años.

“Qui habet aures, audiat”

Por cierto, la fotografía que acompaña el presente artículo, es de servidor en aquel día entrañable.

primeracomunion

Modificado por última vez el Miércoles, 17 Febrero 2021 18:07
Alberto Cañas

Mi blog "Desde mi clase de reli" 

Diplomado en profesorado de EGB, en la especialidad de educación especial/pedagogía terapéutica. Profesor de religión y moral católica. Casado y padre de 4 hijos.

Alberto Cañas es autor, editor y responsable del Blog Desde mi clase de reli, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

 

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