Martes, 12 Octubre 2021 01:45

El emperador y nuestros jóvenes

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Cuentan que el emperador romano Cómodo (s. II d. C.) era una especie de “superstar” de los juegos y espectáculos del Anfiteatro Flavio (hoy conocido como Coliseo) o del Circo Máximo que él mismo preparaba.

Si se trataba de una venatio (una cacería simulada en estos lugares), Cómodo desde pasarelas situadas estratégicamente por encima de la arena, disparaba con su arco a osos, leones, tigres, elefantes o cualquier tipo de fiera, demostrando una gran destreza. Si el espectáculo consistía en lucha de gladiadores, Cómodo se enfrentaba a estos, bien luchando con uno o contra un grupo. Sea como fuere, el emperador siempre salía triunfador haciendo las delicias de la plebe que le aclamaba como un dios, invicto y poderoso. Podemos pensar que era un gran guerrero, un luchador nato, que entrenaba todos los días porque incluso tenía un “personal trainer” (como dicen los cursis), un atleta y luchador griego.

Pero el emperador Marcus Commodus Antoninus Pius Felix Augusto Britannicus era un ventajista, un tramposo. En las cacerías no corría ningún peligro frente a las bestias y disparaba sus flechas a distancia, sabiendo que los animales no podían hacerle frente, ni huir, ni esconderse. Y cuando luchaba con los gladiadores, estos no eran auténticos gladiadores; realmente se enfrentaba a mendigos, soldados viejos, tullidos, amputados, ciegos, enfermos, drogados o con ambas manos atadas, “reclutados” en las calles o cárceles de Roma, ataviados con corazas, cascos y armas de gladiador. El público desde las gradas no podía distinguir estas artimañas.

Cuenta Santiago Posteguillo en su novela “Yo, Julia”, que cuando le iban a asesinar, habiendo fallado el veneno, su entrenador, el luchador griego, procedió a estrangularle, y Cómodo intentó luchar con él para defenderse. Viéndose vencido no entendía lo que ocurría si siempre había ganado él. “Pero Cómodo no era un luchador. Él tenía esa imagen de sí mismo, pero era pura fantasía, una mentira que él mismo se había creído”.

Pienso en los niños y jóvenes de hoy. Siempre triunfadores, siempre victoriosos, siempre aclamados y elevados al pódium. Triunfadores sin merecerlo. Victoriosos sin haber luchado, sin haberse esforzado. Aclamados por padres, familiares e incluso por profesores por acciones cotidianas, muchas veces mediocres y vulgares. Educados en la inmediatez, la sobreprotección, el todo vale, lo cutre y lo chapucero, en la justificación de sus actos injustificables, en el miedo a la frustración y el sufrimiento. Aprueban sin exámenes; pasan de curso con varias asignaturas suspensas, a partir de ahora también en la E.S.O. y hasta en Bachiller. Viviendo en un mundo irreal donde son pequeños tiranos, irrespetuosos y maleducados. En una burbuja proporcionada por los padres, sistemas y leyes educativas, e incluso por una religiosidad laxa e infantiloide, que impiden que la persona crezca, se desarrolle y madure. Un espacio de confort donde obtienen, ya no solo lo que necesitan, sino todos los caprichos y deseos, donde no entra el trabajo, el esfuerzo, el sacrificio, la disciplina… donde se obvian la enfermedad, las dificultades de cualquier tipo, los fracasos e, incluso, algo tan inherente al hombre como es la muerte. Viven en una mentira, en una ilusión. “Triunfan” gracias al ventajismo que les proporcionamos.

Pero, como bien reza el refranero, “a todo cerdo le llega su san Martín”, y antes o después suspenden en los estudios, no son seleccionados para entrar en las categorías superiores de su equipo de fútbol, no reciben los “likes” que creen merecer, aparece la enfermedad en la familia o las dificultades económicas y, por supuesto, la muerte en alguien tan cercano, que no se puede ocultar, ni siquiera disimular. 

 “¿Quién me ha robado el mes de abril? ¿Cómo pudo sucederme a mí?” cantaba Sabina en los 80.

El problema es que, nuestros jóvenes, no reaccionan o no saben cómo hacerlo. Carne de psicólogos, botellones o paguitas del gobierno de turno.

Volviendo a la Roma clásica son como los “andabatae”, gladiadores condenados a luchar a ciegas con un casco con el que no tenían visión alguna, caminando desorientados y dando mandobles sin sentido.

No piensen que no quiero niños y jóvenes felices o que soy contrario a trabajar la autoestima y una buena autoimagen. No, no se trata de eso. Se trata de enseñar a nuestros hijos a vivir, a enfrentarse al mundo, a la sociedad que nos ha tocado vivir. A que todos tenemos virtudes y defectos, que estamos limitados, a ser realistas. Enseñarles a luchar, a sacrificarse, a esforzarse, a no ser un mediocre, ni un borrego. A ser responsables, a afrontar los problemas de la vida con valentía y resolución. A tolerar las frustraciones, asumirlas y superarlas. En definitiva, a ser personas. Personas libres.

Modificado por última vez el Martes, 12 Octubre 2021 02:42
Alberto Cañas

Mi blog "Desde mi clase de reli" 

Diplomado en profesorado de EGB, en la especialidad de educación especial/pedagogía terapéutica. Profesor de religión y moral católica. Casado y padre de 4 hijos.

Alberto Cañas es autor, editor y responsable del Blog Desde mi clase de reli, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

 

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