Miércoles, 18 Diciembre 2019 12:00

El perdón en el matrimonio (I)

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El matrimonio es la vocación más común para el desarrollo integral de la persona, y debe ser vivido como camino de santidad junto a su cónyuge. El matrimonio es una escuela de amor, porque amar es un arte que requiere de un aprendizaje, algo que se debe vivir como un fascinante desafío ya que, en este camino, los cónyuges están llamados a crecer en el amor mutuo, a ayudarse mutuamente a realizarse en la entrega sincera de sí mismos, realizando ese “éxodo” que consiste en salir de las propias comodidades y egoísmos para donarse al otro.

Por ello, lo primero que tenemos que entender es que toda persona humana es limitada, se equivoca y comete errores, pues está en este proceso de aprendizaje, de crecimiento y desarrollo. El cónyuge no es una excepción. Cuando se unen en matrimonio, los esposos deben aceptarse mutuamente con todas sus debilidades y, también, con su capacidad para ofender y equivocarse. Aceptar que el otro no es perfecto y que, a veces sin querer y a veces queriendo, puede hacer daño a sus cónyuge, es algo que ambos deben asumir. Les encantaría ver colmadas todas sus aspiraciones en su compañero de vida pero, un día descubren que su “media naranja” no es perfecta y, a pesar de eso, hay que seguir amándola en toda circunstancia y para siempre. Hay que amar lo que es eterno en el otro, es decir, la llamada que tiene a la comunión con Dios, y que pide respuesta. Amar es querer el bien del otro, su destino último, y dedicar la propia vida para que se cumpla. Amar es buscar sinceramente mi conversión para poder ayudar a la conversión del otro.

Hemos de tener claro que si un cónyuge entregó su vida en matrimonio es porque ama de veras al otro y, por tanto, lo más seguro es que sus faltas no sean intencionadas. Por ello, los esposos deben esforzarse por interpretar bien las palabras y los gestos del otro, por mantener una “presunción de inocencia” respecto al otro, por no ser susceptibles para sentirse ofendido por cualquier pequeña cosa. Esto consiste en reavivar el firme convencimiento de que, aunque las apariencias pudieran dar a entender lo contrario, el esposo o esposa nunca realiza nada con la intención de herirnos adrede.

Si las mutuas disposiciones son las de hacerle la vida lo más agradable posible, ¿por qué pensar que el otro ha actuado sin rectitud de intención? Una cosa es el error o el descuido, y otra muy distinta es el afán de herir o hacer daño de manera consciente y premeditada. Reflexionar a menudo sobre esta verdad, facilitará enormemente el disculpar o, incluso, pasar por alto roces provocados por la rutina diaria.

Aun así, es habitual reñir entre cónyuges. Estas ofensas suelen doler más que otras porque al daño recibido se le suma el sentimiento de haber sido traicionados en la confianza, en los afectos íntimos o en las expectativas que se tienen sobre la otra persona. Por eso los errores entre esposos tienden a convertirse en “dolores del corazón”. Puede haber ocasiones extremas en que, por la gravedad de la ofensa,  por los insultos, por la infidelidad, se producen heridas muy profundas, recuerdos difíciles de borrar y que hasta hacen dudar del amor. Solo observando en profundidad, se logra vislumbrar la raíz del problema: el hombre está herido en lo más profundo de su ser por el pecado original, que arrastramos desde nuestro nacimiento como una pesada herencia, al que se suman los pecados que nuestra naturaleza herida va cometiendo a lo largo de la vida, al abusar de nuestra propia libertad.

Por este mismo motivo, está siempre la tendencia a acusar al otro y a justificarnos a nosotros mismos. Esto comenzó ya con nuestro padre Adán, cuando Dios le preguntó: «Adán ¿tú has comido de aquel fruto?». «¿Yo? ¡No! Es ella quien me lo dio». Fue la primera discusión matrimonial de la historia, dentro del primer pecado. Acusar al otro para no decir «perdóname», es una historia antigua. Debemos aprender a reconocer nuestros errores y a pedir perdón, aunque eso le resulte tremendamente duro a nuestro orgullo.

Todos necesitamos el perdón, porque todos hacemos daño a los demás, aunque algunas veces quizá no nos demos cuenta. Necesitamos el perdón para deshacer los nudos del pasado y comenzar de nuevo. Es importante que cada uno reconozca la propia flaqueza, los propios fallos —que, a lo mejor, han llevado al otro a un comportamiento desviado—y no dude en pedir, a su vez, perdón. Así crece y se afianza un matrimonio cristiano. Todos sabemos que no existe el matrimonio perfecto, y tampoco el marido o la esposa perfectos. Existimos nosotros, pobres hombres pecadores. No debemos avergonzarnos de acusarnos a nosotros mismos de ser pecadores, con un sincero arrepentimiento, para perdonarnos primero nosotros y, luego pedir perdón al cónyuge, con la voluntad de no reincidir. Tal experiencia de vulnerabilidad y, en definitiva, de la condición pecadora propia de toda persona, nos interpela. Es una oportunidad para dialogar y fortalecer la relación matrimonial con la experiencia de dar y recibir misericordia.

Cuando la convivencia queda malparada, sólo puede ser restituida por el perdón. Pero, para que pueda darse la reconstrucción de la comunión, es necesario la cooperación de dos voluntades: la de quien pide perdón y la de quien debe acoger al culpable, pues el rechazo del perdón sólo conseguirá agravar la herida en uno y en otro. Solamente si el perdón otorgado es recibido, el culpable se siente realmente perdonado, pues para que se complete la dinámica del perdón, necesita ser aceptado. Si el perdón supone el reconocimiento por parte del culpable de su falta, pide, asimismo, el arrepentimiento y la voluntad de evitarlo en lo sucesivo. Aun así, el arrepentimiento del otro no es una condición necesaria para el perdón, aunque sí es conveniente. Es, ciertamente, mucho más fácil perdonar cuando el otro pide perdón. Pero a veces hace falta comprender que en los que obran mal hay bloqueos, que les impiden admitir su culpabilidad.

Mi blog “El plan de Dios sobre la familia“

Pertenezco a los Siervos del Hogar de la Madre desde su fundación en 1990, soy sacerdote desde hace 21 años, licenciado en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Teología Dogmática por la Universidad de la Santa Cruz en Roma. Me dedico especialmente al apostolado con los laicos y a predicar retiros a jóvenes y adultos.

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