Miércoles, 26 Febrero 2020 12:00

El perdón en el matrimonio (II)

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¿Qué es el perdón? El perdón consiste, en primer lugar, en comprender que el mal que hay en el otro es manifestación de una enfermedad, de una carencia: el pecado. Esto nos debe mover a la compasión. Viendo su miseria, es necesario comprender que el otro es limitado y pobre. Es el primer momento del perdón y del amor: la misericordia. Con ella se busca el bien del otro, su corrección, nunca su castigo, lo que incluso comporta cargar con el peso del otro para aliviarle la carga, sufrir con él.

Como nos recuerda la exhortación apostólica Reconciliatio et penitentia, por muy profundo que a primera vista pueda parecer el daño infringido, una mirada profunda «capta […] un inconfundible deseo, por parte de los hombres de buena voluntad y de los verdaderos cristianos, de recomponer las fracturas, de cicatrizar las heridas, de instaurar a todos los niveles una unidad esencial. Tal deseo comporta en muchos una verdadera nostalgia de reconciliación. De esta reconciliación habla la Sagrada Escritura  […]  diciéndonos que es, ante todo, un don misericordioso de Dios al hombre. La historia de la salvación —tanto la de la humanidad entera como la de cada hombre de cualquier época— es la historia admirable de la reconciliación: aquella por la que Dios, que es Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre y en la cruz de su Hijo hecho hombre».

La decisión de perdonar puede pasar por sucesivas etapas. Quizá lo primero que suscita una injusticia cometida en quien la sufre, es el deseo de venganza, que es una errónea apreciación de la justicia; o el rencor, que conduce al odio hacia quien nos ha herido cada vez que recordamos la ofensa. De ahí también que a los matrimonios se les recomiende tener una “buena mala memoria”, que no es fácil de adquirir, porque el peso de los recuerdos, la dificultad de olvidarlos, la actitud rencorosa y el apasionamiento de la polémica que lleva a decir más de lo que uno quisiera, hacen complicado el entendimiento entre los cónyuges. De ahí que sea imprescindible ejercitarse en el olvido, sustituyendo los “malos recuerdos” por una voluntad decidida de perdón. El Papa Francisco, dice: «Tal vez os habéis enfadado, pero por favor recordad esto: no terminar jamás una jornada sin hacer las paces. ¡Jamás, jamás, jamás! Esto es un secreto, un secreto para conservar el amor y para hacer las paces. Porque si tú terminas el día sin hacer las paces, lo que tienes dentro, al día siguiente está frío y duro y es más difícil hacer las paces. Si aprendemos a pedirnos perdón y a perdonarnos mutuamente, el matrimonio durará, irá adelante».

Con frecuencia también el ofendido se suele creer superior al ofensor, al considerarlo injusto. El Evangelio nos advierte en este sentido, pues «cuando vayas con tu adversario ante el juez, mientras vas de camino, ponte a buenas con él, no sea que el juez te entregue al alguacil y vayas a parar a la cárcel y no salgas hasta pagar el último céntimo» (Mt 5,25). Porque cuando uno lleva al adversario ante el juez, lo hace convencido de su propia inocencia y de la culpabilidad del otro. Pero el juez le dirá: «¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga que hay en el tuyo?» (Mt 7,3). Nadie es totalmente inocente, y todos somos algo culpables. Quien reconoce esta verdad y ha experimentado el perdón gratuito de Dios, está en disposición de perdonar, puesto que él mismo ha sido perdonado. Por lo tanto, el perdón ha de ser un acto de fuerza interior apoyado en el perdón que cada uno recibe de Dios. Es humilde y respetuoso con el otro. No quiere dominar o humillarle. Para que sea verdadero y puro, la víctima debe evitar hasta la menor señal de una superioridad moral que, en principio, no existe; al menos no somos nosotros los que podemos ni debemos juzgar acerca de lo que se esconde en el corazón de los otros. Debemos perdonar como pecadores que somos, no como justos, por lo que el perdón es más para compartir que para conceder.

Narra una fábula que el demonio merodeaba por los barrios con el fin de dividir y arruinar a las familias. Se introducía en los hogares bajo la apariencia de un peregrino cansado y, mientras lo atendían, se las ingeniaba para hacer a la mujer caer en la cuenta de que el marido la trataba como a una esclava, mientras él permanecía tranquilamente sentado, charlando con el huésped, o cosas por el estilo. Y así proseguía insidiando, hasta que lograba hacer estallar una rabiosa discusión. Pero un día entró en una casa donde todos sus intentos fracasaron. Fue él entonces quien se enfadó y, desesperado, exclamó: «¿Pero vosotros no discutís nunca?». «No, porque desde el primer día hicimos un pacto: cada cual deberá fijarse solo en los propios defectos y en los méritos o cualidades del cónyuge». Basta reflexionar un poco sobre la anécdota para advertir que quien se comporta de este modo lleva todas las de ganar.

Qué maravilla, cuando uno de los cónyuges pide motivadamente excusas por una falta de delicadeza con el otro, y este o esta afirman con toda sinceridad que no hay nada que perdonar… porque no la había advertido. Y es que, cuando se quiere de veras, el presunto ultraje, la descortesía o el desinterés resultan como anegados por la abundancia de realidades positivas que aquel a quien se estima nos ha demostrado a lo largo de toda su existencia y nos sigue mostrando incluso en esos momentos menos conseguidos. Y de ahí que, ante un amor sincero e impetuoso, el agravio pasa muchas veces inadvertido y no requiere ser exculpado: remedando e invirtiendo radicalmente el sentido del no muy feliz dicho popular, cabría sostener que «no ofende el que quiere… ni el que es querido».

Mi blog “El plan de Dios sobre la familia“

Pertenezco a los Siervos del Hogar de la Madre desde su fundación en 1990, soy sacerdote desde hace 21 años, licenciado en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Teología Dogmática por la Universidad de la Santa Cruz en Roma. Me dedico especialmente al apostolado con los laicos y a predicar retiros a jóvenes y adultos.

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