Martes, 14 Septiembre 2021 12:25

Y llegó el caos

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No puedo evitar sentirme culpable. El privilegio de estar sentada, escribiendo, disfrutando de una leve brisa en la pequeña terraza de mi casa que me alivia de la ola de infierno de este excesivo calor que me quita el aliento y me impide disfrutar de una vitalidad que sólo se renueva bajo el agua o el aire acondicionado.

Elitista por poder disponer de medios para aliviar las llamas que queman los sentidos y de poder pagar el recibo de luz a pesar del temor que me inspira.

Suertuda por poder disfrutar de una paz (aunque sea aparente) mientras miles de hermanos sufren y huyen de la tierra que les vio nacer porque otros hombres han decidido apropiarse de sus vidas.

No veo la tele y esto me ayuda a estar despierta y sentirme privilegiada, porque no me encuentro todo el día atemorizada por un bicho al que han entronizado como dueño de nuestra vida envolviéndolo en una maraña de mentiras y falsas verdades que enloquecen al más sensato.

He decidido no vivir para un virus, sino vivir para vivir. Y esto ha requerido cierto “aislamiento des-informativo. A veces pienso que corro el riesgo de “no enterarme “de lo realmente importante, pero he descubierto que si lo es… ¡me entero!

Enfermedad, hambre, necesidad, muertes, guerras, incendios, invasiones, tsunamis, emigración descontrolada, incertidumbre por doquier… ¡cualquiera pensaría que estamos viviendo el Apocalipsis anunciado!

Pero no, la necedad se impone y decidimos pensar que el objetivo de nuestros gobiernos es el de “procurarnos bienestar y felicidad” por lo que merecen nuestra confianza ciega y, absurdamente, llegamos a creer que lo que vemos, no lo vemos, que los hechos reales son ficción y que las mentiras repetidas mil veces son la auténtica realidad.

La interpretación de los hechos nos viene dada y la culpa de todo lo malo que ocurre “la tienen nuestros semejantes”; “esos otros irresponsables y mercenarios” que no hacen lo que deben, que no se comportan como se exige y que se empeñan en negar lo que todos han decidido admitir como verdad suprema.

Es impresionante comprobar cómo hay familias que han sobrevivido al reparto de herencias y, sin embargo, su cohesión, se ha visto fracturada por diferentes posturas ante los hechos actuales; ¡lo que Dios ha puesto tanto empeño en unir, lo ha roto la ideología imperante! A fuerza de repetir la mentira muchísimas veces (y de permanecer pegados a la pantalla abducidos estúpidamente por su mensaje); la hemos convertido en verdad sin apenas cuestionarla.

Ciudadanos de otros países europeos me cuentan cómo en sus televisiones se transmiten debates con posturas encontradas. Se cuestiona y se contradicen los postulados mayoritarios y masivos. Se argumenta y se critica.

Esto en mi país no pasa. No hay voces discordantes, al menos, en los medios de comunicación públicos. La censura y el miedo acampan a sus anchas y lo hemos asumido como imbéciles borregos. No permitimos nada que se salga de lo políticamente correcto. No se admiten otras voces que las ya consensuadas. 

¿Dónde quedó el pensamiento crítico, la búsqueda de la verdad, el análisis de la realidad?

¿Es que “nos ha abducido el virus el cerebro”?

Pero los católicos no estamos exentos de tanta cerrazón.

¿Dónde quedó aquello de los enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne?

A los que decidimos comulgar en la boca, nuestros pastores, nos Lo entregan embadurnado en gel hidroalcóholico. ¡Pobre Jesús! Morir en la cruz sin saber que la solución de nuestros males era una solución que atrapa al mismo Dios que lo transforma, a la vista, en un dios de barro y carente de poder.

Atemorizados sacerdotes en muchas iglesias reducen sus liturgias al mínimo como si tuviéramos que correr para refugiarnos de “no sé qué mal esparcido a tropel” del que tenemos que huir porque nuestro mayor acto de valor, ya lo hemos realizado al cruzar el umbral de la parroquia.

Este virus ha hecho aflorar a la superficie la poca y débil fe de muchos corazones, incluidos los pastores.

La Iglesia ha ido “más allá” de lo que se le ha exigido, se ha adelantado a esconder a Cristo en la Sagrada Forma; se han cerrado templos, anulado horas santas y, por supuesto, ya no procesionan bajo ningún concepto (aunque se pueda ir al fútbol o conciertos de música).

Evidentemente, no son todos ¡gracias a Dios! Los hay más disponibles, más cercanos, más valientes. Pero quizás, esta que escribe lo que más echa de menos es más contundencia en defensa de la Verdad y, sobre todo, menos ambigüedad.

El rebaño se pierde si el pastor no la guía. No me imagino a San Carlos Borromeo, San Antonio de Padua, San Francisco de Asís y tantos otros, embadurnando de gel hidroalcohólico a Cristo, negando a Dios el poder de Dios y al hombre la capacidad de crecer en su fe.

El caos reina, pero no del todo. Sí que hay voces (laicos) que nos invitan a investigar, a pensar, a conocer. Sí que hay padres intentando proteger a sus hijos de un poder que ha decidido arrebatárselos imponiéndoles lo que les meten en la mente y en el cuerpo a la carne de sus carnes.

Sí que hay resistencia. A lo largo de la historia siempre la hubo. Soterrada, débil, pequeña y organizada, pero que combatió con poderosos imperios.

Todavía hay creyentes que doblan sus rodillas ante el Rey de reyes que confiesa que Jesucristo es el Señor, que le reconocen en la Sagrada Eucaristía, que lo visitan y que andan errantes buscando pastores que les ayuden a perseverar y fortalecer su fe en estos tiempos tan recios.

¡No tengamos miedo! No dejemos de reunirnos para glorificar a Dios y alabarle. Las iglesias son lugares donde encontramos al VERDADERO DIOS y el coronavirus ¡NO ESTÁ EN ÉL! Con Cristo estamos a salvo. Dios es Todopoderoso ¡recordadlo por favor!

Una fe de gel y mascarilla, de miedo y distancia, de huida y sospecha… ¿Qué fe es? ¿En qué lugar deja eso a nuestro Dios al que confesamos VERDADERO?

Necesitamos a CRISTO para sanarnos, sobre todo, el alma.

Renunciar a Cristo es someternos a la voluntad de los que controlan el caos.

Mi Blog "Padres, adolescentes y esperanzas"

mercedeslucaSoy Merche Lucas Pérez, licenciada en Ciencias Religiosas por la Universidad de Salamanca, poseo un Máster en Teología y soy Doctora en Teología por la Universidad de Murcia. El título de mi tesis es: La misericordia en la diócesis de Cartagena (mujer, matrimonio, familia y parroquia).
Estoy casada y tengo dos hijos, y actualmente soy profesora en un Instituto de Secundaria de Murcia. Soy creyente y católica y es la fe de donde mana mi alegría y esperanza cada día.

https://www.infofamilialibre.com/index.php/blogs/padres-adolescentes-esperanzas
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