Martes, 14 Abril 2020 12:00

Emergencia climática

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De un tiempo a esta parte, el clima se ha convertido en protagonista de nuestros informativos y periódicos. Se habla con preocupación de calentamiento global, de crisis climática y de un estado de emergencia de nuestro planeta. Es evidente que la ambición del ser humano está dañando la creación y que hay que tomar medidas. Eso no lo niega nadie. Pero también es cierto que hay mucho negocio y mucha ideología metidos en las diversas declaraciones que nacen de las Cumbres del Clima.

Ante la avalancha de información que recibimos sobre el «apocalipsis climático» en curso, no debemos olvidar que no hay acuerdo entre los científicos sobre las causas del calentamiento global atribuibles al hombre. Es decir, no sabemos hasta qué punto es responsable el ser humano y hasta qué punto están influyendo procesos evolutivos del planeta ajenos a nosotros. Hay que tener en cuenta, además, que son innumerables las ocasiones en que el milenarismo de los ecologistas nos ha llenado de temor con sus falsas previsiones de un colapso total del planeta debido a la superpoblación. De momento, lo que es cierto es que sus previsiones no se han cumplido. Y no lo han hecho porque no tenían base científica, sino ideológica. Pero consiguieron meter en el corazón de millones de personas una mentalidad antinatalista y un terrible miedo a la vida naciente. Por eso, cuando nos hablen sobre el clima y el futuro del planeta, lo primero que tenemos que exigir es que nos hable la ciencia, no la ideología.

Ideología y negocio

La gran pregunta es esta: ¿desde cuándo el clima se ha convertido en una prioridad de las agendas globalistas? Hay una fecha clave que es la publicación de la «Carta de la Tierra» en el año 2000. El documento se presenta como «una declaración de principios éticos fundamentales para la construcción de una sociedad global justa, sostenible y pacífica en el Siglo XXI». A simple vista podría pasar por algo bueno, pero en realidad se trata de un proyecto de reingeniería social destinado, como explica el doctor Juan Claudio Sanahuja, «a construir una nueva sociedad sobre bases totalmente distintas a las que conocemos, tratando de contrarrestar y anular lenta y discretamente toda visión trascendente del hombre, para sustituirla por un nuevo sistema de valores». Para lograrlo están usando muchos caminos, pero los más importantes son la educación y los medios de comunicación, incluido el cine, con películas como Vaiana (que es la Carta de la Tierra en formato infantil), Avatar o Noé, por poner algunos ejemplos.

Nueva sociedad, nuevo sistema de valores… Pero cuando quieres quitarle algo a alguien, le tienes que ofrecer otra cosa a cambio. Es aquí donde entra la ecología —uno de los pilares de la «Carta de la Tierra»— que convierte el amor a la Madre Tierra en «una nueva religión» que colabore con el nacimiento de un «nuevo modo de vida». Los redactores de la «Carta de la Tierra» hablan de ella como de una «nueva ley» que viene a sustituir a los Diez Mandamientos. Ya solo esta pretensión de querer convertirse en nuestro nuevo código moral nos tiene que hacer sospechar acerca de la supuesta bondad de la «Carta de la Tierra». Porque es evidente que se está usando el miedo al cambio climático para reforzar la introducción de agendas que no tienen nada que ver con el clima como son la ideología de género, el feminismo radical, la creación de una religión global, políticas natalistas… Conviene recordar que «el católico no debería nunca equiparar inmediatamente la ONU con el Bien, y convertir cualquier conclusión de una cumbre de la ONU en un deber absoluto para las personas responsables. Sabemos con total certeza que las agencias de la ONU suelen llevar a cabo acciones ideológicas contrarias al verdadero bien del hombre» (Stefano Fontana en La Nuova Bussola Quotidiana). Por eso, y aunque no sea políticamente correcto, afirmo que la «Carta de la Tierra» es una amenaza para la humanidad.

Mi recelo hacia la «Carta de la Tierra» se acentuó cuando descubrí entre los miembros de la «Comisión de la Carta de la Tierra» el nombre del exsacerdote franciscano Leonardo Boff. Boff fue uno de los fundadores de la Teología de la Liberación, doctrina condenada por la Iglesia en 1984. En 1992 abandonó el sacerdocio y se convirtió en un «Teólogo de la Ecología», materia que él considera como un desarrollo de la «Teología de la liberación», hasta el punto de afirmar que la Teología de la Liberación comenzó por escuchar el grito de los pobres y oprimidos, y, siguiendo esa misma lógica, descubrió el grito de la Tierra, «generadora de todas las formas de la vida y explotada en todos sus bienes desde siglos. Ella es la Gran Pobre, crucificada, y que clama por su resurrección» (Revista Éxodo no 120).

Por el camino de la Teología de la Ecología, y guiado por la Carta de la Tierra, Leonardo Boff se fue adentrando en un triste panteísmo. Para él la Tierra es Gaia, «está viva y se comporta como un superorganismo vivo que siempre mantiene y reproduce la vida» (Boff L. 9 junio 2019). ¿Frente a Gaia, el ser humano qué es? Boff sigue escribiendo y dice: «El ser humano es parte de la naturaleza y aquella porción de la Tierra que en un proceso de altísima complejidad comenzó a sentir, a pensar, a amar y a venerar» (Boff L. 9 junio 2019). Pero no queda aquí la cosa. Leonardo Boff escucha el grito de la Tierra explotada por el hombre y afirma: «La vida corre peligro y la especie humana pudiera ser extirpada por ella como si fuera una célula cancerígena». Son afirmaciones preocupantes porque dejan a un lado la doctrina cristiana de la creación y degradan la dignidad del ser humano. Pero lo que más preocupa del caso de Boff es que, si su deriva ideológica ha gustado tanto a los redactores de la «Carta de la Tierra» como para nombrarle miembro de la Comisión de la Carta de la Tierra, es que de alguna manera nos lo están proponiendo como modelo de la evolución que podemos y debemos hacer todos los creyentes.

Frente a esta doctrina, Stefano Fontana señala: «El católico no debería nunca utilizar la expresión “Madre Tierra”, sobre todo con mayúsculas, ni adherirse a documentos que empleen esta expresión gnóstica, esotérica e idolátrica». Para Leonardo Boff la Madre Tierra es «la Gran Madre que ha generado a todos los seres que existen en ella». Pero esto no es verdad. La Madre Tierra no es una divinidad a la que debamos someternos y adorar. Nosotros creemos, como dice nuestro Credo, en «Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible». En Él, que nos ha regalado «el mundo visible en toda su riqueza, su diversidad y orden» (CEC Nº 290), ponemos nuestra confianza.

Insisto en que yo no niego que existe la contaminación y que hay ecosistemas seriamente dañados por la ambición de los seres humanos. Pero creo también que hay mucho negocio en torno al alarmismo creado con la amenaza climática. Y con negocio y con ideología no vamos a solucionar los problemas medioambientales del planeta.

La doctrina de la Iglesia más exigente que la Carta de la Tierra.

Toda la creación es obra de Dios y solo Él es el verdadero dueño y señor de todo lo que existe. A Él debemos dar cuenta, no a la ONU, ni a la Comisión de la Carta de la Tierra. Porque, ciertamente, dañar la creación es un pecado, pero no contra la Madre Tierra o la Pachamama, sino contra nuestro Creador; no contra la «Carta de la Tierra», sino contra la Ley de Dios. ¿Comprendemos la diferencia? Conviene que pongamos las cosas en su lugar, para no ir también nosotros a la deriva, hacia posiciones panteístas que dañen nuestra fe en un Dios personal y nos pongan al servicio de ideologías anticristianas. Además, hay que decir que, al ser estas ideologías ateas, no aman verdaderamente la creación y no nos defienden ni a nosotros ni a nuestro planeta, sino a sus propios y oscuros intereses.

¿Dónde queda regulada nuestra responsabilidad con la creación? Nos lo exige el séptimo mandamiento: «No robarás». El problema es que a veces desconocemos las exigencias de la Ley de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica explica que el séptimo mandamiento «prohíbe tomar o retener el bien del prójimo injustamente y perjudicar de cualquier manera al prójimo en sus bienes» (CEC nº 2401), incluido el bien común de todos que es la creación. De hecho, el epígrafe dedicado al «Respeto de la integridad del medio ambiente» del Catecismo de la Iglesia Católica propone todo un plan de responsabilidad ecológica mucho más exigente que las conclusiones de la última Cumbre del Clima. Allí se nos dice, entre otras cosas: «El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del prójimo incluyendo la de las generaciones venideras; exige un respeto religioso de la integridad de la creación» (CEC nº 2515).

El texto del Catecismo se remite continuamente a lo que podríamos llamar la «1ª Cumbre del Clima de la historia», narrada en el libro del Génesis, que tiene lugar en el momento en el que el Señor encomienda al ser humano el cuidado de la creación nombrándole «administrador» que disfruta y cuida de la Tierra. La visión del hombre como administrador diligente remite al Creador y exige respetar su obra en favor de los hombres. Cuando el ser humano no se somete a Dios, a su providencia y a su ley, olvida también el respeto que le debe a la creación. Rompe esa cadena de orden, armonía e interdependencia de la creación por la que el mundo visible fue creado para él y él para la gloria de Dios. De ahí que, de administrador se convierta en cruel tirano y despótico opresor de la creación. En último término, la causa profunda de los actuales problemas medioambientales, que no podemos negar, pero que tampoco debemos exagerar, está aquí: en la pérdida del sentido del Creador.

El secreto para resolver la emergencia climática no es otro que recuperar el orden primero, reconocer «el vínculo profundo del hombre con Dios» (CEC nº 386). Entonces los seres humanos recuperaremos un «respeto religioso de la integridad de la creación» (CA 37).

Hna. Beatriz Liaño

Hna. B 1Mi blog "Sierva para anunciar la alegría"

Soy Sierva del Hogar de la Madre y colaboro —entre otros proyectos— con la Fundación EUK Mamie-HM Televisión www.eukmamie.org, con la web www.hermanaclare.com y con la Revista HM.