Cuando no se necesita a Dios

Últimamente me han comentado algunos amigos que sus hijos adolescentes han dejado la práctica religiosa e incluso que se consideran ateos. Comentaba con Mercedes, mi mujer, no sin cierta preocupación, pues tenemos hijos en esas edades, qué podría motivar esta actitud que va más allá de cierta rebeldía juvenil.

En nuestra reflexión, según lo que vamos observando en nuestro entorno, en nuestras propias familias y nos van contando unos y otros, a veces nuestros hijos, encontrábamos, entre otros, estos motivos:

- Cierta inconstancia en la vida de fe, laxitud o actitudes poco ejemplarizantes en la familia (“por un domingo que no se vaya a Misa no pasa nada”, “no rezamos en familia”, poca práctica sacramental…). Estos jóvenes se alejan poco a poco. Un domingo no irán a Misa por tener exámenes, otro por salir con los amigos, otros por pereza y cuando se quieren dar cuenta llevan meses, años sin practicar; su vida sigue igual: no necesitan a Dios.
- Experiencias negativas en los colegios religiosos donde estudian los jóvenes (incoherencias de vida, ciertas hipocresías, falta de caridad…) o en las parroquias o grupos parroquiales (falta de acogida o no sentirse parte de la comunidad, poco tacto de algún catequista ante las preguntas, preocupaciones o angustias propias de la edad, o la decepción por la actuación poco afortunada de algún sacerdote…). Estos jóvenes se sienten dolidos. Realmente les han hecho daño. “En la calle hay personas que no son cristianas y son mejores, más auténticas, buenas personas. Para ser un buen tipo no necesito a Dios”.
- Jóvenes de familias desestructuradas, antaño católicas, con padres separados que “han rehecho sus vidas” con otras parejas, viviendo situaciones extrañas, incómodas, como enfrentarse a la realidad de que su madre duerme con uno que no es su padre y su padre con una que no es su madre. Jóvenes que se sienten estafados por la educación cristiana recibida. Sus padres no han vuelto por la iglesia, han abandonado la Iglesia. Ellos también.
- Jóvenes que lo tienen todo. Jóvenes de familias acomodadas que tienen satisfechas todas sus necesidades e incluso más (ropa, joyas, todo tipo de tecnologías, viajes, estudios en el extranjero…). Felices, populares en sus círculos de amigos, con dinero en el bolsillo para sus caprichos, a la última y con el futuro prácticamente resuelto, ¿para qué necesitan a Dios?

No se necesita a Dios. No solo son las experiencias de estos jóvenes las que los llevan a esta conclusión, sino un complejo entramado de ingeniería social, medios de comunicación y redes sociales lo que los lleva a una banalización de la religión y la eliminación del Cristianismo en sus vidas, un todo vale, todo es permisible, todo tiene excusa, un por qué. Todo el mundo es bueno, haga lo que haga y además es respetable y debe ser respetado. Hay dos términos que explicar: “buenismo” y “lo políticamente correcto”.

Lo importante es “ser buenas personas”, es decir, ser razonablemente educado y cumplir con tus obligaciones cívicas. Es lo que se conoce como “buenismo”. La R.A.E. define “buenismo” como la actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia. También se utiliza para designar determinados esquemas de pensamiento y actuación social y política que, de forma bienintencionada pero ingenua, y basados en un mero sentimentalismo carente de autocrítica hacia los resultados reales, demuestran conductas basadas en la creencia de que todos los problemas pueden resolverse a través del diálogo, la solidaridad y la tolerancia.

No se debe confundir el buenismo con la BONDAD que se define como la inclinación de la persona a hacer el bien, o el comportamiento virtuoso.

Íntimamente relacionado con el buenismo encontramos “lo políticamente correcto”. Este es un concepto utilizado para describir un lenguaje, ideas políticas o comportamientos con los que se procura minimizar la posibilidad de ofensa a grupos de personas pertenecientes a cierta etnia, cultura, nacionalidad, género o religión. El término se aplica también en un sentido más amplio para describir la afiliación con la ortodoxia política o cultural; en forma similar, describe aquello que podría causar ofensa o ser rechazado por la ortodoxia política o cultural de un determinado grupo.

Una excepción a la regla de “lo políticamente correcto” son los insultos a los cristianos, las blasfemias varias, las profanaciones a iglesias y sagrarios… que entonces entra dentro de la categoría de libertad de expresión.

El problema radica en que, por ejemplo, un crimen abominable como el aborto, pasa a ser un derecho de la mujer, que la ideología de género se imponga para destruir poco a poco la familia o la eutanasia sea un acto de misericordia. Es cuestión de votos, lo que decida la mayoría, o lo que decidan unos pocos que la mayoría eligió, tal vez engañados, será “lo políticamente correcto”.

Como le digo a mis alumnos, todo está inventado. ¿O piensan que esta idea de que no necesitamos a Dios es algo nuevo, revolucionario? En el S. V un monje llamado Pelagio predicaba algo parecido. La herejía llamada pelagianismo afirmaba, explicada de forma muy sencilla, que el hombre no necesitaba a Cristo para salvarse, pues sólo dependía de sus obras hechas en libertad. El Padre Chus Villarroel de la Orden de Predicadores (Dominicos) lo explica así: “Pelagio fue un monje irlandés, alto, fuerte y guapo –que eso también ayuda–, que vino a decir que no se necesitaba una gracia especial para recibir la salvación eterna; sencillamente porque Dios nos ha dotado a todos con suficientes facultades para que nosotros mismos y por nuestro esfuerzo lográramos ganar el cielo”.

Fue San Agustín quien combatió tal herejía y en su defensa de la verdadera fe, nos dejó esta maravillosa perla: «Bendito pecado que nos ha merecido tan grande redentor».

Además los cristianos estamos, en cierto modo, contagiados de todo esto. El obispo de San Sebastián, Don José Ignacio Munilla, en una reciente homilía hablaba de catorce muletillas que hacían mucho daño a los cristianos. Destaco las siguientes por estar relacionadas directamente con el tema que nos ocupa: "¿Qué hay de malo?", "Los hay peores", "Lo hacen todos", "Sin exagerar”, "Es que ya no se lleva", "No te comas la cabeza, déjate llevar"…

El Papa Francisco ha mostrado su preocupación por el auge del semipelagianismo, consecuencia de la anterior. El citado Padre Villarroel nos da la siguiente explicación: “El semipelagianismo vino después, en el sur de Francia, y decía que sí que necesitamos la primera gracia, pero que después hacerla fructificar ya era cosa nuestra, algo que teníamos que conseguir con nuestros actos, con nuestros esfuerzos, con nuestros méritos.”, es decir, “Pensamos que a Dios le pedimos la gracia para hacer, para que haga «yo» las obras que «yo» tengo que hacer, con lo cual ya eres tú el que te salvas, ayudado por la gracia, pero eres tú el protagonista, el que te ganas tu salvación”.

Y todo mezclado con otra herejía de los primeros siglos llamada “gnosticismo” y el renacer del “superhombre” de Nietzche….

Acabamos de vivir la Semana Santa, semana en la que rememoramos, vivimos y celebramos la PASIÓN y MUERTE de JESÚS DE NAZARET, condenado precisamente porque no fue políticamente correcto, porque no practicó el buenismo, sino el AMOR Y LA MISERICORDIA, y cuya SANGRE lava nuestros pecados gracias a su ENTREGA LIBRE llevando hasta el extremo seguir la VOLUNTAD DEL PADRE.

Y ahora celebramos la RESURRECCIÓN DE JESÚS, el hecho más transcendental de la humanidad, porque gracias a que ÉL resucitó todos nosotros resucitaremos con él.

Pero, no necesitamos a Dios, ¿verdad?

Feliz Pascua de Resurrección.

Alberto Cañas

Mi blog "Desde mi clase de reli" 

Diplomado en profesorado de EGB, en la especialidad de educación especial/pedagogía terapéutica. Profesor de religión y moral católica. Casado y padre de 4 hijos.

Alberto Cañas es autor, editor y responsable del Blog Desde mi clase de reli, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com