Regulación de los nacimientos: los caminos para la paternidad responsable

La intencionalidad contraria al amor conyugal -en alguna de sus dos dimensiones inseparables, de unión esponsal o de fecundidad procreativa- en un acto en la esfera de la sexualidad que hace que sea contrario a la verdad de la comunión conyugal, que es la única realización de la sexualidad humana adecuada al ser de la persona. “El acto conyugal no sólo «significa» el amor, sino también la potencial fecundidad (...); uno y otro pertenecen, a la verdad íntima del acto conyugal” (Cat. 124, nº 6).

La contracepción no es inmoral por ser una técnica “artificial”, sino por contraponerse a la naturaleza personal del acto de amor conyugal. “Tal violación del orden interior de la comunión conyugal, que hunde sus raíces en el orden mismo de la persona, constituye el mal esencial del acto anticonceptivo” (Cat. 124, nº 7. Cf. Pío XI, Enc. Casti connubii, 31-XII-1930, nn. 55-57). Estamos hablando aquí, pues, de cualquier acto con finalidad contraceptiva.

A la vez,  el llamado “método natural” de regular la fecundidad humana, es natural no en cuanto método, sino a nivel de la persona y de la consiguiente verdad de la sexualidad humana (cf. Cat. 131, n. 4; Familiaris consortio, 32; Grattissimum sane, 12; Gaudium et spes, 51).

De aquí se extraen los tres principios fundamentales que enuncia Pablo VI:

1. La doctrina tantas veces expuesta por el Magisterio, sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador (HV, 12).

2. Los actos conyugales no son ilegítimos por el hecho de que sean infecundos en concreto: Estos actos, con los cuales los esposos se unen en casta intimidad, y a través de los cuales se transmite la vida humana, son, como ha recordado el Concilio, "honestos y dignos", y no cesan de ser legítimos si, por causas independientes de la voluntad de los cónyuges, se prevén infecundos, porque continúan ordenados a expresar y consolidar su unión. De hecho, como atestigua la experiencia, no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos conyugales. Dios ha dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de fecundidad que por sí mismos distancian los nacimientos. La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial (quilibet matrimonii usus) debe quedar abierto a la transmisión de la vida (HV, 11).

3. La responsabilidad de la paternidad exige que la decisión del número de hijos esté seriamente motivada (HV, 10).

Es importante hacer hincapié que la afirmación sobre la verdad del acto conyugal no es una norma moral que se dirija de modo exclusivo al matrimonio cristiano, sino que se dirige a todos los matrimonios, porque está relacionada con lo que es el ser humano, la sexualidad, y el amor conyugal. San Juan Pablo II explica a este respecto:
“La Encíclica Humanae vitae contiene la norma moral y su motivación o, al menos, una profundización de lo que constituye la motivación de la norma. Por otra parte, dado que en la norma se expresa de manera vinculante el valor moral, se sigue de ello que los actos conformes a la norma son moralmente rectos; y, en cambio, los actos contrarios son intrínsecamente ilícitos”.

El autor de la Encíclica subraya que tal norma pertenece a la "ley natural", es decir, que está en conformidad con la razón como tal. La Iglesia enseña esta norma con la convicción de que la interpretación de los preceptos de la ley natural pertenecen a la competencia del Magisterio.

Fecundidad sin acto conyugal
Sobre la obtención de la fecundidad humana mediante un acto no conyugal, (cf. Congregación para la doctrina de la fe, Instrucción Donum vitae, 22-II-1987; Pío XII, Aloc. Vous Nous avez exprimé, 19-V-1956) hay varios puntos a tener en cuenta:

La persona humana es corporal, por eso su vida física afecta a su vida personal. La procreación humana presupone la colaboración responsable de los esposos con el amor fecundo de Dios; el don de la vida humana debe realizarse en el matrimonio mediante los actos específicos y exclusivos de los esposos, de acuerdo con las leyes inscritas en sus personas y en su unión (Donum vitae).

También las distintas técnicas de reproducción artificial que parecerían puestas al servicio de la vida y que son practicadas no pocas veces con esta intención, en realidad dan pie a nuevos atentados contra la vida. Más allá del hecho de que son moralmente inaceptables desde el momento en que separan la procreación del contexto integralmente humano del acto conyugal, estas técnicas registran altos porcentajes de fracaso. Este afecta no tanto a la fecundación como al desarrollo posterior del embrión, expuesto al riesgo de muerte por lo general en brevísimo tiempo. Además, se producen con frecuencia embriones en número superior al necesario para su implantación en el seno de la mujer, y estos así llamados “embriones supernumerarios” son posteriormente suprimidos o utilizados para investigaciones que, bajo el pretexto del progreso científico o médico, reducen en realidad la vida humana a simple “material biológico” del que se puede disponer libremente (EV, 14).

P. Francisco José Ramiro García

Doctor en Teología Moral, Doctor en Ciencias de la Educación. Máster en Bioética por las Universidades de Las Palmas de Gran Canaria y de La Laguna. Profesor de Teología Moral y de Bioética del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias. Miembro fundador de la Asociación Canaria de Bioética (ACABI). Coordinador y Profesor del Máster de Bioética de Canarias. Presidente del Comité Científico del Congreso Nacional de Bioética Canarias 2002. Miembro del Comité Asistencial de Ética del Hospital Universitario Dr. Negrín (2005). Miembro de La Comisión Asesora de Bioética de Canarias (2008). Coordinador de la web: Bioética en la Red.

Las cookies facilitan la prestación de nuestros servicios. Al utilizar nuestros servicios, usted acepta que utilizamos cookies.
De acuerdo