La empresa cristiana tiene un reto

La empresa cristiana sigue teniendo un reto hoy: dar gloria a Dios y ser Reino de Cristo en la tierra. Una empresa cristiana no lo es sólo porque lo escriba en un papel o porque ponga un Crucifijo o una Virgen en la oficina o porque promueva alguna actividad religiosa –incluida la Sagrada Eucaristía-. Esto es bueno y es incluso valiente, pero eso no la distingue verdaderamente del mundo. Lo que nos hace diferentes muchas veces es lo que no se ve a primera vista.

¡Qué fácil es perder de vista algunos detalles! Por ejemplo, las personas. Podemos caer fácilmente en el error de poner apellidos a las personas: persona-cliente, persona-inversor, persona-contacto, persona-trabajador. Y relacionarnos con ellas según este apellido olvidando que todas son personas. Más aún, hay un tipo de persona que muchas veces olvidamos que es personas y la tratamos como recurso (es jerga del mundo, no olvidemos que no es nuestra). Es difícil no caer en este error, es así en muchas partes, basta con dejarse llevar. Como presidentes, directores, sub-directores, jefes, coordinadores, en definitiva, superiores, hay que recordar dos cosas: que este poder te ha sido dado de lo Alto (porque nada está fuera de la Voluntad de Dios) y que tienes, por tanto, una misión. Es una misión de santificación, pero desde el momento en que tienes a alguien “a tu cargo”, es una misión de santidad más amplia, tan amplia como personas haya a tu cargo. No sin temor has de reflexionar sobre aquello de lo que se te examinará al final: del amor, del amor paternal, maternal, con que has velado por las almas de aquellos que fueron a ti confiados. Estas son las relaciones verdaderamente humanas que configuran nuestro ser cristiano. Alter Christus. Cuando vemos en el otro un ser inmortal llamado a la Eternidad del Cielo, según la mirada que Cristo mismo tiene sobre ellos.

¡Cómo cambian las cosas entonces! Cuando empiezas a mirar a los ojos. No para ver por dónde va el de enfrente, qué está tramando o lo bien que le caigo. Le miro porque merece ser mirado. Y me pregunto qué es lo mejor para él, en qué medida depende de mí que lo alcance, que lo reciba. Si ahora necesita un halago, una palmadita en la espalda, un toque de atención o una seria advertencia. Si puede asumir cambios y cuáles. Incluso si el puesto le sirve o no -para ser santo-. Si necesita recuperar la ilusión o necesita volver a poner los pies en la tierra.

Entonces, si quiere, podrá aprender a mirar él también. Podrá mirar a sus compañeros, a sus clientes, a sus superiores, a ti. Todos serán, de repente, personas. Y le importarán. Le importarán de verdad, sin intereses, sin mediaciones, sin convertirlos en “recursos”. Entonces la empresa cristiana crea una red de colaboradores en la santificación y alcanza su verdadero objetivo. No es de este mundo, no, es para la Eternidad. Es más. Es posible. No estamos solos. Cuando cumplimos nuestra misión, contamos, más aún, con todos los apoyos; de hecho, arrancamos todos los apoyos, aunque ha de pasar inevitablemente por la Cruz porque en Ella está nuestra Salvación. Pero apunta alto, a lo Más Alto.

¡Un reto!, ¡un gran reto! No estamos hechos para pequeñas cosas, no somos hijos-de-nadie, somos hijos de Dios, seamos Reino de Cristo.

Lucía Carbajo

Psicóloga orientadora del colegio Juan Pablo II de Alcorcón, máster en pastoral familiar por Instituto Pontificio Juan Pablo II y colaboradora del COF de Getafe. Madre felizmente casada con 3 hijos, catequista y monitora de educación afectivo sexual (Aprendamos a amar y Teen Star), así como formadora de padres y profesores impartiendo cursos sobre familia, matrimonio, psicología y​ afectividad​.​

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