La Eucaristía: escándalo y necedad

El anuncio del Evangelio enfrentó cara a cara dos pueblos muy distintos, porque —ciertamente— judíos y gentiles tenían dos formas muy distintas de conocer, de afrontar el conocimiento de las cosas. San Pablo describió magníficamente este choque de mentalidades cuando escribió a los Corintios: «Los judíos piden signos y los griegos buscan la sabiduría; pero nosotros os anunciamos a Jesucristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los gentiles». (I Corintios 1, 22-23). 

De una parte, los judíos se distinguían por un tipo de conocimiento más «pragmático», es decir, que se acerca a la realidad a través de los sentidos. Y Dios se adaptó a esta forma de conocer. De hecho, todo el Antiguo Testamento está lleno de signos a través de los cuales Dios se revela a pueblo. Los judíos habían sido un pueblo más del Mediterráneo, politeísta como todos, hasta que Dios habló con su pueblo Israel y le dijo: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas» (Dt 6, 4). Israel había visto a Dios actuar, lo había casi tocado, lo había escuchado. Por eso creyó. El mismo Jesucristo respetó esta necesidad de su pueblo de conocer a través de los sentidos y realizó muchos signos, hasta llegar al gran signo final de su Resurrección. De alguna manera, era normal que Santo Tomás pidiera ver a Jesús, pidiera incluso tocarlo y meter el dedo en sus llagas para poder creer. Era la forma normal en la que conocía un judío: a través de los sentidos.

De otra parte, tenemos a los griegos, que se inclinaban a un conocimiento más «racional», basado en argumentos intelectuales. Los filósofos griegos habían llegado a la misma conclusión que el pueblo de Israel, que Dios solo podía haber uno, pero no conocieron esta verdad por revelación, sino que llegaron a ella a través del trabajo de la razón.

Y llega Jesucristo y Jesucristo, antes de morir, instituye la Eucaristía como «memorial de su Pasión». Pero la Eucaristía es «escándalo para los judíos y necedad para los gentiles», porque «los judíos piden signos, y los griegos buscan la sabiduría», pero es que la Eucaristía no es ni una cosa, ni la otra. Ya hemos dicho que los judíos estaban acostumbrados a conocer a través de los sentidos. Pero nos ponemos ante la Eucaristía y, como decía Santo Tomás de Aquino en sus himnos eucarísticos, parece que los sentidos nos engañan. Porque en la Hostia consagrada yo veo solo pan, no veo a Jesús; si me acerco y la huelo, huele a pan; si la toco, el tacto es de pan; si la como, sabe a pan; si la rompen, escucho el crujir del pan. Y los griegos se encuentran con una dificultad no menor. Ellos no buscaban el conocimiento a través de los signos. De hecho, San Pablo les hablará del gran signo que es la Resurrección como prueba de la divinidad de Jesucristo, y ellos se marcharán del Areópago riéndose en la misma cara de San Pablo. Ellos necesitaban argumentos racionales. Pero, ¿qué argumento puedes darle a una persona racional para que crea que Jesús está en la Eucaristía? 

Con todo, Jesucristo sabía perfectamente lo que estaba haciendo al instituir la Eucaristía. Sabía que la Eucaristía sería «escándalo para los judíos y necedad para los gentiles», como lo es para nosotros tantas veces, porque nosotros somos espiritualmente herederos del pueblo de Israel, y necesitamos signos; pero culturalmente somos herederos de los griegos, y queremos argumentos racionales.

Es cierto que, a lo largo de la historia, el Señor ha concedido en ocasiones «signos eucarísticos», es decir, milagros eucarísticos en los que nuestros sentidos han sido saciados. Y nos ha regalado teólogos que han tratado de profundizar en la presencia eucarística a través de su inteligencia. Pero realmente, el único camino para penetrar en el misterio eucarístico es la fe. Aunque esto no es un problema, porque la fe se la regala el Señor a todo el que se acerca a Él con deseos de encontrar la verdad, de conocerle y amarle, e incluso hasta cuando no tenemos esos deseos.

Santo Tomás de Aquino escribió: «Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza» (Cfr. Adorote devote). No es simplemente el oído físico. Es cierto que las palabras pronunciadas por el Señor entran en nosotros a través del sentido corporal del oído, pero inundan nuestro corazón con una luz sobrenatural que nos permite fiarnos por completo de la persona que está hablando. ¿Quién dice: «Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre»? Es Jesucristo, que ha demostrado que es Dios. Y yo le creo. Y creyendo en Él llego a un nivel de conocimiento que ni judíos ni griegos sospechaban, porque «la aceptación de la verdad revelada, ensancha el horizonte de nuestro conocimiento y nos permite llegar al misterio en el que está inmersa nuestra existencia» (Benedicto XVI. 28-6-2006).

Creer es mucho más que un «fiarse sin ver», que solemos decir. Benedicto XVI explica que «creer quiere decir abandonarse a Dios, poner en sus manos nuestro destino. Creer quiere decir entablar una relación muy personal con nuestro Creador y Redentor, en virtud del Espíritu Santo, y hacer que esta relación sea el fundamento de toda la vida» (Benedicto XVI. 28-6-2006). Creer que Jesucristo está realmente presente en la Eucaristía, me cambia la vida y transforma totalmente mi relación con Él. Aun cuando «duden los sentidos y entendimiento» (Cfr. Tantum ergo), el tiempo mejor gastado de nuestra vida es que pasamos en presencia de Jesús Sacramentado, porque —aunque yo no sienta nada y no comprenda nada— Jesucristo está actuando en mi alma. Y esto hasta el punto que, aunque nuestros sentidos no pueden demostrar que Jesús está en la Eucaristía y aunque nuestra inteligencia no es capaz de comprenderlo, sí que hay una forma experiencial de comprobar que Jesús está realmente presente en la Eucaristía. ¿Cuál? Es mucho más sencillo de lo que parece: pasar tiempo con Él. Sucede que, cuando una persona empieza a pasar tiempo delante de Jesús Eucaristía, y más aún cuando empieza a recibirlo con frecuencia, esa persona empieza a cambiar. Los que están a su alrededor lo notan enseguida y empiezan a preguntar: «Pero, ¿qué le pasa a este?». Pues pasa que está pasando tiempo con Jesús y así como una persona que se expone al sol, quiera o no quiera, se pone moreno, de la misma manera quien se pone ante Jesús Eucaristía experimenta su acción transformadora en el alma, su acción purificadora, su acción unitiva, hasta el punto de hacer de la presencia real de Cristo en la Eucaristía una evidencia que sí podemos comprobar.

Hay muchos panaderos en el mundo, que pasan mucho tiempo delante del pan y no por ello cambian, no se enamoran de Jesucristo, su vida no sufre ninguna transformación. ¿Por qué entonces, si una persona empieza a pasar tiempo ante el Pan Eucarístico, empieza a cambiar? Solo hay una respuesta posible, porque lo que parece pan ya no es pan, es Jesucristo, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.

Si acaso tenemos dudas sobre este punto, contemplemos a María Santísima porque «mirándola a Ella conocemos la fuerza trasformadora que tiene la Eucaristía» (EdE 62). San Juan Pablo II afirmaba «puesto que el Magnificat expresa la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el Misterio eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!» (EdE. 58). En la escuela de la mujer eucarística, vivamos del Cristo eucarístico, alimentémonos y dejémonos iluminar por Él (cfr. EdE 6).

Hna. Beatriz Liaño

Sierva del Hogar de la Madre

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