Sábado, 30 Abril 2016 00:00

Evolucionismo, creacionismo y diseño inteligente

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Se exponen las diferentes corrientes de pensamiento sobre el tema de la evolución de los seres vivos por selección natural y las claves para entender el absurdo del enfrentamiento con una teoría irrebatible, no necesariamente opuesta a la idea de un Dios Creador. 

Una vieja polémica
Es conocida la conmoción que produjeron las ideas evolutivas en la época en que Charles Darwin (1809-1882) las divulgó y defendió en su obra maestra “El Origen de las Especies”. La idea de un mundo cambiante parecía contradecir la creencia en una Creación tal como había llegado hasta los países occidentales de cultura y tradición judeo-cristiana. Un mundo creado directamente por un Creador, Dios, que no admitía interpretaciones distintas a las que se plasmaban de forma literal en el libro del Génesis. No obstante, la insaciable condena que hubo de sufrir la teoría de la evolución no pudo contrarrestar por mucho tiempo ni la convicción de los argumentos ni las evidencias de la acertada interpretación de la “selección natural” en que se basaba el darwinismo. Tampoco parecía justa la reprobación de la teoría de la evolución a priori por razones de creencia religiosa tal como la expuso Darwin, pues Darwin no negó nunca la existencia de un Creador, simplemente trató de explicar el método por el cual, cualquiera que fuese la procedencia de los seres vivos, éstos se habían diversificado de forma tan extraordinaria y asombrosa hasta llegar a la sorprendente diversidad de formas de vida actuales. El problema era que entre ellas se incluía el representante más digno, aquel que había sido creado a imagen y semejanza de Dios y que había de someter la tierra, dominar los peces del mar, las aves del cielo y todo animal que serpentea sobre la Tierra, según reza en el Capítulo 1 del relato bíblico del Génesis. Sin embargo, ya en su época hubo interpretaciones menos desfavorables y más acordes con una postura mantenida con insistencia por muchos científicos, como veremos más adelante. A este respecto, hemos de recordar al Cardenal católico inglés, de origen anglicano, John Henry Newman, que señaló ya en 1868 que "la teoría de Darwin, verdadera o no, no es necesariamente atea; al contrario, simplemente puede sugerir una idea más grande de la providencia y de la habilidad divina".

En cualquier caso, en muchas tradiciones religiosas se mantenía y se sigue manteniendo hoy la idea del “creacionismo”, como una corriente opuesta al “evolucionismo” y según la cual el Universo, la Tierra, la vida y la humanidad, fueron creados tal como han llegado hasta nuestros días, por alguna forma de intervención sobrenatural por un ser supremo, un Dios. Esta es la interpretación mantenida en algunos ámbitos excesivamente escépticos, y a mi juicio injustificadamente recelosos, con la ciencia en todo lo que suponga una visión minimamente distinta a la literalidad de la Biblia. En su versión más próxima a la cultura cristiana de la época en que expuso su famosa teoría Charles Darwin, el creacionismo defendía que el Universo había sido creado en seis días y que cada una de las especies biológicas sería el resultado de un acto particular de creación divina, interpretando de forma literal el capítulo 1º del Génesis. Hoy cuatro Estados de la unión americana, Minesota, Nuevo México, Ohio y Pensilvania mantienen en los planes de enseñanza oficial un análisis crítico de la teoría de la evolución, aunque sólo en términos generales. En Kansas se llega más lejos al incluir en la enseñanza pública puntos concretos que, según los nuevos creacionistas, revelan la debilidad de la teoría de la Evolución. Quienes sostenían y aún sostienen esta teoría usan la Biblia como libro de ciencia y por tanto confunden la verdad de la revelación cristiana, transmitida por medio de un determinado género literario, con la ciencia.

La creación y la evolución son cuestiones diferentes
Es necesario insistir en la necesidad de no confundir los ámbitos de explicación de los acontecimientos naturales y ceñirse a lo que explica la teoría de la evolución, desligándolo del marco más general o más amplio que puede plantear el origen del Universo, que aun hoy plantea un inmenso enigma para la ciencia. Por ello, lo primero que hay que señalar es que la creación y la evolución son asuntos diferentes. Que la evolución como  teoría científica no explica la creación del Universo, ni el origen de la Tierra, ni siquiera el origen de la vida, sino solo la variación de los seres vivos, la diversidad de la vida a lo largo del tiempo desde hace algo menos de 4.000 millones de años en que hizo su aparición sobre la Tierra el cenancestro, tras más de 10.000 millones de años de la etapa prebiótica.

San Agustín (354-430) afirmaba que  «Dios creó el mundo con el tiempo y no en el tiempo, de modo que Dios, eterno, queda  fuera del tiempo”. Algo que no puede rebatir la ciencia, pues en el modelo cosmológico, la ciencia corrobora que la materia, el espacio y el tiempo son indisociables y que con la explosión primordial surgió todo, se originó el Universo, el espacio y el tiempo. Dicho lo anterior es preciso señalar que la teoría de la evolución tiene su parcela en el último tercio del tiempo transcurrido desde la creación del Universo y por lo tanto no se plantea cómo debió ocurrir el origen de la materia, ni siquiera el origen de la vida. El tiempo forma parte inseparable de la historia del Universo y nace justo con la creación, mientras que la evolución de los seres vivos es algo que, hasta donde sabemos, tiene lugar solo en nuestro planeta tras una larga etapa prebiótica. De este modo, la creación y la evolución son dos fenómenos diferentes separados en el tiempo. No hay porque extender la explicación causal del origen y la variación de los seres vivos a etapas anteriores, ni tampoco negar la posibilidad de llegar a conocer algún día qué debió suceder hasta llegar al origen de los seres vivos. Algo que es compatible con una profunda transformación desde moléculas sencillas, aunque sorprenda el cúmulo de acontecimientos que debieron ocurrir en un corto periodo de tiempo de unos cientos de millones de años, desde que se consolidó la corteza terrestre, aproximadamente hace 4.400 millones de años. 

Un hecho a tener en cuenta es que si bien la teoría de la evolución no abarca aspectos propios de la explicación causal del origen de la materia o del espacio, adquiere todo su realismo y hasta su sentido, como prolongación de dichos acontecimientos extraordinarios. Es evidente que aunque la teoría de la evolución no se refiere a los acontecimientos anteriores a los seres vivos, éstos son herederos y consecuencia del mismo impulso creador que tendría su origen en la gigantesca explosión conocida como “big-bang”. La aparición de los primeros seres vivos se entiende hoy como el fruto de unas transformaciones sorprendentes de la materia inorgánica, como algo procedente del mismo envite creador, consecuencia del dinamismo y de las propiedades con que surgió la materia.

El principio de demarcación y la neutralidad de la ciencia 
En realidad, no existe contradicción en los ámbitos específicos y distintos con los que la teología y la ciencia explican el misterio de la creación de la materia, el Universo y la vida. Aquella nos revela la causa, ésta nos describe el cómo. De este modo, dos de las cualidades inherentes al ser humano, el sentido de trascendencia y la búsqueda de una explicación por medio de la razón, encuentran satisfacción complementaria en el esclarecimiento de la creación. Nuestro sentido de la trascendencia nos lleva a admitir una intervención sobrenatural en la creación, mientras que la ciencia explica que en el origen de todo hubo una gran explosión seguida de la expansión de las partículas subatómicas, la formación de los átomos, el enfriamiento de las masas gaseosas y la condensación en miríadas de astros, en uno de los cuales, en un pequeño planeta de un suburbio del inmenso espacio nos encontramos nosotros, producto final de una extraordinaria y complejísima cadena de sucesos.

Por otra parte, la teoría de la evolución, como todas las teorías científicas, es completamente neutra en lo que concierne al pensamiento religioso. No surgió para oponerse a una idea de trascendencia sino para explicar un fenómeno natural como es el de la diversidad espacio-temporal de los seres vivos. Es curioso constatar que en el momento actual vivimos un cierto reencuentro por parte de muchos científicos con la religión, y que este reencuentro se da más entre los físicos, particularmente los físicos teóricos, que entre los biólogos moleculares. Tal vez por el reconocimiento en un poder infinitamente superior en el origen de la materia y del Universo, del que puede explicar la aparición de la vida y su diversificación a base de modificaciones graduales de los genes y los genomas. De este modo, el físico se enfrentaría al enigma del paso de la nada al todo, mientras que el biólogo molecular ha adquirido una posición de poder manipulador sobre una naturaleza que nos ha revelado los secretos de su plasticidad.

Lo cierto es que en el ámbito de análisis de la realidad del Universo, el mundo y la vida, la metodología utilizada para comprender su origen es diferente para la ciencia, la filosofía y la teología, aunque todos persigan el mismo fin y traten de comprender el sentido de la existencia. De esta manera queda reivindicado el principio de demarcación, que establece los ámbitos específicos de actuación de todas las ciencias, que en el caso de las positivas no admite ningún modo de pensamiento que se aparte de la experimentación, pero que llevado a su extremo de negar cualquier otra realidad supone caer en el Cientificismo, que al darle la espalda a la filosofía y la teología renuncia a la legítima y necesaria búsqueda de explicaciones de todo aquello que hoy no sabemos y la ciencia no es capaz de explicar.

Pruebas experimentales de la evolución
En cualquier caso, la Biología como ciencia ha alcanzado un nivel de elucidación causal, en lo que a la explicación de los seres vivos como entes que evolucionan se refiere, muy superior al de la Física en relación con el origen de la materia o del cosmos. La teoría de la evolución, explicada, confirmada y admitida por las aportaciones de la Genética a lo largo del último siglo es, desde el punto de vista científico, irrebatible. Los distintos elementos necesarios para entender la teoría de la evolución por selección natural han sido ya sobradamente demostrados por las contribuciones de la genética, la biología molecular y la biología del desarrollo. Así, han quedado demostrados la flexibilidad de los genomas y los mecanismos que contribuyen a aumentar la diversidad de los seres vivos, como la mutación, el intercambio genético por medio de la transferencia horizontal y la recombinación, seguida de la selección natural, que opera cribando las poblaciones en el sentido de dar mayor oportunidad reproductiva a los individuos portadores de las mejores combinaciones genéticas. Estos mecanismos considerados independientemente son universales, con las variantes propias de los distintos sistemas de organización biológica y coincidentes en su conjunto, sobre todo porque todos los seres vivos comparten un mismo tipo de moléculas informativas, el ADN, un código genético universal y unos mecanismos de variación y expresión genética comunes, que no dejan lugar a dudas sobre el origen monofilético de la vida. La evolución lo inunda todo y lo explica todo, como señalaba el Profesor Theodosius Dobzhanski (1900-1975), Profesor de Genética en la Universidad de California, Davis, considerado el fundador de la Genética evolutiva experimental y autor entre otras de un importante ensayo titulado La Genética y el Origen de las especies, cuando afirmaba que “todo en biología tiene sentido a la luz de la evolución”.

Algunas veces se argumenta que la evolución no es más que una teoría incapaz de ser demostrada experimentalmente. Este argumento se aplica por igual para los fenómenos de variación de una especie con el tiempo, la transformación de un ser vivo en otro diferente o la diversificación y aparición de nuevas especies. Paradójicamente, quienes piensan así para aferrarse a un creacionismo radical inconscientemente están cayendo en una corriente totalmente opuesta, el “cientificismo”, al asentar dogmáticamente que la única verdad aceptable es la que se puede constatar en el campo científico. Sin embargo, tanto la transformación de las especies como la aparición de una especie han sido explicadas experimentalmente de forma reiterada a una escala temporal, constatada en el laboratorio o en la propia naturaleza. Antes de continuar, convendría precisar el significado del término evolución, que se puede definir como una transformación de las poblaciones o las especies con el tiempo. De este modo, las pruebas experimentales exigidas se han de referir a la posibilidad de apreciar cambios genéticos en las poblaciones o en las especies a lo largo de las generaciones, de forma tal que puedan ser apreciadas por el hombre. Pues bien, las revistas de Genética publican anualmente miles de trabajos que demuestran la flexibilidad de los genomas y la respuesta a la selección, bien sea natural o artificial de cientos de poblaciones de plantas, animales o microbios bajo análisis experimental. 

Pensemos en la síntesis de una nueva especie vegetal, obtenida por cruzamiento entre especies más o menos distantes, seguida de la duplicación cromosómica para regularizar la fertilidad. Ahí están las obtenciones de los trigos sintéticos, el triticale, el algodón sintético, las brasicas y muchas otras formas inexistentes en la naturaleza y creadas en pocas generaciones por las manos de los mejoradores de plantas a imitación del mecanismo de la aloploidía, que ha enriquecido de forma extraordinaria la evolución de las plantas superiores. Si deseamos algo más natural, tenemos una evidencia clara en las modificaciones que se aprecian en las poblaciones de las plagas de insectos, que llegan a hacerse resistentes a insecticidas o pesticidas tras el uso reiterado de estos agentes sobre la población, como consecuencia de una selección natural a favor de los genotipos resistentes. Pensemos del mismo modo en la respuesta a la selección artificial que explica las transformaciones de los animales salvajes y las plantas silvestres hasta su constitución en especies domésticas. En el mundo de los microorganismos es bien conocida la aparición de nuevas cepas de bacterias en los hospitales, tras la utilización masiva de determinados antibióticos, lo que provoca una selección natural de las formas genéticamente resistentes, o la rápida aparición de cepas de virus patógenos, como el virus HIV causante del SIDA, a partir de unas cepas no virulentas en apenas unas décadas.

Existen sobrados experimentos demostrativos de las consecuencias de la variación genética y la selección natural, seguida de diversificación, especiación o extinción de especies o poblaciones. Si todos estos cambios obedecen a la selección natural y somos capaces de apreciarlos en un período tan corto de tiempo, además de tratarse de evidencias reales de la evolución ¿quién puede negar la existencia de modificaciones evolutivas más profundas a más largo plazo?. Aquí tampoco cabe dudar, dada la evidencia de los cambios de formas de los seres vivos que se aprecian en el registro fósil. Por ejemplo, los fósiles del Pleistoceno demuestran que la distribución geográfica de muchos animales derivó como respuesta a las etapas glaciales e interglaciares, y hoy constatamos efectos semejantes en la distribución de especies de plantas y animales a nuestra escala temporal, en muchas ocasiones como consecuencia de los cambios ecológicos y climáticos producto de la influencia humana. En resumen, la certeza de la teoría de la evolución es tan axiomática como el cambio de los sistemas estelares, la aparición y desaparición de estrellas y planetas, o las modificaciones de las condiciones ambientales de las que tanto depende precisamente la aparición de la vida y la biodiversidad.

El Génesis no se opone a la teoría de la evolución, la teoría de la evolución no es contraria al Génesis
Para quienes encuentran un punto de dificultad en la admisión de la teoría evolutiva por razones religiosas, y más en particular en el contexto de la tradición cristiana, hay que señalar que el Génesis no debe suponer una dificultad, ya que el relato bíblico no es un libro de ciencia, ni expone una relación científicamente exacta de los hechos cronológicos de la Creación del mundo, ciertamente no de forma súbita ni simultánea para todos los seres, sino de manera ordenada y sucesiva hasta llegar al hombre.. Se trata de un relato sobre el origen de todo basado en la Revelación divina, adaptado en cuanto a la expresión literaria a la forma de pensar de la época en que fue escrita. El Profesor de teología de la Universidad de Munich Romano Guardini (1885–1968), en su obra póstuma, recogida a finales de los años sesenta, expresaba lo siguiente sobre el Génesis: “No podemos tomarlo como texto científico al estilo de los que presentan nuestros manuales y tratados. Lo cual no significa que sean algo fantástico o arbitrario. Sería un esfuerzo vano, si como era habitual hace unos decenios, se quisiera armonizar las distintas ideas de los relatos de la creación con los resultados de la ciencia natural de cada época….”

Dejando por sentado el respeto debido a los avances científicos en materia de evolución, es necesario añadir que también debe ser respetado el derecho a la duda en aquellas cuestiones que la ciencia no ha llegado a resolver experimentalmente. En este sentido hay que reconocer que sigue siendo un misterio insondable el origen de la materia que está en la base de la comprensión de todo cuanto nos envuelve. La ciencia es demostrativa no intuitiva. Su campo de aplicación es el del estudio de los fenómenos naturales y dado que hay fenómenos naturales que por ahora se escapan a la experimentación o a la demostración empírica, no se puede ni se debe entrar en polémicas sobre cualquier idea que trate de dar una explicación, incluso sobrenatural, simplemente porque se aparta del método de análisis habitual de la ciencia. Deben cuando menos respetarse las ideas que traten de explicar cualquier fenómeno de la naturaleza que permanezca científicamente inexplicado, sencillamente porque la cualidad más genuina del ser humano, la razón, le induce a buscar respuestas a todo lo que le obsesiona. Es por tanto fundamental señalar que los descubrimientos científicos no han de ser desatendidos o ignorados por quienes mantienen a ultranza una lógica de trascendencia de la existencia de cuanto nos rodea, del mismo modo que no es propio de la ciencia despreciar o ignorar cualquier idea que escape a su ámbito de actividad, al menos hasta que no se demuestre lo contrario. 

Sorprende por lo tanto el hecho del enfrentamiento del creacionismo y el evolucionismo como dos corrientes incompatibles, cuando en el fondo ambas se refieren a fenómenos diferentes y en cierto modo se complementan en la visión del mundo del hombre actual. El punto inexplicado por la ciencia no es el de la capacidad de modificación y aun complicación de las formas de vida, sino de la procedencia de todo, y ahí es donde encuentra su sentido la creencia en un Dios creador. A esto se refería Isaac Newton (1642-1727) cuando afirmaba: "El conjunto del  Universo no podría nacer sin el proyecto de un ser inteligente".

En resumen, en cualquiera de las vertientes de la actividad intelectual humana, deben quedar al margen los prejuicios y ha de haber voluntad de analizar y en su caso, acomodar el pensamiento a las verdades que nos ayudan a comprender el mundo que nos rodea. Muchos científicos y grandes pensadores han adecuado su fe en un Dios creador a la evidencia de la evolución y de los grandes descubrimientos sobre la diversidad y complejidad de los seres vivos. Este es también mi punto de vista. No tenemos porque negar la existencia de un Dios creador de todo lo que nos rodea y nos maravilla, sino maravillarnos de que lo que nos rodea es precisamente el fruto del impulso creador y la capacidad de evolución con el que Dios lo creó todo desde el principio de los tiempos. Es a lo que se refería el Cardenal John Henry Newman, contemporáneo del propio Darwin. ¿Por qué ha de haber incompatibilidad entre dos realidades como la creación y la capacidad de evolución de aquello que fue creado?. La aparición del Universo, la Tierra, la vida y el hombre son realidades tangibles e incuestionables, aunque el origen de todo no haya sido explicado científicamente. La evolución de la naturaleza es una realidad irrefutable aunque contradiga la literalidad de un texto que en ningún modo trata de ser un tratado científico. 

En mi opinión, no tiene sentido expresar dudas sobre la capacidad de variación genética de las formas de vida, que es lo que llamamos evolución, que queda perfectamente explicado con los grandes avances de la Biología del siglo XX, solo porque no somos capaces de dominar una teoría científica semejante para explicar el origen del Universo. Es más si nos maravillamos con el orden de la Naturaleza, que hemos ido desvelando, es porque la razón última del origen de todo queda oculto a lo que somos capaces de entender y ante esta situación, sigue siendo perfectamente válida una concepción que trasciende la ciencia.  

La Ciencia sin Religión es coja y la Religión sin Ciencia es ciega
El gran físico cuántico  Werner Heisenberg (1901-1976), premio Nobel por su aportación en los avances de la mecánica cuántica, afirmaba "Creo en Dios y que de Él viene todo. Las partículas atómicas gozan de un orden tal que tiene que haber sido impuesto por alguien. La teoría del mundo creado es más probable que la contraria desde el punto de vista de la Ciencias Naturales. La mayor parte de los hombres de Ciencia  que yo conozco ha logrado llegar a Dios". Del mismo modo, otro de los fundadores de la moderna física, premio Nobel por sus aportaciones en el campo de la mecánica cuántica, Max Planck (1858-1947) participaba de una opinión parecida: "No se da contradicción alguna entre Religión y Ciencias Naturales; ambas son perfectamente compatibles entre sí". En la misma línea de pensamiento se sitúa Albert Einstein (1879-1955), el más importante físico teórico, también galardonado con el Nobel por haber dado una explicación satisfactoria a la existencia del Universo a gran escala con su teoría de la relatividad. Einstein afirmaba que "la Ciencia sin Religión es coja y la Religión sin Ciencia es ciega. Me basta reflexionar sobre la maravillosa estructura del Universo y tratar humildemente de penetrar siquiera una parte infinitesimal de la sabiduría que se manifiesta en la Naturaleza para concluir que Dios no juega a los dados. El científico ha de ser un hombre profundamente religioso". 

El elenco de físicos que comparten opinión con los indicados es innumerable, por lo que baste con los citados para revelar lo que podría ser una postura más generalizada de lo que algunos pretenden. Pero dado que los ejemplos señalados corresponden a una época que podría considerarse obsoleta o superada, debemos señalar que todo cuanto aquellos autores descubrieron a principios del siglo XX sigue vigente a comienzos del XXI y que no hay ningún dato nuevo que añadir a los fundamentos científicos en que basaban sus afirmaciones en materia de fe en un Dios creador.

El diseño inteligente se opone a la selección natural
En su versión moderna, en las últimas décadas el creacionismo ha recibido un nuevo ropaje de apariencia científica, dando paso a la teoría del “diseño inteligente”, según la cual el diseño universal, las leyes cósmicas, son tan precisas, perfectas y puntuales que prácticamente resulta imposible que se hubiera formado todo lo existente por puro azar o casualidad. Esta corriente se resume en la pregunta ¿para qué tanta precisión para algo sin propósito ni finalidad?. Algunos científicos actuales, con los datos de la física, la cosmología, la biología o las matemáticas argumentan que lo más lógico es deducir que tuvo que haber un Alguien, un Diseñador Inefable del Universo detrás de toda esta inmensa realidad, que bosquejó de una manera tan inteligente su gran obra, que incluso contempló en el diseño la posibilidad de que después de miles de millones de años apareciese la vida y que de esa vida surgiera la vida inteligente, consciente de sí misma y capaz de conocer el Universo,

Probablemente no habría mucho que objetar a esta nueva corriente, próxima al creacionismo, sino fuese porque ha sido presentada como opuesta al evolucionismo, en aquello que precisamente constituye su elemento esencial, la selección natural que opera sobre la diversidad surgida por azar. Uno de los pioneros de la defensa del “Diseño Inteligente” fue el profesor de derecho de Berkeley Philip Johnson, que se oponía a la aceptación del darwinismo y proponía unas afirmaciones que realmente demostraban una falta de entendimiento de la teoría de la selección natural. Afirmaba que para el darwinismo está implícita la inexistencia de Dios, que la selección natural sólo es fruto del azar y de la casualidad y que el azar y la casualidad son incompatibles con el diseño de un Creador. En realidad, por las razones anteriormente expuestas, ninguna de estas suposiciones es consustancial al darwinismo, ni hay ninguna incoherencia entre la creencia en un Dios Creador del Universo y la selección natural. ¿Por qué no pudo Dios incluir en su diseño creador la selección natural?. Tal vez, porque para quienes sostienen a ultranza el diseño inteligente como una nueva versión de un creacionismo continuamente intervenido, la selección natural equivale a la negación de un Creador. 

Tal vez los dos científicos que más han contribuido a la divulgación del Diseño Inteligente han sido otros dos autores americanos, Michael Behe y William Dembski, que expusieron sus ideas en sendos ensayos publicados a finales de los años 90. Sus argumentos tratan de desmontar la insuficiencia de la selección natural para explicar la aparición de formas de vida tan aparentemente perfectas y complejas como las que observamos en la naturaleza, y sus demostraciones se basan en su propia experiencia como científicos de cierta reputación en los campos de la bioquímica y las matemáticas, pero también de la filosofía y la teología.

Independientemente de la profundidad de los argumentos de estos autores baste señalar aquí que no hay que sorprenderse de la capacidad de la selección natural para generar diseños tan perfectos como los que fundamentan la hipótesis del diseño inteligente. Por ejemplo, Dembski duda de la capacidad de la selección natural para diseñar un órgano tan perfecto como el ojo, que nos permite la visión. Sin embargo, hoy sabemos que los cambios graduales y sucesivos, seguidos de la selección de los más eficaces, son suficientes para explicar hasta el sistema visual más complejo, que por cierto ha surgido en líneas evolutivas tan diferentes como las que conducen a los insectos, los invertebrados marinos o los vertebrados, con diseños distintos. En contra de la opinión de un diseño inteligente en este órgano, o cualquier otro que pudiéramos escoger como ejemplo, llegaríamos a más de un absurdo. Así por ejemplo, sin ir más lejos, el ojo humano, el órgano de la visión del ser más perfecto de la naturaleza, no es ni con mucho el más perfecto, ni el que permite la mayor agudeza visual de cuantos encontramos entre los seres vivos. La ciencia de la genómica ha demostrado que el sentido del olfato de todos los mamíferos investigados cuenta con cerca de un centenar de genes a su servicio, que son los mismos, descendientes del ancestro común de todos ellos. Pues bien, más de la mitad de los genes que intervienen en nuestro olfato están atrofiados, mientras que en los primates más emparentados, la mayoría son perfectamente activos.  La explicación se encuentra precisamente en la mayor o menor dependencia y necesidad de una función como la olfatoria, lo que hace que la selección natural impida o permita la alteración de los genes que la soportan. En un artículo anterior traté el tema de la macroevolución y expliqué como la información genética puede generar estructuras complejas y eficaces en un tiempo relativamente corto de tiempo, utilizando la capacidad de crear nuevos genes con piezas de genes viejos, o produciendo variaciones temporales en la expresión de los genes. En resumen, la Genética y la Genómica están aportando pruebas de la capacidad de creación de nuevas ordenaciones morfogenéticas sobre las que operaría la selección natural para generar cualquier estructura de un organismo vivo, por complejo que nos parezca.

Lo cierto es que si se acepta el mecanismo evolutivo como la razón de ser de la biodiversidad y sí se acepta su veracidad desde la perspectiva de una creación con dicha capacidad, no se justifica el agnosticismo de muchos biólogos, al menos por razones estrictamente científicas. Por otra parte, la evolución neo-darwiniana no se considera un proceso  imprevisto de variación arbitraria, sino que se puede asumir en su devenir una direccionalidad, que sería a lo que se refiere el diseño inteligente con la salvedad de que quienes sostienen esta corriente niegan que se deba a selección natural. La ciencia simplemente constata la existencia de tal direccionalidad en la evolución de los órganos y de las especies y las explica por remodelación de genes y genomas en combinación con la selección natural, pero no se pronuncia sobre las razones de esta direccionalidad, ni presupone la necesidad de un diseñador, aunque tampoco puede negarlo, simplemente porque no está entre sus competencias.

No se puede dar apariencia de ciencia a la teoría del diseño inteligente, cuyos supuestos carecen de explicación empírica o experimental. No se puede negar algo de lo que existen evidencias científicas incuestionables, contrastadas y demostradas experimentalmente, simplemente por la carencia de comprensión de una serie de elementos causales. La idea de la trascendencia es algo a lo que los científicos nos podemos adherir sin cuestionar los mecanismos, o el método por el que el Creador, Dios, puede haber operado. Pero es que además, aquello que la ciencia no ha demostrado, lo que falta por conocer, la comprensión del tiempo necesario para llegar a donde estamos y todas las dudas que se nos plantean, deben inducir no a rechazar lo que sabemos, fruto de una inteligencia permitida por quien nos creó a su imagen y semejanza, sino a maravillarnos de su obra.

Para un cristiano es una buena noticia la Revelación divina plasmada en el libro del Génesis, que nos explica la Creación como una secuencia de acontecimientos que no debe entenderse en su expresión rigurosamente literal. También resulta gratificante  el pensar que la Iglesia Católica, tras las lógicas reticencias de una etapa de ciertas dudas entre los propios científicos, admite sin paliativos la evolución, A este respecto Juan Pablo II (1920-2005), apuntaló la compatibilidad entre la fe cristiana y la teoría de la evolución cuando en un mensaje dirigido en 1996 a la Academia Pontificia de las Ciencias, afirmaba que “la teoría de la evolución de las especies debería ser considerada en la actualidad como algo "más que una hipótesis", es decir, como una teoría válida siempre que no se haga de ella "una interpretación exclusivamente materialista".

En cuanto al campo de la Biología, me alineo a la opinión de muchos científicos que descubren cada día a Dios al profundizar en lo intrincado de sus investigaciones. Resulta reveladora al respecto la afirmación de Francis Collins, Director del Instituto Nacional de Investigación del Genoma Humano, en los Estados Unidos, Premio Príncipe de Asturias de la Investigación Científica en 2001 y principal investigador del Proyecto Genoma Humano, Collins confiesa su agnosticismo hasta los 27 años en su libro “El lenguaje de Dios” y como el descubrimiento del genoma humano le permitió vislumbrar el trabajo de Dios en la naturaleza. Afirma que cuando da un gran paso adelante en el avance científico es un momento de alegría intelectual; pero es también un momento donde siente la cercanía del Creador, en el sentido de estar percibiendo algo que ningún humano sabía antes, pero que Dios sí conocía desde siempre, por lo que opina que hay bases racionales para un Creador y que los descubrimientos científicos llevan al hombre más cerca de Dios, lo que le lleva a afirmar que "muchos científicos no saben lo que se pierden al no explorar sus sentimientos espirituales”… “Yo no conozco ningún conflicto irreconciliable entre el conocimiento científico sobre la evolución, y la idea de un Dios creador.

Para concluir me gustaría afirmar que en contra de quienes se aferran al llamado “diseño Inteligente” como incompatible o contrapuesto a la teoría de la “selección natural”,  cabe invitarles a reflexionar sobre dos puntos. En primer lugar, deben asumir que la selección natural es un hecho demostrado experimentalmente, bien asentado científicamente e incuestionable como explicación causal de la diversidad y la sucesión de formas de vida a lo largo de la historia de la vida en nuestro Planeta. En segundo lugar les invitaría a reflexionar sobre la siguiente cuestión ¿qué se opone desde la fe a admitir que Dios se valió de este medio natural para dar lugar a todas las criaturas, que podrían estar previstas en el propio plan divino del Creador desde antes del comienzo de los tiempos?, o como se pregunta Francis Collins ¿Por qué no pudo Dios utilizar los mecanismos evolucionistas para crear?”.

Publicado en www.bioeticaweb.com

Nicolás Jouve de la Barreda es Catedrático de Genética en la Universidad de Alcalá y Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó estudios de postgrado en Cambridge (Inglaterra) y como investigador invitado en la Universidad de Columbia (Missouri, EE.UU.). Imparte cursos de Genética en la Facultad de Medicina y de Genética Evolutiva en la Facultad de Biología. Su línea de investigación se enmarca en temas de genética, citogenética, mejora y biología molecular de especies cultivadas. Los resultados de su labor científica se resumen en la producción de más de 200 publicaciones, la mayoría en revistas internacionales de su especialidad, y en la dirección de 19 tesis doctorales.  Es consultor del «Consejo Pontificio para la Familia» desde Septiembre de 2009.