Sábado, 07 Mayo 2016 00:00

Entidad del embrión humano

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Los dos fenómenos biológicos a los que se va a referir este tema, el desarrollo embrionario y la macroevolución, han sido objeto de numerosas interpretaciones a la luz de los conocimientos que se han ido acumulando desde comienzos del siglo XX. La comprensión de estos fenómenos es importante, porque de ellos depende nada menos que una interpretación correcta de la teoría de la evolución, dejando a un lado especulaciones no científicas, y decisiones éticas concernientes al estatuto ontológico del embrión.

Los avances de la biología, y en particular de la genética molecular, la genómica y la genética del desarrollo, han aportado la evidencia suficiente para desvelar aquellos aspectos que planteaban dudas hace tan sólo unas décadas. Trataremos de aportar en este comentario las claves necesarias para la comprensión de los dos fenómenos indicados, señalando desde este momento que existe un nexo entre ambos. Por un lado, por la existencia de genes especiales reguladores de los cambios morfogenéticos que se observan a lo largo del desarrollo de una vida naciente, y por otro, porque estos mismos genes están implicados en los grandes cambios morfológicos que han dado lugar a la aparición, a veces en períodos evolutivos relativamente cortos, de formas de vida muy diferentes, que es a lo que se refiere la macroevolución.

La ciencia a favor de la vida desde el momento de la concepción

Es necesario abundar en las aportaciones de la Biología Celular y la Genética a la clarificación del concepto de vida que no es una cuestión de creencias, o de una u otra forma de pensar. En los últimos años se han acumulado pruebas científicas irrefutables de que la vida humana está ya presente en el embrión de una célula, el cigoto.

Desde la Biología Celular hay descubrimientos recientes que no dejan lugar a dudas. Así, el Dr. Richard Gardner, un embriólogo de la Universidad de Oxford (GB), publicó en 2001 en la revista Development unos experimentos basados en el seguimiento de unos marcadores físicos, unas gotitas de grasa, en embriones de ratones a partir del cigoto, que demostraban que desde la fecundación queda marcado el plano de desarrollo del individuo, que sin interrupción se desencadenará desde ese instante a partir de la primera división celular. De las dos células, una se erige en la determinante del desarrollo de las estructuras embrionarias y la otra, de su protección. A las mismas conclusiones llegó la Dra. Magdalena Zernicka-Goetz, que en su laboratorio del Wellcome/Cancer Research en Cambridge (GB), utilizó fluorocromos de distintos colores para seguir el desarrollo embrionario publicando, en ese mismo año en Development, unas demostrativas imágenes que no dejan lugar a dudas, sobre los diferentes papeles que ya tienen asignados las dos células hijas tras la primera segmentación del cigoto. La Dra. Zernicka-Goetz concluyó que “en la primera división celular ya existe una memoria de nuestra vida”. Ambos experimentos demuestran muy claramente que las células embrionarias se estructuran desde la primera división celular y que, desde el primer instante, queda definido el plano general del desarrollo del ser recién concebido. No es por tanto serio ni ético alimentar dudas al respecto del comienzo de la vida humana.

A mayor abundamiento, el 13 de mayo de 2004, en la prestigiosa revista Nature, se publicó un trabajo del Dr. Steven Krawetz y sus colaboradores de la Facultad de Medicina de Universidad del Estado de Wayne (EE.UU.), que demuestra la existencia de ARN-mensajero procedente del espermatozoide en ovocitos recién fecundados. El hallazgo de las moléculas de expresión de los genes de origen paterno, indica que la actividad genética tras la fecundación es inmediata y que en ella participan genes de ambos gametos, y no sólo del ovocito tal y como sostenía alguno.

Pero además, la mejor prueba de la existencia de vida propia en el embrión de una célula es la de que su identidad genética es igualmente propia, y que viene determinada por la nueva combinación de los genes que recibe de sus padres por la vía de los dos gametos que se acaban de unir. Es cierto que antes del embrión no podemos hablar de una nueva vida, pero es que antes que el embrión no hay más que gametos. El desarrollo de un ser humano tiene un comienzo, que es el momento de la fecundación, y un final, que es la muerte del individuo.

Controversia sobre el inicio de la vida humana

A pesar de las evidencias indicadas, en relación con el momento en el que se sitúa el comienzo de la vida humana, han surgido muy diversas opiniones que. aunque están basadas en principios científicos, no siempre estén relacionadas directamente con el desarrollo de una vida naciente.

De este modo, hay quien ha utilizado como argumento la “Ley fundamental biogenética”, emitida a mediados del siglo XIX por el evolucionista Ernst Haeckel (1834-1919). De acuerdo con esta ley, “las etapas del desarrollo del embrión, la ontogénesis, recapitulan la historia evolutiva, la filogénesis”. Quienes aplican esta ley, interpretan que el embrión recorre durante su desarrollo las diversas etapas de las formas animales inferiores a él antes de que llegue a su apariencia humana verdadera, lo cual es aceptable en lo que a la apariencia morfológica se refiere, y además incuestionable desde que Haeckel convirtió su teoría en ley, en la 9ª edición de su Historia de la Creación Natural, en 1866. Sin embargo, como se verá más adelante, las diferentes etapas del desarrollo de un ser humano, como de cualquier otra especie animal, no se pueden entender como una serie sucesiva de seres diferentes, sino como un proceso de modificación morfogenética de un mismo ser.

Resulta grotesca también la idea expuesta por Aristóteles en su libro De la generación de los animales, cuando decía: ”Primero está lo vivo, luego el animal, y por ultimo el hombre”. Esta tesis, como la anterior, no se sostiene hoy, habiendo sido superada por la evidencia biológica, que no concibe un cambio de individuo y menos aun de especie a lo largo de la embriogénesis. Del germen de una planta surge una planta, del cigoto de un gusano, surge un gusano, y del de un ser humano surge un ser humano. Es ridículo por lo tanto pretender la estratificación del desarrollo del ser humano y extrapolar lo que no son más que etapas diferenciales de su morfología a su condición de ser vivo perteneciente a diferentes especies. La Biología no aplica el concepto de especie en el ámbito de la edad, el aspecto morfológico o la etapa del desarrollo en que se encuentra un individuo, sino a conjuntos de individuos diferentes que comparten un acervo genético común, cuando tras alcanzar la madurez sexual no existen barreras de intercambio reproductor.

Lo que parece evidente es que la existencia de un ser vivo es algo que depende en su tipología y modo de vida de la información contenida en su genoma. Desde la perspectiva de la Genética actual, no se sostiene el hecho de que los cambios morfológicos, por muy drásticos y aparentes que sean en la morfogénesis del ser que se está desarrollando, se deban interpretar como una sucesión de seres, sino como las distintas etapas por las que atraviesa el desarrollo de un ser singular como consecuencia del cumplimiento de un programa de expresiones genéticas en espacio y tiempo, existente desde el momento de la concepción. La singularidad se basa en que la información genética contenida en los genes, que hacen posible la modificación o la aparición gradual de todas las estructuras del ser en crecimiento, es propia de cada individuo, con la única excepción de los gemelos monocigóticos. En suma, el desarrollo es dinámico, no consiste en una sucesión de formas. No consiste en unas estructuras que se disuelven y se transforman en otras nuevas y distintas, sino que estas se construyen sobre la base de las anteriormente existentes.

En términos sencillos el programa de desarrollo morfogenético está establecido en el ADN, que se constituyó en el momento de la concepción y del que se trasmiten réplicas exactas (salvo mutación espontánea) a todas las células de la vida naciente. Sí pasamos de una célula (cigoto) a billones de células (adulto), es importante reconocer que el individuo único y singular es el mismo siempre y en cada momento, y es el fruto de la suma de las células que lo constituyen, ya que todas contribuyen en el mismo grado, todas proceden de la división de las preexistentes, todas forman parte del mismo individuo y todas tienen la misma información genética, aunque se exprese de forma diferente en los distintos tejidos, órganos y sistemas a lo largo de la vida. Aunque todas las células contienen todos los genes, en cada célula sólo estarán activos aquellos genes cuya actividad es necesaria para atender un papel funcional específico (células nerviosas; musculares; hepáticas, etc.), para contribuir a un momento clave del desarrollo (diferenciación de células precursoras de ectodermo; formación del endodermo; diferenciación de tejido nervioso, etc.), o para hacer frente a una necesidad del organismo en relación con su entorno (células T del sistema inmunológico para atender una infección; proliferación de células sanguíneas, etc.).

El embrión: ¿ente biológico o entelequia filosófica?

En una primera aproximación, me atrevería a afirmar rotundamente que para la Biología un embrión es una realidad viva, es un ente vivo en las primeras etapas de su desarrollo. Sin embargo, en la cuestión que nos ocupa han aparecido enfoques no biológicos, que tratan el tema de la vida naciente desde una concepción más filosófica que científica. Así, el Prof. Diego Gracia centra el debate sobre el valor humano del embrión en desarrollo en el concepto filosófico de constitución y, dejando a un lado que el hilo conductor del desarrollo embrionario está dirigido por la información genética configurada en la concepción, se plantea cuándo el ser naciente tiene entidad constitutiva, es decir cuándo se le debe atribuir la realidad de ser humano. Como buen seguidor de Xavier Zubiri, el Dr. Gracia se plantea el momento en que a lo largo del desarrollo la estructura en crecimiento adquiere suficiencia constitucional de acuerdo con la terminología acuñada por el filósofo Xavier Zubiri, que señalaba que para que haya suficiencia constitucional debe haber sustantividad-,y Diego Gracia no reconoce en la información genética constituida en el momento de la fecundación la sustantividad necesaria para que exista suficiencia constitucional. La consecuencia de este tratamiento es que al no reconocerse la realidad humana hasta la octava semana, en el tránsito de la fase embrionaria a la fetal, todo el camino recorrido por el embrión hasta ese momento no merece la consideración de realidad humana, quedando de este modo justificada la negación de cualquier derecho a la entidad biológica naciente. De la misma opinión es el Prof. Pedro Lain Entralgo.

Mención aparte merece el genético Carlos Alonso Bedate, que niega la condición de ser humano al embrión antes de la octava semana, no sólo por carecer de sustantividad y suficiencia constitucional, sino además por “la dependencia del genoma del embrión del genoma de la madre, sin cuya dependencia devendrían molas hidatiformes”. A este respecto, hay que señalar puntos de discrepancia. Primero, creo inapropiado el uso del término genoma, pues el acento no debe ponerse en la información genética del individuo naciente, la misma desde la constitución del cigoto e idéntica antes, durante y después de la implantación, y más allá durante la etapa fetal, de adulto y hasta la muerte. El acento debería centrarse en la capacidad potencial del embrión para desarrollarse normalmente de no mediar una perturbación en su normal desarrollo, que por supuesto pasa por la implantación y protección en el seno materno.

En segundo lugar, había que precisar algo sobre la aparición de una mola hidatiforme. Para Suárez, una mola hidatiforme se produce como consecuencia de una aberración consistente en la fecundación de un ovocito por dos o más núcleos espermáticos, sin que lleguen a fusionarse los núcleos ni a constituirse un embrión zigótico viable. Los ovocitos así fecundados son incapaces de desarrollarse por lo que sensu stricto no llegan a ser embriones, al no constituirse como un ente vivo en su primera etapa de desarrollo. Es importante señalar la diferencia entre este tipo de embriones y los que fuesen portadores de anomalías cromosómicas, aunque la propia aberración indujera una merma de la viabilidad, como ocurre con cualquiera de las aberraciones cromosómicas responsables de cerca del 50% de los abortos espontáneos. Con más razón las que fuesen viables, como por ejemplo las que definen el síndrome de Down, debida a la trisomía del cromosoma 21, o el síndrome de Turner, caracterizado por una dotación incompleta de los cromosomas sexuales (45,X0), etc.

Lo cierto es que ni cualitativa ni cuantitativamente debe darse tanta importancia a la apariencia como a la información genética, una realidad presente e invariable desde el comienzo del desarrollo y de la que depende el aspecto morfológico y morfogenético de cada momento de la vida del ser humano. Las distintas formas del embrión, desde unas pocas células, a la mórula, el blastocisto que anida en el útero, la gástrula o el feto que sobreviene después, no son sino etapas sucesivas que a pesar del cambio de apariencia no representan una permuta cualitativa en el embrión que se está desarrollando, sino morfológica y cuantitativa, en lo que al tamaño y al aumento del número de células se refiere.

Es cierto que una vez que se ha efectuado la anidación, a partir de la tercera semana se produce la gastrulación y con ella la formación de las capas germinales primitivas de las que surgirán los primeros tejidos y órganos del organismo humano. Sin embargo, no es menos cierto que el momento de la anidación no supone ningún cambio en la esencia o en la existencia del embrión, ya que es este mismo el que sufre una transformación en relación con su entorno. Lo que ocurre a partir de esta etapa crucial para el desarrollo es que se acentúa la relación y dependencia entre el embrión y el ambiente materno, hasta el extremo de que un embrión no acogido en el ambiente materno se detiene y se colapsa en su desarrollo y muere. Como señala María Dolores Vila-Coro, “La anidación en el útero materno no añade ni quita nada a la nueva vida en sí misma; lo que hace es suministrarle las condiciones ambientales óptimas para su desarrollo”.

Al coincidir la manifestación de la forma humana con las etapas posteriores a la anidación del embrión en el útero materno, en su versión moderna, la hipótesis de la animación retardada, hace hincapié en la importancia de dicho momento, como fundamental para la aparición de la vida humana. Sin embargo, sí bien es cierto que el útero materno es necesario para que el embrión llegue a adulto, también lo es que el embrión, en cualquiera de las etapas de su desarrollo muestra su capacidad de modificación continua y no deja de pertenecer a la misma especie humana que el adulto que lo acoge. Por ello podemos afirmar que el embrión, antes de implantarse en el útero, es ya un ser humano.

El absurdo concepto de preembrión

Por otra parte, hay quien sostiene que la condición humana de la vida naciente depende de la individualidad del embrión. Es decir que no se ha de conceder la condición de vida humana a algo que no tiene garantizada la formación de un único individuo. Para los defensores de esta idea, en los primeros estadios del desarrollo embrionario, hasta la anidación, no se debería llamar ser humano al embrión, sino considerarlo como un conglomerado de células humanas. El fundamento es que antes de que se produzca la anidación, un ovocito fecundado puede derivar hacia más de un individuo (gemelación monocigótica) y en ocasiones, se puede producir un embrión por la fusión de dos embriones (quimera). Según estas observaciones, la individualidad del embrión no queda garantizada hasta la anidación. Por paradójico que resulte, esta cuestión fue planteada por un sacerdote católico salesiano, filósofo y teólogo australiano llamado Norman Ford, profesor de Ética en la Universidad de Melbourne, que planteaba el problema de la gemelación como dificultad fundamental para que exista un ser humano individual, al señalar que “la potencialidad de la división gemelar monocigótica es incompatible con el status personal”. Esta forma de pensar dio paso a la idea de la bióloga inglesa Jeanne McLaren, que estableció que hasta el 14º día después de la concepción no debe hablarse de embrión, sino de preembrión o proembrión.

Lo que podemos señalar brevemente es que en esta concepción se olvida de nuevo el significado de la identidad genética, elemento constitutivo determinante de la configuración de cada individuo. El Dr. Ward Kischer, profesor americano de Anatomía y Embriología Humana, miembro de la American Bioethics Advisory Comission y autor de un libro con el sugerente título de “Corruption of the Science of Human Embryology”, señala que el término preembrión es la “gran mentira de la embriología humana”. La realidad es que la gemelación es un suceso accidental que tiene una probabilidad inferior al 0,2%, que demuestra que la individualidad genética no implica indivisibilidad hasta la anidación. Algo en lo que abunda el filósofo francés Henry Bergson cuando señala que “para tener derecho a hablar de individualidad, no es necesario que el organismo no pueda escindirse en fragmentos viables. Basta con que ese organismo haya presentado cierta sistematización de partes antes de la fragmentación y que esa misma sistematización tienda a reproducirse en los fragmentos, una vez aislados”. Hay unidad metafísica, aunque no exista unidad numérica.

Contra quienes se apoyan en el falso concepto del preembrión para definir una etapa en la que el ser naciente no debiera ser considerado como una vida humana, habría que decirles que si como causa de este argumento deciden sacrificar un preembrión, lo que están sacrificando no sólo es una vida humana, sino potencialmente más de una.

En suma, el hilo conductor de la vida de cualquier ser es la información genética, y ésta no cambia desde la concepción hasta la muerte, lo que cambia es el repertorio de actividades genéticas en cada tipo de células o momento del desarrollo. En términos sencillos podemos decir que sí hay un continuum genético debe entenderse que también hay un continuum biológico.

Publicado en bioeticaweb.com. Para leer el artículo completo, pinche aquí.

Nicolás Jouve de la Barreda es Catedrático de Genética en la Universidad de Alcalá y Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó estudios de postgrado en Cambridge (Inglaterra) y como investigador invitado en la Universidad de Columbia (Missouri, EE.UU.). Imparte cursos de Genética en la Facultad de Medicina y de Genética Evolutiva en la Facultad de Biología. Su línea de investigación se enmarca en temas de genética, citogenética, mejora y biología molecular de especies cultivadas. Los resultados de su labor científica se resumen en la producción de más de 200 publicaciones, la mayoría en revistas internacionales de su especialidad, y en la dirección de 19 tesis doctorales.  Es consultor del «Consejo Pontificio para la Familia» desde Septiembre de 2009.