Martes, 08 Marzo 2022 00:00

Marquesinas peligrosas

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Soy murciano, y lo digo en el mejor sentido de la palabra; eso no me hace mejor ni peor que quien no lo sea; tan sólo me hace murciano. Esta profunda reflexión inicial viene a cuento de que vivo en un municipio de España (el séptimo por población, creo) en el que nuestra Corporación, siempre velando por nuestro bienestar, acaba de protegernos de un serio riesgo para nuestras cándidas mentes.

Las marquesinas de las paradas de autobús acogían mensajes en los que se incitaba a la oración ante los centros abortistas (sabrán disculpar que no les llame clínicas), y nuestro diligente Consistorio, en una curiosa intervención para poner a salvo a los murcianos de tan peligroso mensaje, instó-sugirió-ordenó a la empresa concesionaria de la publicidad de dichas marquesinas a retirar tales anuncios (Valencia y Vitoria también fueron “protegidas”), perniciosos para el páramo mental por  el que transitamos, felices con nuestro soma televisivo y twitero. Qué alivio, oiga.

A un individuo como yo, al que le ha gustado demasiado ir de malote en más de una ocasión, le hizo gracia leer un artículo de prensa hace unos años en el que se ponderaba el valor de la oración y se le etiquetaba como “lo más punkie” que se podía hacer a lo largo del día. Reconozco que comparar la iconoclasta imagen de los Sex Pistols tocando en el Támesis el God Save The Queen para eludir la prohibición de hacerlo en suelo británico, con la de un grupo de humildes monjitas entonando salmos en un adusto monasterio castellano no dejaba de resultarme surrealista.

Pero resulta que la realidad siempre supera a la ficción; y la prohibición de 1977 a Malcolm McLaren y a sus amigos de los collares de perro, que resultaba irrespetuosa a la sociedad británica que protegía así a su institución más sagrada, la Corona, me viene a la memoria cuando contemplo atónito como, en 2022, el elemento que va contra corriente, lo que es peligroso para la estabilidad social a día de hoy es el grupo de personas que osa de manera irrespetuosa oponerse a la verdad indiscutible de la forma más violenta: la oración (la abuelita de la Adoración Nocturna con su rosario en la mano tiene, sin duda, un puntito del Alex de La Naranja Mecánica). Efectivamente; han leído bien: la oración es la forma más drástica de hacer frente a la maldad viscosa que va inundando nuestras conciencias; la oración es la invocación, desde el reconocimiento de la más absoluta pequeñez e insignificancia humanas, al Único que puede hacer frente a ese mal que se retuerce, grotesco, para aparentar ser bien.

La humildad de la oración se hace insoportable a Satanás; se hace tan insoportable porque es el legado de María, el único ser humano que, desde la sumisión a la voluntad de Dios, aplasta la arrogancia y la soberbia de la vieja serpiente. El único ser humano que la ha derrotado. La oración es violenta para el que sabe de su efectividad, porque es el ejercicio de despojo de nuestra autosuficiencia para dejarnos hacer en manos del Creador.

Quienes me conocen saben que soy poco afín a teorías milenaristas, ni a poner fechas ni a ver signos del fin de los tiempos. Por eso mismo debo admitir que me genera cierta urticaria comprobar que ya, sin rodeos, vamos pasando, de considerar la oración algo propio de beatillas y de fundamentalistas exóticos, a los que se mira con cierta sonrillisa displicente, a proscribir, sin rodeos, la oración en público, y a considerarla una forma de “coacción y acoso” a las mujeres. Nada que ver, claro, con la “protección, apoyo y consuelo” que les proporcionan en estos santuarios de lo que llaman “salud reproductiva”. Matar está bien; rezar para que no se mate está mal. La mayor y más cruel violencia machista contra la mujer que supone asaltar su propio cuerpo para arrancarle al ser humano que lleva dentro es un avance en sus derechos y, por tanto, indiscutible; invertimos el orden moral y natural, y entramos en una cuesta abajo en la que nuestros caprichos, nuestra emotividad de Telecinco y nuestra nula capacidad de compromiso en todos los ámbitos marcan ese orden, y la oración es el único antídoto, la única esperanza de que no nos autodestruyamos.

Tienen razón: la oración es peligrosa.

«En España se practican cada año más de 99.000 abortos. El delito de los que rezan frente a los abortorios es querer salvar alguna vida».

marquesina
Escrito por: Joaquín Montesinos.

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