Sábado, 20 Febrero 2016 00:00

Transhumanismo

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En Enero de 2013 leíamos en Spiegel Life International un artículo de George Church “transhumanismo”, un Profesor experto en Biología Sintética de la Universidad de Harvard, que merece toda nuestra atención y nos debe alertar sobre las corrientes materialistas y transhumanistas que se avecinan.

Church es uno de esos investigadores que persiguen fantasías que ellos mismos se fabrican, que piensan que la ciencia lo puede todo y que no se han de establecer límites al quehacer científico. En su mente se fabulan una serie de ideas a cada cual más discutible, no solo por lo que podría considerarse desatinado, poco ético o peligroso, sino por algo más importante en la tarea de los investigadores, por no plantearse el por qué, el para qué y las consecuencias de sus investigaciones.

George Church habla de muchas cosas en la entrevista, entre ellas, el “transhumanismo” aunque aquí consideraremos solo algunas de ellas. De este modo, George Church, desvela sus proyectos de crear ADN sintético, resucitar especies extinguidas, crear especies y organismos nuevos en el laboratorio y producir seres humanos longevos e inmunes a enfermedades. Respecto a esto último, el deseo de inmortalidad es probablemente tan antiguo como la humanidad misma, o lo que es lo mismo, que la conciencia de la muerte. Lo nuevo, lo que propone Church y el resto de los llamados transhumanistas, es la aplicación de todos los recursos posibles para prolongar la vida y extender las capacidades físicas e intelectuales de los seres humanos, aunque no precisamente todos.

Una de las ideas de Church, es clonar un Neanderthal. Para ello piensa que dado que ya se pueden sintetizar genomas y clonar mamíferos –ahí está Dolly y los cientos de clones animales que la han sucedido- ¿por qué no recrear el genoma de nuestro pariente más próximo, extinguido hace unos 30.000 años? Church pretende producir unos 10.000 fragmentos del genoma del Neanderthal, ensamblarlos, colocarlos en el orden adecuado, introducirlos en una célula madre y producir un embrión para implantarlo en el útero de una mujer voluntaria «extremadamente aventurera», según sus propias palabras, para que el hipotético embarazo llegue a término. Sin embargo, por mucho que se empeñe Church y por muchos miles de dólares que se apliquen, hoy es técnicamente imposible sintetizar el genoma completo de un Neanderthal. Se trata de un genoma de unos 3.175 millones de bases nucleotídicas (tamaño semejante al humano), mientras que a lo más que se ha llegado en síntesis de genomas es a recrear el genoma del mencionado Mycoplasma, de tan solo 1 millón de bases nucleotídicas.

Lo cierto, es que ética al margen, en este momento es técnicamente irrealizable la síntesis de un cromosoma de un organismo superior, muchísimo más complejo que el de una bacteria, ya que además de ADN un cromosoma de una especie superior tiene muchas otras biomoléculas, entre las que se encuentran en primer lugar las proteínas. No es posible ensamblar en el orden adecuado los miles de fragmentos de ADN para reconstruir los hipotéticos 46 cromosomas -supuesto fuesen 46- ni de ahí fabricar una célula madre viable para la clonación que se pretende.

Pero además, el simple propósito de recrear una vida Neanderthal se saltaría todas las normas éticas habidas y por haber, entre ellas la prohibición de la clonación humana. Church no se plantea la dignidad de la criatura humana o del Neanderthal que de sus experimentos surgiese, ni la de la hipotética madre de alquiler que se prestase a un embarazo tan exótico como antinatural. Pero sobre todo, ¿por qué y para qué queremos un clon de Neanderthal? Lo más curioso es la respuesta que Church da a esta pregunta cuando explica que se trata de crear no uno solo, sino una cohorte de Neandertales, simplemente por curiosidad, para aprender de ellos, para saber cómo pensaban.

En el fondo, lo que hay detrás de este proyecto, es un materialismo exacerbado al suponer que en el ADN está la clave para llegar a saber qué les pasaba por la cabeza a unos seres extinguidos. Es como decir que un niño o un adulto humano, hacen cosas o piensan como consecuencia de los genes que tienen y solo por sus genes. Volvemos a lo mismo. No somos un paquete de genes. Los genes que están en el origen de toda vida humana, son importantes para que una persona desarrolle sus capacidades físicas e intelectuales, pero es el aprendizaje, el esfuerzo personal, el estudio y las influencias ambientales las que labrarán su personalidad, su forma de pensar y el comportamiento y la forma de estar y proceder en la vida. Al menos en el caso humano, es el ambiente el que hará que quien posea los mimbres genéticos adecuados llegue a ser un buen matemático, un gran escritor o un excelente artista, como resultado de un largo proceso de interacción del genotipo y el ambiente. ¿Va a regalar Church a sus clones un ambiente semejante al entorno en que vivieron sus ancestros para llegar a aprender cómo pensaban y por qué se extinguieron?

Ante la insistencia del entrevistador sobre los inconvenientes de su idea y la imposibilidad de llevarla a cabo por estar prohibida la clonación humana reproductiva en todos los países desarrollados, Church dice que para evitar los problemas legales habría que cambiar las leyes. Para mí que todo esto es de una ingenuidad sorprendente.

Habla de los seres vivos como si se tratase de máquinas, objetos mecánicos compuestos por piezas móviles que interactúan con la única diferencia de que son increíblemente complicados y precisos. Se trata sin duda de un enfoque reduccionista y radicalmente materialista. Pero además infundado y utópico. El más simple de los seres vivos que nos rodean, como por ejemplo una bacteria, tiene infinitamente más elementos materiales y mayor complejidad de funcionamiento y de interacción entre sus componentes que la máquina más perfecta y más compleja que haya creado el hombre, como un Boeing 747, el colisionador de hadrones o el superordenador más rápido del planeta.

Aunque pudiéramos crear información genética y diseñar un genoma hipotético que cubriese todas las funciones que deseáramos reunir en un organismo vivo ¿qué hacemos con él? Sería solo la información -los planos-, pero volveríamos a lo del Neanderthal… ¿cómo crear una célula con esa información?

Otra de las ideas de Church es potenciar la eugenesia, convencido del determinismo genético del ser humano al mejor estilo de Richard Dawkins, el biólogo y divulgador científico británico que nos decía aquello de que no somos más que máquinas transportadoras de genes en su conocido best seller «El gen egoísta». Ahora Church sostiene que se pueden crear niños a través de la tecnología de la clonación con el fin de crear mejores seres humanos.

Church, en su idílica imaginación va más allá “transhumanismo”, habla de que se puede cambiar el código genético y crear nuevas especies. Otra afirmación utópica y sorprendente. Aunque sepamos mucho sobre la evolución y el código genético ¿cómo vamos a suplantar algo que ha pasado por todos los filtros de la selección natural y que lleva existiendo 3.800 millones de años? Da la impresión de que a este visionario lo que le sobra es imaginación y exceso de fe en una ciencia sin límites. Por eso, llega a afirmar que los científicos están en mejor posición que nadie en el planeta, porque realmente pueden imaginar todas las diferentes escalas y toda la complejidad de lo que nos rodea. En mi opinión hay que ser más humilde.

Crear seres humanos inmunes frente a los virus es otra utopía que Church cree posible por medio de la modificación de los genomas y la ingeniería celular. Es verdad que la tecnología de la modificación genética de las células es ya una posibilidad, como lo demuestran las excelentes investigaciones del último Nobel de Medicina, Shinya Yamanaka. La reprogramación genética de las células con fines terapéuticos es una de las vías más prometedoras de las investigaciones biomédicas aplicadas a la medicina regenerativa. Mediante esta tecnología se podrán aumentar las defensas o hacer terapia génica para solucionar una enfermedad determinada en un individuo concreto, pero de ahí a pensar que se pueden crear seres humanos inmunes al virus del sida o cualquier otra patología infecciosa es ignorar que el genoma de los virus o de otros microorganismos patógenos es capaz de mutar a un ritmo aun mayor del que nos daría tiempo a introducir genes de resistencia en el genoma humano.

Además de todo lo anterior, hay que insistir en los aspectos materialistas y apearse de la falsa creencia del poder omnímodo de la ciencia “transhumanismo”. El problema efectivamente es que en el mundo actual, heredero de la ilustración y del modernismo, este tipo de mensajes arrastran a mucha gente y es ideal para las ideologías dualistas que nos reducen a pura materia y nos igualan a cualquier otra especie, aunque de forma contradictoria otorgan al hombre el poder de jugar a Dios.

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No es casualidad que la portada del último libro de este profesor de Harvard, «Regénesis», presente una imagen «deconstruida» del génesis de la capilla sixtina.  En el último capítulo de este libro afirma George Church que la biología sintética y el transhumanismo constituyen el futuro cercano de la humanidad.

Hemos hablado mucho de George Church, como un ejemplo de lo que pretenden los transhumanistas pero poco de esta corriente de pensamiento tecnológico. Es por tanto el momento de esbozar que es eso del «transhumanismo» y cual su trascendencia para el futuro de la humanidad. El transhumanismo se puede definir como la utilización de la tecnología para mejorar radicalmente a los seres humanos, como individuos, como sociedades, y como especie, así como pensar que hacerlo es bueno. Los transhumanistas aspiran a mejorar la condición humana por medio de un encadenamiento de tecnologías de lo que se ha dado en llamar «nano-cogno-bio-info»: nanotecnología, neurociencia, biotecnología y tecnologías del conocimiento o informáticas. No se trata, simplemente de mejorar la salud, eliminar las discapacidades o curar las enfermedades, sino de producir seres humanos más fuertes, más rápidos y atléticos, más inteligentes, modelando los cerebros para que retengan más información y se comuniquen directamente con las computadoras. Se incluyen en este conjunto de ideas la  creación de miembros artificiales o incluso cerebros.

En una reunión sobre transhumanismo celebrada en New York el mes pasado, la «Global Future 2045», se exhibían eslóganes tal como: «es un derecho humano. La gente tiene derecho a vivir y a no morir». Uno de los ponentes llegó a afirmar que: «la evolución inteligente autodirigida guiará la metamorfosis de la humanidad en una metainteligencia planetaria inmortal».

A pesar de que hoy en día los expertos ven posibles algunas actuaciones que pueden hacer posible esta pretensión, existe un vivo debate sobre los aspectos éticos. La ensoñación de los transhumanistas es lograr seres humanos que vivan más años, incluso eternamente y con mejor salud. Las ideas en sí no tendrían nada de objetables si no fuera por la visión materialista del ser humano que trasfunde todo el esquema tecnológico que promueven los transhumanistas y también por su imposibilidad de aplicación bajo el criterio de justicia, uno de los principios éticos básicos de las aplicaciones médicas que sostiene la Asociación Médica Mundial desde la Declaración de Helsinki de junio de 1964.

Los seguidores de esta corriente creen que lo que se requiere para gestionar el proceso es una aproximación interdisciplinar para ayudarnos en el entendimiento y en la evaluación de las posibilidades para vencer las limitaciones a través del progreso científico.Y aquí se introducen toda una serie de ideas al servicio de la causa transhumanista: inteligencia artificial, robótica, ingeniería genética, clonación, criogenización, nanotecnología, etc. ¿Y todo esto para conseguir qué? Los transhumanistas hablan de trascender las limitaciones corporales y mentales, hacer hombres inmortales, mitad máquinas mitad naturales con la idea de converger a lo que llaman un punto de singularidad. Todo esto es utópico y se reduce a una especie de nueva religión basada en la fe ciega a la aplicación sin límite de unas tecnologías.

Un ejemplo de esto lo ofrece la creación artificial de neuronas, aprobado por la Food and Drug Administration, de los EEUU  para usos clínicos por medio del reemplazamiento de neuronas dañadas por el mal de Parkinson. El dispositivo permite descargar programas directamente de un ordenador ex vivo al implante de células o dispositivos en el cuerpo. Por ahora, estos mecanismos se reservan para enfermos de Parkinson, pero en el futuro será más difícil distinguir entre lo que constituye una enfermedad y lo que es meramente una disminución de salud, o entre lo que es terapia y lo que se hiciera para potenciar una capacidad física o mental.

En el fondo todo lo que suponga una mejora de la salud, al alcance de todo el mundo y sin rebasar los límites éticos de una sociedad interdependiente no tiene porqué estar mal visto, ni considerarse contrario a la ética. Si así fuera nada de lo que supongan aplicaciones de la tecnología para solucionar problemas clínicos debería de ser objetables. El problema son los límites y las intenciones.

El problema es que los transhumanistas no se conforman con una simple expansión de métodos terapéuticos al servicio de una medicina social, sino que van más allá. En el argot de los transhumanistas está el término «cyborg», una especie de híbrido entre humano y máquina. Este término no se refiere a la simple aplicación de un sistema reparador de una disfunción, mediante un trasplante parcial o total de un órgano o de unas células troncales para solucionar una enfermedad degenerativa o la aplicación de una prótesis para corregir un problema dentario o de una articulación,  etc. Si esto fuera así diríamos que el 12% de la población actual de los países más desarrollados podrían ser considerados «cyborgs». Sin embargo, este término  no se limita a los marcapasos electrónicos, las prótesis artificiales, el implante de córneas artificiales, la piel artificial, el trasplante de riñón, etc. La extensión de la tecnología «cyborg» más allá de las aplicaciones al servicio de la salud.

De este modo, el«Proyecto Cyborg», creado por Kevin Warwick, un profesor de la universidad británica de Reading, trata de trascender al ser humano concreto al que se le aplica un dispositivo más o menos complejo. Es especialmente significativo el intento por manipular el sistema nervioso. La idea de Warwick es llegar a convertir a un individuo en un telépata o peor aún en un autómata mediante la creación de un interfaz externo, a modo de control remoto, mediante conexiones de electrodos a su sistema nervioso. Piensa que de este modo se podrían transferir las señales del organismo a mecanismos externos, como un brazo robótico u otros artilugios. Mediante este tipo de experimentos se trata de expandir los sentidos humanos, de modo que las personas sean capaces de potenciar sus capacidades auditivas, visuales o incluso mentales. Se piensa en la creación de criaturas mitad humanas y mitad máquinas, que es a lo que alude el término cyborg y que también define lo que se ha dado en llamar el «proyecto avatar».

Una de las ideas de este proyecto es trasladar la mente, la personalidad y la memoria de un ser humano a un robot, un androide o a un ordenador. Se trata de crear un modelo informático de la conciencia humana que permita transferir la consciencia de un individuo a un soporte informático. El propio George Church, junto a otro biólogo Ed Boyden, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, son los impulsores del proyecto BRAIN una de las iniciativas favoritas del Presidente Barack Obama, financiada con 100 millones de dólares. Nada que opinar a la investigación sobre el cerebro humano, sus capacidades, su funcionamiento, etc. pero ¿para qué queremos trasladar nuestra mente a una máquina?

Se nos dirá como es costumbre en estos temas frontera de la ciencia y la tecnología que para resolver problemas de salud… Pero, ¿qué problemas de salud de una mente enferma se pueden resolver fuera del ser natural en el que se aloja? ¿No es rigurosamente reduccionista pensar que nuestro cerebro se resume en un inmenso y complejo sistema de neuronas y señales eléctricas? ¿Cómo separar mente y cerebro, estando indisolublemente unidos como el cuerpo y el espíritu?

Aparte del reduccionismo y materialismo de todas estas iniciativas, lo que todo esto revela es una mercantilización del cuerpo humano “transhumanismo”. El transhumanismo supone una deshumanización que hará que por medio de la tecnología se capacite a unos cuantos seres seleccionados en función criterios espurios, en detrimento del resto de la humanidad. Todo esto del transhumanismo en el fondo es otro modo de crear castas, como la eugenesia para separar a unos seres humanos de otros.

Permítanme para terminar que lance una crítica a la falta de ética de todas estas ideas, que demuestran directamente una carencia de escrúpulos y respeto a la dignidad de las personas, y que señale mi total escepticismo con relación a las mismas. Aspirar a que mediante una combinación de estas tecnologías se lograran superar las capacidades humanas actuales y que surgirán seres humanos más longevos, resistentes a todo tipo de enfermedades y más inteligentes, o incluso una nueva especie «posthumana» como algunos pretenden es una utopía irrealizable. Se quiera o no somos seres mortales, con fecha de caducidad no determinada pero ineludible. Una caducidad que no es fruto solo del desgaste funcional por el deterioro celular, la acumulación de mutaciones o la modificación de la expresión génica u otras moléculas relacionadas con su actividad, sino de un ajuste fino e interactivo de miles de elementos que han seguido un proceso dinámico de selección natural a lo largo de 3.800 millones de años de evolución. Si bien a nivel individual se podrán lograr ciertas mejoras en el transhumanismo, aliviar una enfermedad, corregir una deficiencia, sortear la muerte por una causa conocida y tratable y hasta de este modo alargar la vida, lo que no es creíble es lograr la inmortalidad ni crear una nueva especie.

Donna Haraway, una de las fundadoras del transhumanismo, autora del manifiesto «cyborg», también habla de recrear una conciencia para cambiar hacia una ideología determinada. Ha propuesto la utilización de la interacción entre la mente y la máquina su utilización como una estrategia política en favor de los intereses del socialismo, el materialismo y el feminismo radical. Haraway, Church, Warwick, Boyden y otros dicen que el futuro de la humanidad serán los cyborgs. Sólo pensarlo produce escalofríos.

Parte de la conferencia de clausura del  XVIII “Congreso Internacional de Ciencia, humanismo y posthumanismos”, organizado por la Universidad Libre Internacional de las Américas (2013), en el que el profesor Jouve de la Barreda impartió la Conferencia “¿Es ética la manipulación y diseño genético del hombre? “

Publicado en www.bioeticaweb.com

Nicolás Jouve de la Barreda es Catedrático de Genética en la Universidad de Alcalá y Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó estudios de postgrado en Cambridge (Inglaterra) y como investigador invitado en la Universidad de Columbia (Missouri, EE.UU.). Imparte cursos de Genética en la Facultad de Medicina y de Genética Evolutiva en la Facultad de Biología. Su línea de investigación se enmarca en temas de genética, citogenética, mejora y biología molecular de especies cultivadas. Los resultados de su labor científica se resumen en la producción de más de 200 publicaciones, la mayoría en revistas internacionales de su especialidad, y en la dirección de 19 tesis doctorales.  Es consultor del «Consejo Pontificio para la Familia» desde Septiembre de 2009.