La fiesta del perdón y la misericordia

Homilía pronunciada el 10 de enero del 2003, viernes después de la Epifanía.

Queridos hermanos:

La Eucaristía: la gran fiesta.

Hoy es viernes día 10 de enero, y tal día como hoy Cristo nos hace una gran misericordia al convocarnos como comunidad de creyentes para celebrar esta Eucaristía. La Eucaristía es siempre algo nuevo, porque se hace presente de un modo misterioso, a través de signos, la realidad de un Dios que envía a su hijo a salvarnos y que muere derramando su sangre por nosotros.

Esta es la gran festividad de hoy. La gran fiesta a la que somos convocados con un amor inmenso por parte de nuestro Padre Dios. Frente a esta fiesta, todas las demás fiestas, que nos alegran ciertamente en lo natural, palidecen. 

El Señor viene a darnos la verdadera libertad

En el Evangelio de hoy hemos  oído al Señor en la sinagoga de Nazaret decirnos  que ha venido para dar la libertad a los oprimidos. E inmediatamente uno puede decir: ¿soy yo acaso un oprimido? 

Cuanta más oscuridad hay en el alma, menos ve. Y, porque no ve, no ve que está oprimida por el pecado. O está o ha estado o puede estarlo. El Señor viene a darnos la libertad, la verdadera libertad de los hijos de Dios, librándonos del peor de los males que puede ocurrirnos, el mal del pecado. El mundo del pecado es un mundo tenebroso, en el cual Satanás tiene un gran poder, porque es el príncipe de este mundo, mentiroso y padre de la mentira, homicida desde el principio porque su pretensión es dar muerte a la vida, que es la amistad con Dios. Por ello, es necesario el reconocimiento de nuestra dependencia con respecto de Dios y caer en la cuenta de que la felicidad solamente la podemos obtener en esta comunión con Dios, nuestro Padre. 

El príncipe de este mundo, a menudo trata y consigue sembrar la duda y la sospecha respecto de nuestro Padre Dios. Y, a veces, consigue que nosotros con maldad nos rebelemos contra Dios porque hacemos de nuestro propio gusto nuestras ideas, porque nos dejamos llevar por el placer o por los sentimientos más bajos de venganza, de odio y de envidia. Hacemos de ellos como una especie de ídolo, y entregamos nuestro ser a la satisfacción de lo que ellos nos dictan y de este modo caemos en un estado de encarcelamiento y de opresión que nos hace sufrir mucho. Vosotros sabéis, queridos hermanos, de estas luchas sordas que tenemos contra nuestros enemigos, los enemigos del alma: mundo, demonio y carne; de los que no siempre triunfamos. No triunfamos porque ponemos tantas veces el acento en nuestra capacidad, en nuestro poderío, en nuestra decisión, en nuestra voluntad. No obstante, cuando el alma pone ahí el acento, y pretende apoyarse en esto, obtiene una derrota segura porque sin la gracia de Dios no podemos nada. Porque sin Mí, decía Él, nada podéis hacer. Sin embargo, el hombre que se apoya en su hermano Cristo, Nuestro Señor, es como una ciudad fortificada. No puede el enemigo con esa alma que ha hecho de Dios su fuerza, su escudo, su protección.  

Santa Teresa de Jesús, ya lo hemos citado muchas veces, lo supo formular de un modo magnifico diciendo, "bien veo, Señor, lo pobre y débil que soy, más subida en esta atalaya, es decir, castillo, que sois vos, todo lo podré" He aquí porque hoy nosotros estamos de fiesta, porque el Señor sale a nuestro encuentro para darnos la libertad de los hijos de Dios. Él quiere que nosotros aceptemos que Él es nuestro Dios, que Él es nuestro Señor, que Él es nuestro escudo donde me pongo a salvo.

Acogiendo a Cristo nuestro Señor quedo fortalecido, y con esta fortaleza me meto en la refriega, me meto en la batalla. Pues sin la fortaleza que procede de Dios es insensato meterse en la batalla. Pero hay más, queramos o no queramos, estamos inmersos en una gran batalla donde solamente hay dos alternativas: triunfar con Cristo o gemir como esclavo bajo las “patas” del diablo. No hay otra alternativa. Por eso cuando hemos dicho que hoy es un día de gran alegría es porque nosotros sabemos que Cristo ha vencido, que Cristo es el triunfador. Anteriormente,  queridos hermanos, muchos de nosotros hemos llorado, sufrido como esclavos bajo el poder del diablo. Por ello, tenemos que prestar atención para no caer de nuevo en la vanidad del mundo, en la vanidad de las cosas de este mundo, quedándome en una apariencia de hombre importante. Sin embargo, puede esclavizarme, abriendo una pequeña rendija al mundo o bien mediante una desconfianza respecto al amor de Dios. Así, podemos venir a recaer otra vez en el temor, en el temor porque en vez de adherirme al amor de Dios que desplaza el temor, desconfiando del amor de Dios, recaigo en el temor del cual yo quería verme libre.

Confiar en el amor del Señor

La confianza en el Señor es una actitud importantísima: hacer del Señor mi escudo, saber que Él es un Dios perdonador, misericordiosísimo y clemente que nos ama inmensamente. Tanto es así, que envió a su Hijo Unigénito para que no se pierda ninguno de los que creen en Él. Nosotros hemos creído en Él, nosotros creemos en Él y con la gracia de Dios esperamos seguir creyendo hasta el último aliento de nuestra vida, y podamos decir: Dios mío y Señor mío, voy a ti al que siempre he buscado, amado y tanto deseado. Gran fiesta es hoy, el Señor nos invita a que vayamos al calvario, recojamos su sangre divina, nos limpiemos en su sangre místicamente, pero realmente, misteriosamente. 

Hagamos de la Palabra de Dios nuestra vida: “He venido para dar la libertad a los oprimidos”. Los remordimientos de la vida pasada no deben prevalecer frente a la inmensa potencia de la misericordia de Dios. Es en la confianza, en esta misericordia, donde podemos tener la seguridad de una vida nueva que nos trae el Señor y que es triunfadora también para mí. No hay por tanto que volver al pasado de tal modo que nos haga palidecer y ocultar el amor y la misericordia de Dios. Ese amor y esa misericordia deben prevalecer en nuestra relación con Dios de tal modo que sí nos apena el remordimiento de nuestra vida pasada, nos llene de alegría la seguridad de que Dios me ama. Me ama porque si fuera de otro modo yo no estaría aquí, estaría aprisionada y oprimida bajo el peso de todos mis pecados. Pero la prueba de que Dios me ama es que estoy aquí, alabándole, escuchándole, amándole y entregándome y ofreciéndome también con Él por toda la Iglesia. En este amor y en esta misericordia nuestra alma descansa, y el Señor hace de ella el lugar donde puede construir con seguridad una vida nueva. Como Él mismo dice "Mira que hago nuevas todas las cosas, mira que estoy renovándote interiormente, mira que estoy construyéndote como una criatura nueva, eras una leprosa, ya eres una mujer sana, confía, tus pecados te son perdonados”. 

Esta es la gran fiesta, la fiesta del perdón y de la misericordia, la fiesta de un Dios que sale a nuestro encuentro y se hace hombre para que recibiéndole a Él, nosotros quedemos sobrenaturalizados, ensalzados y sobre exaltados por encima de toda medida, por encima de todo pensamiento. Entendemos, entonces, la exclamación que los apóstoles ante el requerimiento del Señor: ¡también vosotros me vais a dejar!; y después del sermón del pan de vida, ellos dijeron: Señor, ¿a dónde iríamos si solamente tú tienes palabras de vida eterna? Nosotros sabemos y hemos creído que Tú eres el Santo de Dios. 

De la misma manera, queridos hermanos, nosotros decimos lo mismo: Señor, ¿a dónde iría. “Tú tienes palabras de vida eterna".Esa palabra que es predicada en la Iglesia, que es custodiada por la Iglesia, que es enseñada por la Iglesia, explicada por la Iglesia. Por esta razón, nosotros hoy más que nunca nos sentimos Iglesia Santa de Dios, hombres obedientes, a todo el misterio revelado por Él, custodiado, proclamado, y explicado en la Iglesia.

¡Cuánta alegría tenemos hoy, queridos hermanos, al asistir a esta fiesta espiritual! No es una fiesta cualquiera, no es una fiesta pagana o natural, es una fiesta sobrenatural donde nosotros participamos de un misterio de muerte y de vida. Tenemos que morir para que podamos vivir, tenemos que morir a nuestro propio yo, a nuestro amor propio, para que en nosotros se refleje con mayor perfección el amor de Dios. Acudamos a esta fiesta, mirando también a la Virgen Santísima, nuestra Madre.

Fue allí en Nazaret  donde Jesús entró para decir que había venido a dar la libertad los oprimidos y, sin duda alguna que la Virgen Santísima estaría allí en la sinagoga. Allí, ella estaría también orando para que el plan de Dios, que se manifiesta a través de su Hijo, verdadero Dios y verdadero Hombre, se realice también en el mundo.

Nos acercamos cogidos de la mano de ella. Entramos en esa sinagoga, oímos las palabras de la boca de Jesús, la miramos a ella y le decimos que interceda por nosotros, para que siempre conservemos la libertad de los hijos de Dios, para que nosotros aceptemos a Jesucristo como nuestro Señor, como nuestro libertador. Que así sea.

P. Rafael Alonso Reymundo

Mi blog "Dios no se duerme nunca" 

Soy sacerdote. Catedrático jubilado de Instituto en la especialidad de Geografía e Historia, con 26 años de docencia. Predico ejercicios espirituales, retiros,… Y organizo peregrinaciones a centros marianos. He practicado el montañismo y de niño me gustaba leer los tebeos de "Roberto Alcázar y Pedrín", jugar al fútbol y la natación. Mis dos vocaciones frustradas son la de médico cirujano y payaso. Ahora cultivo en una huerta en mis tiempos libres que no son muchos. He hecho programas de TV y radio. Me conocen por "el padre amigo de Teo" (de "¡Buenas noches, Teo!"). Disfruto reflexionando sobre temas trascendentes con otros. Me gusta ver a las gentes unidas a Dios, porque son felices.

El Padre Rafael Alonso Reymundo es autor, editor y responsable del Blog Dios no se duerme nunca, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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