Los buenos libros

Todos sabemos que leer nos hace bien, y exigimos a los maestros de nuestros hijos que les enseñen a leer, que les den libros para casa, que lean en la escuela, etc., etc.

Pero la verdad es que el saber leer debe estar ordenado a un fin superior, y no podemos hacer de la lectura o del bien leer un fin en sí mismo. En otras palabras, no vale leer cualquier cosa. No es bueno leer cualquier cosa, ya que un excelente desarrollo mental que produce el hábito de la lectura, perfectamente puede ir de la mano con una vida moral muy débil o una vida espiritual inexistente.

Si somos conscientes del fin último del hombre en esta vida, todo, en mayor o menor medida, debe ir ordenado a ese fin, y no es el desarrollo intelectual, del que conforma una parte destacada la lectura, una excepción a esta regla.

Un amigo, ante el frenesí del conocimiento de la lengua inglesa en las escuelas, me decía irónicamente: “Cuando muramos, cara a cara con Cristo en el Juicio particular, no nos preguntará nuestro Señor en qué nivel de inglés estamos”. Con este comentario no me decía que no estudiáramos inglés en las escuelas, sino que debía ordenarse el conocimiento de esta lengua al fin último del hombre. Asimismo podemos decir de la lectura y de cualquier otra habilidad o desarrollo por más noble que este sea: “de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma” (Mt 16, 26 y Mc 8, 36). Podemos aplicar esta regla, máxima o súplica que nos hace Cristo no sólo a la conquista de los bienes materiales, sino a los inmateriales, tanto externos como internos. De qué nos vale llegar a un desarrollo físico, intelectual e incluso moral, tener fama y prestigio mundial si a fin de cuentas, no nos ayudó a llegar a nuestra Buena Meta.

Es por ello que los padres deben estar atentos a que la “comida intelectual” sea la debida, para lo cual podemos dar una serie de indicaciones que es sólo un complemento de las que cada uno ya ha elaborado o puede elaborar:

- Que no sea escasa: siempre hay motivos para no leer. La lectura requiere muchísimo más esfuerzo del que creemos. Me refiero a la buena lectura, a la buena acción de leer, específicamente hablando. Ya que la concentración y el compromiso personal es total. Voy percibiendo, reconociendo, comprendiendo y a edades tempranas conociendo también. Cuántas palabras nuevas se cruzarán en los libros de nuestros niños y si no ayudamos, esto supondrá un nuevo impedimento para que adquieran el hábito de la lectura. Muchos momentos son buenos para provocar la lectura y debemos estar atentos al momento y modo de estimularlos, rara vez tendrán nuestros hijos ganas de leer, es más fácil jugar o ver la televisión. Un buen sitio, una buena hora y sin distracciones en el ambiente, deben conformar el momento dedicado a la lectura. Todo el orden externo ayudará y predispondrá a que esa experiencia de la lectura se repita y no sea de vez en cuando.

- Que sea nutritiva: Como en las cosas que se ingieren, algunas son venenosas (determinados tipos de setas por ejemplo), otras sin ser nocivas no son útiles al fin nutritivo (como mascar chicle por ejemplo), otras pueden ser nutritivas pero sin gusto (complementos vitamínicos por ejemplo), y por último las hay nutritivas y sabrosas a la vez (como un buen asado o una excelente paella). Asimismo hay lecturas que pueden matar el alma o ser semillas de muerte espiritual (las que atentan contra la fe por ejemplo), otras que son indiferentes en cierto sentido pero que pueden, en definitiva, ser impedimento de la buena lectura (como el comer chicle permanentemente impide que me alimente de manera adecuada), otras lecturas hay de grandes verdades pero duras de comprender para determinadas edades y, por último, grandes lecturas que sean útiles en todo sentido y hagan disfrutar a nuestros niños con ellas, las que son la clave del éxito. Es fácil de decir, pero es verdaderamente difícil de conseguir, y por esto mismo no podemos quedarnos con los brazos cruzados esperando que las vueltas de la vida ponga un libro de estas características en las manos de nuestros hijos. Debemos los padres saber qué damos de “comer intelectualmente” en orden al fin último y procurarlo, es decir, buscarlo, elegirlo, ponerlo al alcance y fomentar su uso.

- Que sea oportuna: No sólo en el momento del día, del año o a la edad me refiero, sino que muchas veces hay partes de una comida que “selecciono” para hacer probar a un hijo lo ricas que son las lentejas. Es evidente que le doy la parte de mi plato que más me gusta o la que sé que más le va a gustar, y ahí arranca el gusto por las lentejas. He tenido la experiencia de ofrecer a determinado grupo de adolescentes, un puñado de páginas de algún libro que me parecían geniales, para hacerles gustar la maravilla que se puede esconder detrás de unas cuantas palabras puestas sobre papel. El resultado fue excepcional, fue como convidarles en una comida, la parte más sabrosa del plato a quien sólo estaba acostumbrado a comer un trozo de pan. Seguramente nos cruzamos de manera periódica, páginas gloriosas que podemos hacer llegar a tal o cual para “enganchar” en el hábito de la lectura. Conociendo gustos, aptitudes e inclinaciones personales, podemos ir orientando con sabrosas lecturas no sólo el fin último, sino también, el hábito lector.

- De menos a más: En todo sentido, en cantidad, en calidad, en profundidad. No importa si de entrada no terminamos los libros, lo que realmente importará es que finalmente se logre el hábito lector. Pero si el hábito se forja por ir “picoteando” de tal o cual libro, bienvenido sea el picoteo. No frustremos el hábito por encasillarnos en determinadas reglas, que pueden ser útiles para ciertas cosas pero no para todas. Hemos escuchado alguna vez: “libro comenzado, libro terminado”, a eso me refiero. Demos la flexibilidad suficiente para que esa regla no sea una guillotina, sino un referente a aplicar siempre y cuando la prudencia paterna no nos indique lo contrario.

- Ejemplo personal: Si papá o mamá no comen lentejas porque nos les gustan… No esperen que el niño desarrolle un gusto amplio y abierto a cualquier tipo de cocina. Si los padres no son observados por sus hijos cuando leen, estos creerán que la lectura es un castigo o algo lindo que papi y mami no hacen porque en definitiva: no es tan lindo.

Espero que estas simples líneas ayuden o complementen lo que cada uno de nosotros como padres ya sabemos por experiencia en nuestra infancia o por el actual ejercicio de la paternidad. Así como puede uno deducir por sentido común algunas conclusiones prácticas, podemos acudir siempre al consejo de amigos para ver cuáles son sus “métodos o trucos” para que sus hijos lean, sabemos que la virtud de la Prudencia nos impele a buscar y pedir consejo cuando lo necesitamos y este no es un tema menor. Otro tema importante es que debo, ante todo, estar convencido de que el hábito de la lectura es importante para el desarrollo personal y por tanto para la educación. Quizá, aun estando convencidos de ello, nuestra propia vida lectora es nula o tibia, y quizá sea el momento de revitalizarla; podría ser una buena idea hacerlo de la mano de nuestros hijos.

Facundo Delpierre

Mi blog "Educación, ¿y por qué no?" 

Soy argentino, tengo 44 años, estoy casado y tengo tres hijos y actualmente resido en Madrid. He dedicado la mayor parte de mi vida al mundo de la educación, he dado clases a niños desde Primero de Primaria hasta los últimos cursos de Bachillerato. Los últimos 8 años de mi labor profesional lo he desarrollado en la dirección de Colegios Católicos.

Facundo Delpierre, es autor, editor y responsable del Blog Educación y ¿por qué no?, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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