A tiempo y a destiempo

“Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina.” (2 Timoteo 4, 2). Estas palabras que san Pablo preceptúa a Timoteo es un reclamo que podemos y debemos hacer nuestro: predicar a Cristo en cualquier momento y circunstancia. 

De esta exhortación quisiera sacar algunas pequeñas y obvias conclusiones que compartiré con quien lo desee.

Podemos destacar, en un primer acercamiento, determinadas características que se dan tanto en quien exhorta como en quien es exhortado: fuego de caridad, conocimiento de la verdadera doctrina, prudencia, valor, paciencia, entre otras tantas. Con la lupa puesta en el análisis de estas características, tendremos materia suficiente que nos servirá para hacer una pequeña autoevaluación de nuestro actuar conforme o no a la exhortación paulina. 

Comencemos entonces, con el análisis propuesto.

Fuego de Caridad: “porque la boca habla de lo que rebosa el corazón” (Lc. 6, 45) nos dice el mismo Señor. Fácilmente lo comprobamos si somos buenos observadores de nuestros interlocutores y críticos con nuestra propia lengua. Por desgracia nuestra lengua, y más en nuestros tiempos, habla y se deja llevar principalmente por lo que siente: grandes alegrías expresadas a tiempo y destiempo como el nacimiento de un hijo, los méritos alcanzados en los estudios o en el trabajo, el gran viaje que realizamos  o las mil cosas que uno puede conseguir y disfrutar. Asimismo habla el corazón de lo malo que siente, dejando la lengua suelta para la crítica, la murmuración y cualquier tipo de difamación, como también para compartir penas y dolores que a diario nos subyugan siendo pródigos en desvelar. Siempre que la lengua hable de lo que sentimos, corremos el riesgo de poner un “gran YO” como centro de todo, partiendo del centro del propio corazón. Quienes por gracia experimentan un encuentro íntimo y personal con Cristo, dejan surgir del encuentro con esa Verdad y Bondad (que deslumbra, abarca y nutre nuestra inteligencia y voluntad) un Amor de caridad que es el comienzo del fin de la profunda, silenciosa y escondida egolatría consecuencia del pecado original. Si somos fieles a cada gracia, será Él el que lo vaya abarcando todo hasta minimizar el propio YO: “y ya no vivo yo, sino que en mí vive Cristo” (Gal. 2, 20) nos dice san Pablo, siendo él mismo el que luego instara a evangelizar a tiempo y a destiempo, porque Cristo vivo en él lo hacía vibrar en todo momento y en todo lugar. Este es el motor que nosotros debemos alimentar principalmente con la oración y los sacramentos, siendo dóciles a cada gracia e inspiración. No podemos ser verdaderos apóstoles si no existe este fuego interno que nos devora y mueve: “Cumplen su voluntad y no la de Dios cuando hacen lo que a Dios desagrada. Mas cuando hacen lo que quieren hacer para servir a la divina voluntad, aunque gustosos hagan lo que hacen, ello es siempre por el querer de Aquel por quien es preparado y ordenado lo que ellos quieren” (Denz. 196). Podemos argumentar también el principio filosófico “nadie da lo que no tiene” como una evidencia más, por lo que el requisito esencial de vivir en gracia de Dios para poder ser verdadero apóstol no es nunca lo suficientemente recordado. Ni los fríos ni los tibios hacen apostolado, tampoco los Fariseos aunque predicaban. Para ellos nos remitimos también a san Pablo quien nos dice que podemos hacer milagros, hablar mil lenguas distintas, hacer los mayores sacrificios por los demás, que si no vivo en gracia todo es “vanidad de vanidades”: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo caridad, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y todo conocimiento, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo caridad, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me sirve”. (I Cor. 13, 1-3). 

Por tanto, predicar a Cristo a tiempo y a destiempo, es una necesidad imperiosa para quienes están profundamente enamorados de Su Persona, y es por tanto, un signo o “fruto bueno” por medio del cual serán reconocidos (Mt. 7, 20).

Conocimiento de la verdadera doctrina: es importante, además de hablar con ardor y entusiasmo de aquello que amamos, hacerlo lo más fiel posible al Magisterio de la Santa Iglesia. Recordemos que la fidelidad explícita que los santos, muchos de ellos Doctores de la Iglesia, profesaban al hablar asunto teológicos, no lo hacían solo por la humildad que poseían, sino también, reconociendo que la fidelidad al Magisterio realmente libera al hombre del error y hace libre, haciendo posible de esta manera una acción más plena de la gracia. Asimismo nosotros no osemos hacer doctrina inamovible nuestras sospechas o dudas, ya que podemos inducir a error a quienes nos oyen, mermando la acción de la Verdad. Procuremos estudiar de manera diligente lo que profesamos, por un doble motivo: para más amar (más amamos lo que más conocemos) y para corresponder al mandato paulino de predicar “con toda doctrina”.

Prudencia, valor, paciencia: Es importante aclarar que san Pablo cuando nos pide que sea a “tiempo y destiempo” no pide que sea prudente e imprudentemente. No puede pedirnos san Pablo que hablemos de cosas sumamente importantes en los momentos en que sería ineficaz la “palabra”. No nos pide que en medio de una película en el cine, a los amigos que llevo para consolidar una amistad y por medio de esto invitarlos a un retiro y acercarlos a Cristo, les esté toda la película interrumpiendo con mis comentarios “religiosos” de dicha película. Pero si servirá el cine, para que en el momento oportuno, tomando algo a la salida, pueda hacer mis comentarios de la película. El ímpetu paulino insta a que veamos en todo momento el instante propicio para que Él se haga presente, por una palabra, un gesto, un comentario, o lo que sea. También nos insta san Pablo con su comentario a que el apostolado no sea sólo una cuestión de circunstancias accidentales, sino que puedo yo mismo como apóstol, provocar dichas circunstancias. Si creo que debería hablar con el abuelo de un amigo para que sepa sobrellevar su enfermedad y prepararse a bien morir, no debería esperar a que las circunstancias fortuitas me lleven delante del abuelo, porque quizá nunca esté delante de él. Podemos y debemos estudiar y actuar con el fin hermoso de hacer apostolado con el abuelo, pensando cómo puedo llegar hasta él para entablar el diálogo que deseo. Estos pasos previos para este apostolado concreto que son pensados y puestos en acción, podríamos llamarlo un “apostolado inteligente”. Es decir, ver la realidad y mirar dónde mi acción, como instrumento de Dios, será más eficaz para que Él actúe. ¿Acaso no obraron así los santos? ¿No tenemos a una Santa Teresa de Calcuta leyendo la realidad y eligiendo a los pobres como lugar de acción de su apostolado inteligente? ¿No tenemos a los Apóstoles decidiendo a qué lugar iban a ir cada uno para evangelizar el mundo? No se riñe, sino que hace más eficaz la Palabra, el tener una “inteligencia” de la realidad, circunstancias, medios, etc., para actuar en consecuencia. Esta "estrategia” que depende de nosotros debe ser consecuencia de los puntos anteriores: un fuego devorador, una formación adecuada, y una humildad conocedora de los propios límites que se sabe mero instrumento, incluso débil y pobre para tamaña tarea. Nos insta también san Ignacio de Loyola a tener un conocimiento interno de Cristo que nos transforme por completo en verdaderos apóstoles, que en una práctica gozosa de este ministerio, echemos las redes a nuestro paso incluso de manera inconsciente con nuestro involuntario ejemplo. Cuantas veces estando aparentemente solos, la privación de mirar algo indebido, el besar una imagen, o cualquier otro acto, que brotan como gestos auténticos, pueden cautivar y mover el corazón de ocasionales e inesperados veedores. Es seña de un corazón ganado por Cristo la estabilidad en este apostolado al que san Pablo nos insta. Apostolado que requiere valor para vencer los respetos del mundo y declararse seguidor de Cristo, y la paciencia que muchos de los frutos que deseamos requieren para llegar.

Ya hemos analizado escuetamente el precepto paulino y debemos confrontarnos a él con objetividad, humildad y grandeza. ¿Me reprocharía san Pablo mi propio apostolado? Cristo puede que lo haga en el juicio particular. Por tanto estemos atentos a nuestro apostolado y pidamos la gracia de ser verdaderos apóstoles. Pidamos también a nuestra Madre que nos haga conocer nuestros dones en orden al apostolado, para que ellos: simpatía, don de gente, cordialidad, empatía, etc., se pongan al servicio permanente y total de Aquel por quien merece la pena “perder” la vida.

Facundo Delpierre

Mi blog "Educación, ¿y por qué no?" 

Soy argentino, tengo 44 años, estoy casado y tengo tres hijos y actualmente resido en Madrid. He dedicado la mayor parte de mi vida al mundo de la educación, he dado clases a niños desde Primero de Primaria hasta los últimos cursos de Bachillerato. Los últimos 8 años de mi labor profesional lo he desarrollado en la dirección de Colegios Católicos.

Facundo Delpierre, es autor, editor y responsable del Blog Educación y ¿por qué no?, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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