Valores y virtudes

En el ámbito de la educación solemos escuchar muchas veces, en estos últimos tiempos especialmente, la importancia de educar en “valores”. Nada en contra podemos decir de dicha sentencia; solo observar y hacer caer en la cuenta de que no solo hay que indicar, señalar, mostrar o hacer notar como algo bueno determinado comportamiento (lo que entendemos como educar en valores), ya que ésta sería solo una de las partes de las que se compone la educación.

Recordemos que el obrar del hombre es consecuencia de determinados fines que lo impulsan a ello, fines que primero que nada necesitamos conocer. Caso contrario sería imposible obrar (“Siempre obramos por un fin”, indica Santo Tomás).

Cuando conocemos algo, tendemos a ello si lo consideramos un bien para nosotros, y es allí donde la educación en valores tiene mucho que decir, en mostrar y enamorar de esos bienes que nos hacen mejor persona. Muchas veces tenemos la dificultad de que muchos bienes son aparentes o preferimos bienes menores a los mayores. Quienes buscan el bien del placer, dejan de lado, muchas veces, bienes superiores como la fidelidad, la pureza u otros bienes que son superiores y que harían más perfecto a quien lo prefiriera. Quienes buscan el bien que supone la obediencia a los padres, pueden dejar de lado un bien mayor cuando dejan de obedecer a Dios, por ejemplo cuando se despierta una vocación religiosa o sacerdotal.

Educar en valores está muy bien pero estaría incompleto si no ayudamos, por ejemplo a nuestros hijos, a que además de que sepan que es bueno ser puntual, lo sean. Se puede tener una escala de valores incluso similar a la de los santos, pero eso no significa que se sea santo; lo que me hará ser santo (después de la gracia, evidentemente) es obrar como los santos. Se me viene a la cabeza el dicho de nuestro Señor inmortalizado en Mateo 7, 21: “No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre Celestial.” Es decir, no el que sepa el Catecismo de memoria, con sus mandamientos y conociendo a la perfección todos los valores que allí encontramos, sino el que realmente vive lo que encuentra como mejor para él, siendo sin duda en primer lugar la Voluntad de Dios, manifestada universalmente en los diez mandamientos. En reiteradas oportunidades  el mismo Cristo nos indica en los Evangelios que el que cumple los mandamientos es el que realmente ama a Dios.

He ahí la gran diferencia entre valores y virtudes: no solo conocer sino también obrar.

Pueden muchos jóvenes de hoy decirnos, porque así lo entienden lógicamente, que hay valores que todos compartimos: sinceridad, honestidad, lealtad, compañerismo, trato educado a los demás; es decir, deseamos ser así tratados y reconocemos que es la mejor manera de tratar a los otros, pero como dice el dicho popular: “del dicho al hecho hay mucho trecho”.

Es en el paso del valor a la virtud donde podemos hacer agua actualmente en la educación, y no solo en la escuela, sino principalmente en los hogares. Creo que podemos enumerar algunas causas del mismo:

1. Proteccionismo paterno: Extremo cuidado ante cualquier dificultad. Cuando creamos una capa protectora que anula o mitiga excesivamente cualquier sufrimiento en nuestros hijos, estamos debilitando la capacidad mínima de resistencia y tolerancia al sufrimiento que debemos poseer para poder obrar en contra de nuestros gustos y caprichos cuando un bien mayor lo exige. Este mínimo ejercicio de ascesis es esencial para que la fortaleza y la templanza comiencen a fundamentar el edificio de las virtudes. ¿Es bueno sufrir? En sí mismo no podemos decir que sea bueno, en la Vida Eterna no existirá, pero es una herramienta necesaria para lograr cualquier bien que nos perfeccione: sufrimos al estudiar, sufrimos al educar, sufrimos al convivir, sufrimos cuando hacemos deporte, sufrimos cuando amamos. En esta vida, atados a las consecuencias del Pecado original, no tenemos otra posibilidad: sufrir, ya sea para mejorar, o sufrir como consecuencia de que no mejoramos; gran paradoja de aquellos que buscan la felicidad sin sufrimiento y no encuentran más que un hondo egoísmo superficial chato y vacío, que no deja más que un mayor sufrimiento, y del peor, el que no encuentra sentido… Aprender a sufrir, abre la puerta a señorear la propia vida, por tanto enseñemos a sufrir, no por amor al dolor, que sería réprobo, sino como herramienta útil para lograr grandes metas. No se trata de hacer sufrir a nadie, ya la vida trae sus propios sufrimientos, sino en atenuar la excesiva protección que evita cualquier sufrimiento, que hace crecer a los niños en auténticas burbujas que imposibilitan a posteriori una convivencia normal en los medios ajenos al hogar sobreprotector.

2. Incoherencia de quienes educamos: mucho más enseña a ser virtuoso quien denota gozo siendo virtuoso, que aquellos que de boca para afuera proclaman valores que una y mil veces dejan en mera teoría sin llevarlos a la práctica. Enseñamos a nuestros hijos que no es bueno mentir, sin embargo, cuantas veces nos ven mintiendo cuando hablamos por teléfono o cuando inventamos excusas para no asumir compromisos… “Las palabras mueven, los ejemplos arrastran”, dice otro sabio dicho popular. Puedo convencer de la bondad de mil valores pero no por ello motivar a que se los viva, y puedo vivir virtuosamente haciendo de mi vida una proclama de valores en acción. Son estos últimos los grandes educadores.

3. Desorientación del verdadero fin: quienes estén enamorados de una gran meta, sabrán que deben afrontar contratiempos y dificultades que conllevan miles de sufrimientos, y mientras más elevada sea la meta, estamos dispuestos a soportar y tolerar mayores sufrimientos. Muchas veces estamos dispuestos a torturarnos en el gimnasio, en una estricta dieta, o tomando largas horas de sol con la única meta de ser admirados. Es, en definitiva, un gran amor propio desordenado el que lleva a afrontar esas metas y soportar los consecuentes sufrimientos. Quien no tenga claras las metas o fines no sabrá pagar el peaje debido, o mal pagará cuando busca metas que en definitiva no me hacen mejor persona.

4. El amor, gran motor: en el orden natural, podemos ver cómo miles de padres son movidos por el amor a sus hijos y conllevan el sufrimiento que la paternidad trae aparejado con entereza, constancia y muchas veces con alegría también. Así encontramos cómo, al descubrir grandes metas y enamorarnos de ellas, podemos hacer el paso del valor a la virtud. Es evidente que el gran motivo de vivir para muchas personas es corresponder al gran amor que saben que reciben de Dios, y son estos, a lo largo de la historia, como podemos comprobar, los que hicieron de sus vidas una obra ejemplar al servicio de Dios y del prójimo. En este sentido nos dice nuestro Señor en Juan 14, 23-24: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y en él haremos morada. El que no me ama no guardará mis palaras; y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.” Es clara la correspondencia: del amor a Dios se desprende el cumplimiento de sus mandatos, teniendo el amor como primer motor. Podemos tener un claro conocimiento de los mandatos pero no cumplirlos porque en definitiva el amor que debe movernos a poder cumplirlos no existe o es muy tenue o débil. El último pasaje tiene unos comentarios a pie de página en la Biblia traducida por Monseñor Straubinger que él mismo escribió y aclara “El amor es el motor indispensable de la vida sobrenatural: todo aquel que ama, vive según el Evangelio; el que no ama no puede cumplir los preceptos de Cristo, ni siquiera conoce a Dios, puesto que Dios es amor (I Juan 4, 8). “Del amor a Dios brota de por si la obediencia a su divina voluntad (Mt. 7, 21; 12, 50; Mc. 3, 35; Lc. 8, 2)

Para concluir podemos decir que es muy importante formar la escala de valores en cuanto a los bienes que nos perfeccionan, y esta escala de valores tiene su lógica que muchas veces nuestros hijos reclaman conocer. Pero una vez dado a conocer los valores que son el norte y las razones por los que nos hacen mejor, debemos tener muy en cuenta que debe la voluntad estar lo suficientemente ejercitada para poder obrar y poner en práctica aquellos bienes que conocemos como verdaderos, prefiriendo y optando por el ejercicio habitual de los valores superiores por encima de los inferiores.

Facundo Delpierre

Mi blog "Educación, ¿y por qué no?" 

Soy argentino, tengo 44 años, estoy casado y tengo tres hijos y actualmente resido en Madrid. He dedicado la mayor parte de mi vida al mundo de la educación, he dado clases a niños desde Primero de Primaria hasta los últimos cursos de Bachillerato. Los últimos 8 años de mi labor profesional lo he desarrollado en la dirección de Colegios Católicos.

Facundo Delpierre, es autor, editor y responsable del Blog Educación y ¿por qué no?, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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