Martes, 19 Abril 2016 00:00

La muerte de mi hijo Juan

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Hace unos días estuvimos comiendo con unos amigos que acababan de tener una niña. Ya tenían otro hijo de dos años y medio que había nacido justo cuando debía haber nacido nuestro hijo Juan. Verle corretear por el parque me impresionaba y me imaginaba lo distinta que sería nuestra vida si Juan estuviera entre nosotros en lugar de corretear por el Cielo pero, al mismo tiempo, daba gracias a Dios porque su presencia allá arriba ha dado un vuelco a nuestra familia. Os cuento.

A los tres meses de dar a luz a mi cuarto hijo, con la mayor de seis años y después de varios meses tumbada en un sofá por tratarse (como siempre) de una gestación de riesgo, me entero de que estoy otra vez embarazada. Se me cae el alma a los pies pues me siento incapaz de criar a tanto pequeño. Además el embarazo se complica y me mandan reposo total desde el primer día, pero me veo incapaz de hacerlo y lo pongo en manos de Dios y, como Dios quería que Juan saliera adelante, sin reposo y sin ningún pronóstico a favor, el embarazo sigue adelante.

A los ocho meses de gestación, ilusionada ya con el bebé que está a punto de nacer, rompo aguas. Me voy sola al hospital con la esperanza de que se tratara de una falsa alarma, aunque un poco “mosca” por echar de menos sus pataditas durante el día. El médico me confirma la rotura de bolsa y me dice que me prepare para el parto. Yo le ruego que mire si mi hijo está vivo y, sorprendido, descubre que no hay latido. Mi bebé está muerto.

Cuesta creerlo. Hacía sólo tres días había oído latir su corazón, todo iba bien y, de pronto, me encuentro con que mi hijo está muerto y que no puedo hacer nada por él. Es un shock. 

Inmediatamente llamé a mi marido, pues seguía en casa a la espera de que volviera con buenas noticias, y se lo digo tal cual: Juan está muerto y he de darlo a luz. Siento tener que decírselo…. Se pone a llorar desconsolado y me pide que avise a mis padres para que alguien vaya a casa con los peques y él me pueda acompañar. Pero el shock de mis padres es tal que tardan más de una hora en llegar. Cuando por fin estoy con mi marido queda ya poco para darlo a luz. ¡Menos mal que llegó a tiempo!

En ese rato que estoy sola no paro de rezar; sólo me viene a la cabeza una oración que repito y repito y vuelvo a repetir: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Ahora quieres que pase por esto, pues aquí me tienes. Me costó aceptar este niño y, ahora que estoy tan ilusionada, te lo llevas. Pues aquí estoy, Señor. Lo que quieras; te lo digo llorando, pero te lo digo de corazón. Tú sabrás por qué, para qué… yo no te puedo entender pero sé que me quieres un montón y que esto que estoy pasando es lo mejor para mí. Aquí estoy, Señor.

Juan nació precioso, como todos sus hermanos. Lo cogimos en brazos y lloramos lo que quisimos. Le pedimos, en alto y sin ninguna vergüenza, que no se olvidara de nosotros, que nos cuidara mucho, que desde el Cielo nos tenía que ayudar. Los médicos se daban la vuelta para no interrumpir nuestro dolor. “Juan, ayúdanos”, le pedía, llorando a todo llorar, mi marido. Fueron unos minutos intensos. Nos costó entregarlo, nos costó verlo envuelto en una sábana blanca, como un muñeco. Nos costó mucho.

Pero ese dolor, gracias a las oraciones de tanta gente, se transformó en agradecimiento. En realidad cualquier padre quiere lo mejor para su hijo y qué cosa mejor que el Cielo. Qué bueno es Dios, que permitió que existiera ese niño para hacerle feliz para siempre, sin conocer el dolor ni el pecado. Siempre en Su Gloria. A través de nuestra generosidad, pues aun teniendo “motivos sobrados” no nos cerramos a la vida, Juan ha sido y será eternamente feliz. Muchas gracias, Dios mío, ¡qué bueno eres con nosotros!

Y desde entonces Juan es uno más. Él es, para sus hermanos, el más “morrudo”, el que supo ir antes con Jesús al Cielo, el que mejor se lo pasa de todos. Y contamos con él como si fuera uno más, hablamos de él, le pedimos ayuda… Qué suerte tiene Juan…. Y nosotros también, pues tenemos un “enchufe” que sabemos hará todo lo posible para que todos, todos, estemos un día con él. Y en cuanto lleguemos allá arriba, si Dios quiere, saldrá corriendo a recibirnos, a abrazar nuestras piernas (yo me lo imagino como de tres años, más o menos) y decirnos lo mucho que nos ha querido y cuidado siempre. 

La verdad es que, desde que tenemos a Juan, mi familia ha cambiado. Ahora muchas cosas que en realidad no son importantes nos dan igual, lo que de verdad nos importa es ganarnos el Cielo. Y los peques se esfuerzan por querer a Jesús y por rezar con cariño y ser cada día más buenos. Queremos conocer a Juan. Y por fin estar todos juntos, felices, con el Señor y su Madre para la eternidad.

Economista por la Universidad de Navarra. He sido profesora ayudante de Macroeconomía en la Universidad de Zurich, gerente de Aguirretel SL y documentalista de la Asociación Valenciana de Empresarios, entre otras cosas. Actualmente, soy ama de casa y madre, a tiempo completo de cinco pequeños, aunque en mis tiempos libres colaboro con distintas actividades educativas y completo mis estudios de postgrado en la UPV.