Jueves, 02 Junio 2016 00:00

Escuchar, siempre escuchar

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Muchas veces caemos en la creencia o suposición sobre algo o alguien a partir de conjeturas formadas en ciertos indicios o señales. Si nos fijamos en la definición de la palabra sospecha, eso mismo nos dirá.

Esta manera de proceder puede crear un cierto “espíritu de sospecha” si hacemos de esto un procedimiento habitual. Se convierte así en fuente de intranquilidad espiritual, lo que cierra las puertas casi por completo a la acción del Espíritu Santo. No siempre la sospecha, como la opinión, versan sobre verdades, por lo que no es una virtud.

Encontramos en la Suma:
“Según se ha dicho anteriormente (q.55 a.3.4), el hábito de virtud dice determinadamente orden al bien y de ningún modo dice orden al mal. Pero el bien del entendimiento es la verdad, como su mal es la falsedad. Por consiguiente, sólo son virtudes intelectuales aquellos hábitos por los que se profiere siempre la verdad y nunca la falsedad. Ahora bien, la opinión y la sospecha pueden versar sobre la verdad o sobre la falsedad. Y por eso no son virtudes intelectuales, conforme se dice en el libro VI Ethic.” (S. T. II II C.57 a.2 resp. Obj 3)

Muchas veces la sospecha nos lleva a realizar juicios rápidos y sin fundamentos que, por un lado, injurian a alguien, y por otro, confirman y asienten una oculta envidia. Pero podemos aún agravar dicho acto si hacemos también pública tal sospecha, procediendo así a difamar. Pero incluso más grave aún sería si esa difamación es mentira, acto conocido como calumnia.

Santo Tomas trata este tema cuando habla de la virtud de la Justicia, en el artículo 3 de la Cuestión 60, allí se pregunta: El juicio procedente de sospecha, ¿es ilícito? En la respuesta que luego fundamenta propone al Crisóstomo en Sed Contra cuando dice:

“En cambio está el Crisóstomo, que sobre Mt 7,1: No juzguéis..., dice: El Señor, por este mandato, no prohíbe a unos cristianos el corregir a otros con benevolencia; pero sí el que por jactancia de su justicia unos cristianos desprecien a otros, odiándoles y condenándoles a menudo por sospechas solamente.” (S.T. II II C.60 a.3 sed contra)

Y les comparto también la fundamentación que nos da sobre este tema, ya que vale realmente la pena leerla con detenimiento y máximo entendimiento:

“Solución. Hay que decir: Como dice Tulio, la sospecha implica una opinión de lo malo cuando procede de ligeros indicios. Y esto puede ocurrir de tres modos: primero, porque uno es malo en sí mismo, y por ello, como conocedor de su malicia, fácilmente piensa mal de los demás, según aquellas palabras del Ecl 10,3: El necio, andando en su camino y siendo él estulto, a todos juzga necios. Segundo, puede proceder de tener uno mal afecto a otro; pues cuando alguien desprecia u odia a otro o se irrita y le envidia, piensa mal de él por ligeros indicios, porque cada uno cree fácilmente lo que apetece. En tercer lugar, la sospecha puede provenir de la larga experiencia; por lo que dice el Filósofo, en II Rhet., que los ancianos son grandemente suspicaces, ya que muchas veces han experimentado los defectos de otros. Las dos primeras causas de la sospecha pertenecen claramente a la perversidad del afecto; más la tercera causa disminuye la razón de la sospecha, en cuanto que la experiencia aproxima a la certeza, que está contra la noción de sospecha; y por esto la sospecha implica cierto vicio, y cuanto más avanza ésta, tanto es ello más vicioso. Hay, pues, tres grados de sospecha: primero, cuando un hombre, por leves indicios, comienza a dudar de la bondad de alguien, y esto es pecado leve y venial, pues pertenece a la tentación humana, de la que esta vida no se halla exenta, como se aprecia en la Glosa sobre 1 Cor 4,5: No juzguéis antes de tiempo. El segundo grado es cuando alguien, por indicios leves, da por cierta la malicia de otro, y esto, si trata sobre algo grave, es pecado mortal, en cuanto no se hace sin desprecio del prójimo; por lo cual la Glosa añade: Aunque, pues, no podemos evitar las sospechas, porque somos hombres, al menos debemos suspender nuestros juicios, esto es, nuestras sentencias firmes y definitivas. Tercero es cuando algún juez procede a condenar a alguien por sospecha; esto también pertenece directamente a la injusticia, y, por ello, es pecado mortal.” (S.T. II II C.60 a.3 en Soluc)

No tomemos con liviandad los juicios que realizamos sobre otros, ni muchos menos si los hacemos públicos. Cuando Cristo mismo dijo: “por sus frutos los conoceréis”, damos por entendido que también se refería a la lógica consecuencia de una vida que por estar empapada de Dios, preocupándose seriamente por Su propia recomendación y mandato: “Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo 5:48) vive con intensidad creciente esa intimidad con Cristo que vivifica, colma y hace posible que el Espíritu Santo actúe con sus dones.

Siendo este el caso de muchísimas personas que intentan vivir seriamente su vida espiritual, sin embargo, fácilmente caemos en las redes de consentir e incluso de hacer públicos esos juicios que, partiendo de una simple sospecha, injuria al prójimo.

Ante esta situación que a diario se nos presenta, ya que es parte de nuestro razonamiento el emitir juicios, debemos poner un cuidado especial y prudente atención cuando está en juego la fama de otra persona. Por ejemplo, San Ignacio de Loyola propone al inicio de sus Ejercicios Espirituales “salvar la proposición del prójimo”, entendiendo con esto que: “Se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquiera cómo la entiende, y, si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve”.

Si bien podemos entender esta recomendación, según los especialistas, a la relación que debe existir entre quien predica los Ejercicios y el ejercitante, coincide plenamente con el segundo argumento de autoridad del que me haré fuerza, y es el de Santo Tomás, quien se pregunta lo siguiente en el artículo 4 de esta Cuestión 60: “Las dudas, ¿se deben interpretar en sentido favorable?” y responde:

“Solución. Hay que decir: Según se ha dicho (a.3 ad 2), por el hecho mismo de que uno tenga mala opinión de otro sin causa suficiente, le injuria y le desprecia. Más nadie debe despreciar o inferir a otro daño alguno sin una causa suficiente que le obligue a ello. Por tanto, mientras no aparezcan manifiestos indicios de la malicia de alguno, debemos tenerle por bueno, interpretando en el mejor sentido lo que sea dudoso.” (S.T. II II C.60 a.4 en Soluc)

Pero, si interpretamos siempre en el mejor sentido, ¿no seremos engañados con mayor frecuencia?; y además, ¿no corremos el “serio” riesgo de que nos vivan tomando el pelo? A la primera cuestión es el mismo Santo Tomás quien nos responde, y nos dice:

“Puede ocurrir que el que interpreta en el mejor sentido se engañe más frecuentemente. Pero es mejor que alguien se engañe muchas veces teniendo buen concepto de un hombre malo que el que se engañe raras veces pensando mal de un hombre bueno, ya que por esto último se hace injuria a otro, mas no ocurre por lo primero.” (S.T. II II C.60 a.4 en Resp. Obj.1)

Y a la segunda, les propongo como ejemplo “El idiota”, la novela de Fiódor Dostoyevski, en donde podemos percibir la permanente inclinación de Dios a buscar nuestro bien, perdonándonos una y mil veces, aunque corra el riesgo de que le “tomemos el pelo”.

Les recomiendo encarecidamente a quienes quieran leer un poco más de este tema tan frecuente y de casi nadie excusable, el capítulo 3 y 4 de la Carta del Apóstol Santiago.

Enlazo ahora con el título de este artículo para que, en definitiva, evitemos todo juicio precipitado y muchas veces erróneo y por tanto injurioso contra nuestro prójimo. Es el diálogo el principal antídoto para esto, ya que hay miles de circunstancias de las más variopintas que influyen en cada acto que realizamos, y solo podremos conocer las intenciones verdaderas de quienes actúan sabiéndolas del mismo actor, y cuando esto no sea posible, no dejemos que los sentimientos malos puedan empañar nuestros juicios. En este sentido escuchemos la clarividencia de Tomas al respecto:

“Para el hombre que juzga, el juicio equivocado por el que juzga bien de otro no pertenece a lo malo de su entendimiento, como tampoco pertenece de suyo a su perfección conocer la verdad de cada uno de los hechos contingentes y singulares, sino más bien todo esto corresponde a los buenos sentimientos.” (S.T. II II C.60 a.4 en Resp. Obj.2)

Cuántas barreras se abren y cuantos muros se caen cuando el diálogo se hace presente. Si la oración es cierto diálogo con Dios en nuestra intimidad, y es indispensable para nuestra vida de santidad, cuánto provecho podremos también sacar de este diálogo con quien tenemos al lado. Uno de esos grandes frutos es salir de mis propias convicciones cuando los malos sentimientos las atan, dando la posibilidad a la verdad que fundamentando la realidad hace posible el bien, ambos necesarios para crecer en caridad.

Mi blog "Educación, ¿y por qué no?" 

Soy argentino, tengo 44 años, estoy casado y tengo tres hijos y actualmente resido en Madrid. He dedicado la mayor parte de mi vida al mundo de la educación, he dado clases a niños desde Primero de Primaria hasta los últimos cursos de Bachillerato. Los últimos 8 años de mi labor profesional lo he desarrollado en la dirección de Colegios Católicos.

Facundo Delpierre, es autor, editor y responsable del Blog Educación y ¿por qué no?, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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