Sábado, 24 Septiembre 2016 00:00

¿Quién eres? Carta a un desconocido

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¿Quién eres?, ¿quién soy? Importante pregunta. Sin la pregunta adecuada no llegamos a las respuestas importantes. No se trata sólo de lo que siento y lo que deseo, sino de descubrir por qué…

Veamos cómo podemos reflexionar brevemente sobre lo esencial de esta pregunta.

Tú no te has creado a ti mismo. No decidiste ser, fuiste llamado a la existencia por otra entidad que no eres tú. Eso es evidente. ¿Qué se puede saber sobre esta premisa? Fundamental: que alguien ha querido que tú existieras. Digo “alguien” porque tiene que ser una forma inteligente y con voluntad, de lo contrario tú no podrías reflejar esa inteligencia y esa voluntad que posee. Sería imposible que algo inferior creara algo superior. Así que, primer punto: has sido creado por alguien que te ha querido. Si te han querido, lo han hecho antes de que existieras, por lo que es la huella más importante que puedes encontrar en ti, pues lo primero que se hace al crear es lo que más define lo creado. Si creamos una estatua no será lo mismo elegir piedra que madera. Todo depende de eso, por lo que imprime un carácter específico. Pues el amor es lo primero que define al ser humano y es lo primero que te define a ti.  De hecho, es tan profundamente definitorio que si no te das cuenta de que te han querido por ti mismo, independientemente de tus méritos, cualidades o logros en vida, nunca encontrarás el sentido y la dirección, siempre estarás en búsqueda insatisfecha de algo. La fijarás en tus títulos, tus trabajos o, con un poco más de suerte, en tus amigos y personas cercanas. Pero pronto descubrirás entonces las características de ese amor. Quien te ha creado es eterno, pues de lo contrario lo habrían creado a él, así que ha dejado en ti un profundo deseo de esa eternidad. El amor que deseas es perfecto, eterno, completo, sincero, único, absoluto, y es fácil darnos cuenta de que no podemos devolverlo tal como nos gusta. ¿Perdonamos tanto como queremos ser perdonados? De allí que descubrimos la primera dificultad en las relaciones: no son tan perfectas como la que tenemos con nuestro creador, pues él siempre nos acepta perfectamente, los demás… no tanto. La infinitud de su ser nos ha dado unas reglas de vida que no podemos aplicar de forma absoluta. Necesitamos vivir con un deseo infinito en un mundo finito. Esto que podría verse como una maldad, es simplemente el eco de una promesa, pues estamos llamados a esa eternidad, no a la finitud. Tu creador te ha hecho para responder a su iniciativa y mantener esa respuesta para siempre.

De esto podemos también sacar otras dos características. Eres capaz de conocer a tu creador, tienes esa inteligencia, esa capacidad de alcanzarlo. Quizás no totalmente, pero puedes llegar a tener esa certeza de que eres amado de forma única y personal, y que te espera una eternidad. Es lo que despliega ese misterioso pero grande y constante deseo de eternidad que todos tenemos dentro. Esto nos introduce en otra dimensión: la libertad. El hecho de que puedas conocer el amor que te han tenido es para elegirlo libremente, de lo contrario no tendría ningún valor. Quien te creó te ha querido antes de que existieras, te capacitó para descubrirle, pero sobre todo se ha arriesgado dejándote libre de aceptarle o rechazarle, aunque esto le cueste perderte eternamente. Sin libertad no hay amor, pero tampoco tendría sentido el conocimiento y el amor, sin la libertad. Así que ya hemos visto elementos muy importantes: alguien eterno te ha dado sus propias características para que puedas tú también conocerlo, responder a su amor aceptándolo libremente.

Claro que falta un elemento importante. ¿Por qué no crearnos directa e inmediatamente en presencia suya? Pues bien, porque pensó darnos un tiempo para que nuestra naturaleza humana le fuera descubriendo en un medio no solo espiritual, sino también material. Eso implicó el tiempo y con él el crecimiento y la educación, para que en ese tiempo nos enseñáramos los unos a los otros ese camino basado en el descubrir las maravillas poco a poco y fiándonos de los demás. ¡Qué mejor forma de promover la libertad y la fe en el acercamiento al misterio de donde hemos salido!

Pero igual que un ordenador sin un disco duro no tiene mucho sentido, una persona sin interioridad tampoco podría registrar todo lo que experimenta en su interior. En efecto, el mismo creador te dejó en lo más profundo de tu ser, un lugar que podemos llamar “intimidad”. Allí es donde te busca, donde puedes encontrarle, desde donde te alimenta y te llama. Algunos la llaman conciencia, otros, corazón, pero lo cierto es que todo hombre sincero puede descubrirla. Si vas a ese lugar con sinceridad descubrirás lo que te conecta a tu creador. Te descubrirás solo y sostenido al mismo tiempo, así como necesitado de silencio para entender el diálogo al que te sientes iniciado. En ese mundo interior descubrirás toda la dualidad que caracteriza tu naturaleza humana: único, pero en sociedad, material, pero también espiritual, sujeto y objeto, varón y mujer, padre e hijo, etc.

No es fácil descubrir todo esto, pero el creador te ha dejado un regla de oro, constitutiva de todo tu ser, para que puedas aprenderlo todo: ha puesto el fin de tu vida en otra persona. ¡Qué fuerte! Esto implica que el secreto de la felicidad está en destinar nuestra vida a otro. Así, si eres padre, descubrirás cómo ese creador te llama a sí mismo como un padre; si eres hijo, descubrirás tus capacidades, tus puntos fuertes y a controlarlos y dirigirlos... Pero hay algo más.

Es tan importante que cada uno descubra quién es, para quién es y cómo lograrlo, que el creador nos ha regalado una dualidad fundamental: nos ha puesto cara a cara varones y mujeres. La atracción que experimentamos los varones y las mujeres es tal que permite que nos importe de forma única, necesitada y casi absoluta. Cuando nace la chispa, ese enamoramiento, descubres pronto que ella o él es el camino de algo importante. Efectivamente, el salir al encuentro del otro nos despierta el deseo de conocerle, saber de él, conocer su historia, su forma de ser, sus deseos, lo grande y lo sencillo. Psicológicamente se descubre un deseo de fusión… tan intenso que hay que aprender a gestionarlo para que no explote. Ese conocer te pone delante de “otro yo” que también busca, anhela, desea. Empieza el baile del amor que busca reciprocidad donde el deseo de fusión o unión choca con el saberse único y mantenerse independiente y autónomo. Es un descubrir esas características tan importantes que el creador puso en nuestro ser: el amor, el conocer, la libertad y una intimidad para el encuentro. Varón y mujer juntos están llamados a descubrir esas dinámicas entregándose en modos diferentes para descubrir cada uno su camino, pero juntos.

Qué importante no caer en el error número uno: usarse. El secreto de la felicidad es saberte en el mismo camino “con” la otra persona, no “por medio” de la otra persona. En el primer caso caminarás con la otra persona hacia una meta superior y eterna, en el segundo te encontrarás otra vez contigo mismo, pero degradado y herido en dimensiones muy profundas que no se arreglan con facilidad.

Pero cómo es el varón y cómo la mujer. Importante pregunta. Muchos han intentado desvelar este misterio. Vayamos a lo fundamental otra vez. Si juntos tenemos que llegar al mismo punto, es aprendiendo a ser “una unidad de los dos” que se podrá conseguir. Así pues, donde el hombre es muy racional, sencillo, e incluso superficial, dirigido a las tareas concretas, así como a los logros y la autoafirmación; la mujer sale a su encuentro para compensar todo eso siendo más imaginativa, compleja, con mucha profundidad, dirigida a muchas tareas, centrándose en las relaciones personales más que en lo concreto y técnico. Donde prevalece una necesidad de logro y autoafirmación, la mujer aporta un enfoque capaz de llegar con flexibilidad y paciencia. Donde hay una predisposición a abandonar ante la dificultad, la mujer sale al encuentro con su constancia y su perseverancia. Así pues, no se trata de que uno enseñe al otro o de que uno aprenda del otro, sino de una compensación constante, mutua, libre, entre dos iguales en dignidad, pero con configuraciones complementarias. Como dos manos hechas para verse una en frente de la otra y poderse entrecruzar, o como dos bailarines de patinaje sobre hielo dando vueltas agarrados de las manos que sin valer uno más que el otro se compensan para mantenerse girando.

Así que, qué bella es la vida si ahora sabes que has sido creado por el amor, para el amor, capaz de conocerlo y responderle libremente a lo largo de tu vida, sabiendo que no estás sólo en ese caminar, ya que hay alguien que te complementa no sólo en la evidente corporeidad, sino en toda tu forma de ser y con la cual podrás no sólo encontrar el camino para volver a la eternidad en la que fuiste pensado, amado y creado, sino que  además te permitirá bailar y cantar durante un camino en el que aprenderás más sobre ese Amor, siéndolo tú para otros en la educación y el amor a los demás, y donde los frutos serán para la eternidad.

Paz y bien.

Psicólogo orientador, doctorando en Filosofía antropológica en la UNAV y máster en pastoral familiar por el Inst. Pontificio Juan Pablo II. Padre felizmente casado y con 3 hijos, es catequista y monitor de educación afectivo sexual (Aprendamos a Amar y Teen Star), así como formador de padres y profesores, impartiendo cursos sobre familia, matrimonio, antropología, psicología, afectividad y relaciones personales. Colabora con el COF de Getafe, la organización de los congresos de la Fundación Educatio Servanda, la Asociación de campamentos diocesanos de Llambrión y es fundador de la Metodología de Estudio MdE 360º, así como de la plataforma AyunoXti.