Miércoles, 11 Febrero 2015 01:00

Antes de actuar hay que pensar

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Aquí empieza un nuevo blog con el que quiero compartir con vosotros mi experiencia como madre y educadora. Antes que nada quiero que sepáis que no soy ninguna experta: no he estudiado pedagogía ni trabajo en la enseñanza. Sólo soy una aficionada que se dedica a su familia con todo su empeño y que a base de leer, acudir a charlas y conferencias y, sobre todo, de cometer errores y enmendarlos, he ido aprendiendo mucho y lo quiero compartir con vosotros.


Hay muchas maneras de educar. Lo importante no son los modos sino los resultados. No quiero pasaros recetas de cocina para aplicar paso a paso, sino una forma de vida para que cada cual se la aplique a su vida. Y os agradecería de corazón que me corrigierais, me comentarais y me completarais si lo veis necesario.
Entonces… ¿nos metemos en materia? Pues os voy a confesar que tengo tantas ideas que no sé ni por dónde empezar…. ¿el embarazo, los primeros meses, los celos, las primeras mentiras, los distintos temperamentos, la elección de colegios…? Lo lógico sería empezar por el embarazo, pero ya hablaremos de eso más adelante. Hoy pondremos las bases, ¿os parece?
Lo primero de todo: educar es muyyyyy difícil. Siempre se dice que los niños no vienen con libros de instrucciones, pero es que además hay tantos factores que van cambiando y que influyen en nuestros hijos que no nos queda otra que estar siempre aprendiendo. Con lo que la primera receta que os quiero dar y que reconozco me costó aprender y poner en práctica es que ANTES DE ACTUAR HAY QUE PENSAR. Hay que sacarse un rato para sentarse y reflexionar sobre nuestros hijos. Y ese rato no lo solemos tener. Vamos sobre la marcha, nos dejamos llevar por las prisas, por la rutina, por tantas cosas que hacer. Y sobre la marcha salvamos obstáculos: ¿Que no come? pues le hago una sopita y arreando, ¿que no quiere recoger los juguetes? pues le riño y acabo haciéndolo yo, ¿que cada vez me habla peor? pues yo cada vez le riño más… y con el paso de los días nos acabamos acostumbrando a esas situaciones. “No, si es que sólo come sopita y jamón”, “mi hijo es un desastre recogiendo juguetes, con lo ordenado que es su padre”, “cada día chillo más, pero es que me pone de los nervios…” Y así en todo.
Yo he funcionado de este modo muchísimas veces y, a menudo, me doy cuenta de que vuelvo a caer, así que me paro y me digo ¿Pero esto es lo que yo esperaba de mis hijos? ¿Esto es lo que quiero? Porque de lo que podéis estar seguros es  que casi todo lo que hacen nuestros hijos, es porque se lo permitimos. LOS NIÑOS HACEN LO QUE SUS PADRES LES PERMITEN HACER. Y suena fatal, pero es así. Lo he comprobado miles de veces.
Os cuento un ejemplo. Tengo cuatro hijos pequeños, la mayor de 7 años, el segundo de 5, la tercera de 3 y el pequeño de 2. Luego nació uno que se nos fue al cielo y ahora mismo viene otro en camino. Vamos, que mi casa está llena de enanitos. Pues estos elementos se portan fatal a la hora de irse a dormir. En cuanto te despistas tienen la cama llena de juguetes, están de juerga hasta tarde y se escapan cada dos por tres con todo tipo de escusas. Desesperante. Sobre todo porque a esas horas estás agotado, sólo quieres que te dejen en paz y ya no tienes ganas de corregirlos. Bueno, pues llegó un día en el que caí en la cuenta de que eso era culpa mía. Vamos, nuestra. Que en realidad yo les estaba permitiendo pasarlo pipa y aunque les reñía y les castigaba al final tiraba la toalla y ellos aprovechaban mi debilidad. Así que me senté a pensar y vi que tenía que ponerme las pilas. Lo hablé con mi marido y decidimos separarlos hasta que se durmieran. Que eso de “tengo sed, pipi y hasta me pica el pie” se solucionaba antes de acostarse y que a la primera de saltarse las normas el castigo era directo. Así hasta que se acostumbraron a ir a la cama a dormir y no a jugar. Resultado: mucha guerra al principio, pero en cuanto se dieron cuenta de que esas normas ya no se podían traspasar, cambiaron el chip y la paz reinó en nuestra casa. Paz por la noche y paz por la mañana, pues se despertaban descansados y eso se notaba en el desayuno y todo.
No os creáis que esto es magia. Cada tanto volvemos a la juerga nocturna y hemos de meterlos en vereda otra vez. Supongo que hasta que se hagan mayores, eso espero.
Pero lo que os quería transmitir es que todo tiene solución, o casi todo, pero hace falta ponerse manos a la obra. Y lo primero de todo es sentarse a evaluar el problema y buscar una solución. No vale la pena quejarse, hay que darle la vuelta a las situaciones que no nos gustan. ¡¡Y surgen por montañas¡¡
Por eso os decía que estamos siempre aprendiendo. Y el truco que nos iba genial con el mayor no nos funciona con el pequeño. Pues a pensar, a probar, a ponerse metas y con mucho esfuerzo, a cumplirlas. Os animo a ello porque vale la pena.
No hay nada más satisfactorio que ver cómo tus hijos van superando obstáculos y facetas que te parecían inalcanzables. ¡¡Ellos pueden mucho más de lo que nos creemos¡¡
Pues aquí lo dejamos. En breve, más.
Mucho ánimo y ya me vais contando cómo os va.

Economista por la Universidad de Navarra. He sido profesora ayudante de Macroeconomía en la Universidad de Zurich, gerente de Aguirretel SL y documentalista de la Asociación Valenciana de Empresarios, entre otras cosas. Actualmente, soy ama de casa y madre, a tiempo completo de cinco pequeños, aunque en mis tiempos libres colaboro con distintas actividades educativas y completo mis estudios de postgrado en la UPV.