Martes, 15 Septiembre 2015 00:00

La envidia

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Queridos amigos, una vez que hemos hablado de la pereza (en el artículo anterior) y de acuerdo al orden que nos habíamos planteado, toca el turno ahora de tratar sobre la envidia.

Dice Santo Tomás en su Suma Teológica

“El bien de otro se considera como mal porque aminora la propia gloria o excelencia” (cuestión 36 art 1 II-II)

Para ahondar en este asunto quisiera hacer unas acotaciones al respecto. Denotar unas características salientes que pueden ayudar a conocer más sobre este pecado capital.

Una de estas consideraciones es que este es uno de los pecados menos confesados, y para prueba de ello les remito a su propia experiencia y respondan sinceramente a esta pregunta: ¿hace cuánto que no me confieso de tener envidia? Puede haber trampa en esta pregunta y algunos, con buen criterio, dirán: sentir no es consentir y en este caso, sentir envidia sin consentirla es una tentación que si es vencida es un acto meritorio por lo que no hay que confesarlo. Perfecto, así es. Pero en la mayoría de los casos, cuando la voluntad asiente lo que la inteligencia presenta y consiento lo que siento, peco. Y es muy fino el límite entre sentir y consentir, es decir, es difícil determinar cuando la voluntad asiente en este pecado.

Creo que en este caso, podemos llevar el ejemplo a tentaciones de otros pecados y ver los límites que pongo en ellos para también aplicarlos a la tentación de envidia. Por ejemplo, cuando estoy tentado contra la pureza, lo aconsejable es huir, es decir, desviar el pensamiento a otra cosa apenas se presente la tentación. Lo mismo con las tentaciones contra la fe: huir. Huir apenas se presente la tentación, empeñar la inteligencia en otro pensamiento para evitar por todos los medios entretenerme en ellos y finalmente consentir.

Hay otras tentaciones en las que la razón, ahondando en la misma tentación hará luz y fácilmente se desvanecerá la misma. Por ejemplo con la vanidad. Cuando se presenten pensamientos de superioridad, mi razón puede hacer entender que todo se lo debemos a Dios y que por mérito propio nada tenemos sino pecados y deudas hacia Su Persona. La envidia la podemos poner en este tipo de actuación ante las tentaciones: apenas se presente la tentación de envidia, mi razón debe hacerme entender que todo el bien que pueda mi prójimo poseer es para la salvación de su alma, y que por esa alma, nuestro Señor dio Su Vida, por lo que no existe motivo más grande que el estar alegres por el bien de otro. Podríamos decir que es poco confesado porque es poco reconocido.

Y en segundo lugar, también podemos afirmar que una de las causas de que sea poco confesado es que hace falta tener humildad para aceptar que uno padece este tipo de tentaciones y otro poco más de humildad para confesarlo luego de haberlo cometido, ya que es el pecado que atenta directamente contra el amor propio, es el que más vergüenza da. Es el pecado que al aceptarlo me hace reconocer que creí ser inferior a otro, y eso es lo último que el ego quiere reconocer.

Adentrándonos en materia, podemos decir que la envidia tiene pecados derivados, o hijas, como dice Santo Tomás en el artículo 4 de la cuestión 36 de la parte arriba citada, y señala entre ellas señala cinco: la murmuración, la difamación, la alegría en la adversidad del prójimo,

la aflicción por su prosperidad y por último el odio. Cada una de estas “hijas” corresponde al proceso de la envidia:

“Al principio, en efecto, hay un esfuerzo por disminuir la gloria ajena, bien sea ocultamente, y esto da lugar a la murmuración, bien sea a las claras, y esto produce la difamación. Luego quien tiene el proyecto de disminuir la gloria ajena, o puede lograrlo, y entonces se da la alegría en la adversidad, o no puede, y en ese caso se produce la aflicción en la prosperidad. El final se remata con el odio, pues así como el bien deleitable causa el amor, la tristeza causa el odio”.

Creo que vamos haciéndonos un poco de luz en el tema. Estemos atentos y no dejemos de tener presente esta carga pesada con la que el alma vuela muy bajo o no vuela. Recordemos que la tristeza es una de las armas del demonio. Fue la envidia una de las causas de su caída, junto con la desobediencia posterior, por lo que deben ser sus tentaciones predilectas. Envidia que fue germen de odio, y odio que es lo más opuesto que existe a la caridad, y el santo (al que todos aspiramos ser) solo tiene permitido odiar el pecado.

En relación a los niños no están exentos ellos de padecer este tipo de tentaciones, e incluso por su misma inocencia se les note mucho más cuando la padecen. En cambio los mayores, somos expertos actores cuando se trata de ocultar este pecado.

El remedio contra este pecado es la humildad. Inculcarla desde pequeños con el ejemplo y con las palabras, valorándola en otros, etc., es como una suave llovizna o un oportuno rocío que va regando el alma del niño.

Un detalle a tener en cuenta en mis deberes de caridad hacia al prójimo, es que debo estar atento al bien de ellos. El bien de ellos puedo practicarlo con las obras de misericordia tanto espirituales como materiales y también, evitándole males. Evitar esos males consiste por ejemplo, cuando la mujer honesta evita llamar la atención de los hombres vistiendo modestamente. Así, nosotros, podemos evitar despertar la envidia en otros prescindiendo de contar nuestras mil batallitas una y otra vez, mostrar nuestras fotos y pregonar lo excelente de lo que hemos vivido en las últimas vacaciones, etc., etc. Esta consideración y exquisito trato hacia el prójimo, además de ayudarme en mi humildad, hará que mi compañía sea estimada por los demás. ¿Quién no se aburre de tener al lado alguien que habla solo de lo suyo y no se interesa en lo más mínimo por quien le rodea?

Pidamos al Espíritu Santo que nos dé el conocimiento de nosotros mismos como pecadores y conocimiento de la alta dignidad a la que hemos sido llamados. Preparemos bien las confesiones, acudamos a ella con frecuencia y tengamos el alma lo mejor dispuesta posible para que Dios obre en ella A SUS ANCHAS!

Mi blog "Educación, ¿y por qué no?" 

Soy argentino, tengo 44 años, estoy casado y tengo tres hijos y actualmente resido en Madrid. He dedicado la mayor parte de mi vida al mundo de la educación, he dado clases a niños desde Primero de Primaria hasta los últimos cursos de Bachillerato. Los últimos 8 años de mi labor profesional lo he desarrollado en la dirección de Colegios Católicos.

Facundo Delpierre, es autor, editor y responsable del Blog Educación y ¿por qué no?, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com