Jueves, 15 Octubre 2015 00:00

Los pecados capitales: la gula

Escrito por

Queridos amigos,

Nuevamente juntos.

En los artículos anteriores vimos cuatro de los siete pecados capitales: la soberbia, la avaricia, la pereza y la envidia, desarrollándolos en ese orden.

Continuaremos avanzando para terminar su desarrollo y, de esta manera, la introducción que pretendíamos a esta materia, por lo que nos restarían ver: la gula, la ira y la lujuria.

En primer lugar hablaremos de la gula y para ello nos remitimos a la definición tomista según la “Suma” donde se nos dice:

“No es gula toda apetencia de comer o beber, sino sólo la desordenada. Y llamamos apetencia desordenada a la que se aparta del orden de la razón, en el cual consiste el bien de la virtud moral. Por eso llamamos pecado a lo que se opone a la virtud. Así, es evidente que la gula es pecado.” (S.T. II-II C.148 Art.1 in C.)

Es decir, que la gula es la apetencia desordenada de comer y beber. Y nos podemos preguntar: ¿qué es lo ordenado según la razón, para obrar según ella y así evitarnos pecar? A lo que nos contesta santo Tomás en otro de sus escritos lo siguiente:

«La regla de la razón es que el hombre se alimente cuanto es necesario para el sustento del cuerpo, de la buena salud y de la convivencia social» (De Malo q.14 a.1 ad 1).

Con el conocimiento claro de lo que es la gula, queda entonces el criterio de cada uno en cuanto al momento en que esta apetencia se desordena o no.

Pero esta apetencia tiene varias facetas, es decir que podríamos pecar de gula no solo por la cantidad, sino en cuanto exigimos una refinada calidad (manjares exquisitos dice santo Tomás), y también teniendo presente cuándo y cómo comamos, es decir, si no es en el momento oportuno (por ejemplo cuando rompo el ayuno eucarístico y como dentro de la hora anterior a la comunión sacramental exigido por los preceptos de la Iglesia; o cuando por comer o beber desatiendo obligaciones o falto a la caridad a otros), y en otras circunstancias que nos indica santo Tomás y aquí les expongo:

“Como ya dijimos, la gula lleva consigo una tendencia desordenada a tomar comida. Ahora bien: en el acto de comer se distinguen dos partes: el alimento que se toma y el acto de tomarlo. Por ello, puede haber desorden en el deseo bajo un doble aspecto. En primer lugar, respecto del alimento que se toma. En cuanto a la clase o sustancia del alimento, lo deseamos bueno, estimable (en demasía); en cuanto a su calidad, exigimos una preparación demasiado esmerada; en cuanto a la cantidad, nos excedemos comiendo demasiado. En segundo lugar, podemos considerar el desorden del deseo en el mismo acto de tomar el alimento; haciéndolo de prisa, es decir, adelantando la hora de tomarlo, o con voracidad, es decir, no observando la debida moderación en el comer.” (S.T. II-II C.148 Art.4 in C.)

También puede darse el caso de que este pecado sea mortal, y explica santo Tomás:

“Esto sucede cuando el hombre toma el deleite propio de la gula como fin que le hace despreciar a Dios, por estar dispuesto a obrar en contra de los preceptos divinos con tal de conseguir este deleite.” (S.T. II-II C.148 Art.2 in C.)

Una vez visto este pecado, su definición y distintas circunstancias del mismo, creo que vale la pena también hacer hincapié en las consecuencias de este pecado.

Por un lado podemos decir que, junto a la lujuria, se opone a uno de los dones del Espíritu Santo correspondiente a la Fe, que es el don de Entendimiento, ese don que nos permite conocer íntimamente las cosas de Dios, como dice Santo Tomás:

“Pero sucede que la luz natural de nuestro entendimiento es limitada, y sólo puede penetrar hasta unos niveles determinados. Por eso necesita el hombre una luz sobrenatural que le haga llegar al conocimiento de cosas que no es capaz de conocer por su luz natural. Y a esa luz sobrenatural otorgada al hombre la llamamos don de entendimiento.” (II-II C.8 Art.1 en Soluc.)

Y es contra esa luz sobrenatural que Dios nos da para conocerle y posteriormente amarle, contra la que actúa este vicio de la gula junto con la lujuria. Escuchemos las razones que alega santo Tomás:

“Ahora bien, los vicios carnales, es decir, la gula y la lujuria, consisten en los placeres del tacto, o sea, el de la comida y el del deleite carnal, los más vehementes de los placeres corporales. De ahí que por estos vicios se decida el hombre con resolución en favor de lo corporal, y, en consecuencia, quede debilitada su operación en el plano intelectual. Este fenómeno se da más en la lujuria que en la gula, por ser más fuerte el placer venéreo que el del alimento. De ahí que de la lujuria se origine la ceguera de la mente, que excluye casi de manera total el conocimiento de los bienes espirituales; de la gula, en cambio, procede el embotamiento de los sentidos, que hace al hombre torpe para captar las cosas.” (S.T. II-II C.15 Art.3 en Soluc.)

Por otro lado, quien sabe contenerse de ellos haciéndose dueño de sí mismo, logra con los ayunos, la vigilia, etc. un espíritu de mortificación que prepara y predispone el alma, como tierra bien abonada, para recibir y hacer fecundas la semillas de verdad que en ella caigan por medio de las gracias que Dios disponga. Así también lo dice Santo Tomás en su “Suma” inmediatamente después del párrafo recién citado:

“A la inversa, las virtudes opuestas, es decir, la abstinencia y la castidad, disponen extraordinariamente al hombre para que la labor intelectual sea perfecta.” (S.T. II-II C.15 Art.3 en Soluc.)

Entremos ahora en concreto a la educación de los niños. Podemos hacer una similitud entre el deseo causado por los dulces (no me refiero al hambre ni al apetito como instinto básico de supervivencia, sino al capricho de chuches), que siendo un deseo superficial no es necesario satisfacer ni tiene consecuencias ni secuelas graves (ni leves generalmente), y comparamos ese deseo con determinadas inclinaciones malas que por temperamento o culpa propia tengo, como hablar de más, interrumpir, ser impuntual, pensar mal de los otros, etc, etc., y cualquier tipo de tentaciones que se pueda tener. Si ejercito el rechazar ese deseo concreto de comer dulce para que sea el niño dueño de sí mismo, podrá disponer de herramientas para enfrentar otro tipo de tentaciones.

Sabemos por el contrario, que los “niños de mamá”, como solemos apodarlos, son sumamente caprichosos porque desde pequeños no se les ha negado nada y de esta manera no han podido ejercitar esa negación a los “reclamos” que su propio gusto o capricho le hacen.

Negar cosas lícitas a los hijos por bienes superiores no es que esté mal, es que es obligatorio, ya que sería imposible educarlos bien si no lo hiciéramos así. No tengamos miedo ni dejemos que la compasión o lástima sea cómplice de la mala educación; eduquemos sabiendo que los niños están llamados (igual que nosotros) a la santidad, y que esta santidad se logra con dos realidades que se cruzan: la indispensable gracia de Dios por un lado, y una voluntad férrea que quiera lograrla.

Es importante no olvidarse que la educación es una tarea de años. Reflexionemos cuánto nos cuesta a nosotros mismos que incluso sabemos cómo debemos hacer el bien, para comprender cuánto más les costará a los niños quienes no tienen la conciencia formada, y, siendo irreflexivos, son proclives a la imprudencia con todo lo que ello conlleva.

Como sugerencia les dejo esta página web, para que la disfruten. Pinchar aquí 

Y nos vemos, Dios mediante, en una nueva entrega, donde hablaremos de alguno de los dos pecados capitales que nos quedan por comentar: la ira y la lujuria.

¡Un fuerte abrazo en Cristo y Su Madre!

Mi blog "Educación, ¿y por qué no?" 

Soy argentino, tengo 44 años, estoy casado y tengo tres hijos y actualmente resido en Madrid. He dedicado la mayor parte de mi vida al mundo de la educación, he dado clases a niños desde Primero de Primaria hasta los últimos cursos de Bachillerato. Los últimos 8 años de mi labor profesional lo he desarrollado en la dirección de Colegios Católicos.

Facundo Delpierre, es autor, editor y responsable del Blog Educación y ¿por qué no?, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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