Martes, 19 Enero 2016 00:00

La Ira

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Queridos amigos, antes que nada, les deseo que este año que comienza esté repleto de gracias y bendiciones.

Aunque ya vamos terminando nuestro caminar por este repaso por los pecados o vicios capitales, nos queda aún un último esfuerzo. Este último esfuerzo significa, en primer lugar, terminar con el pecado o vicio capital de la ira que comenzamos en el artículo anterior, y, por último, darle un vistazo al último pecado de la lista: la lujuria.

Comencemos pues.

Nadie duda de que absolutamente todos los actos de nuestro Señor en la tierra mientras vivió, desde su nacimiento hasta la muerte en cruz, fueron convenientes a recta razón y por tanto, buenos y habituales, por tanto virtuosos, y, asimismo, en su máxima expresión, perfectos. Por ello, podemos decir que hallamos virtud incluso cuando nuestro Señor utiliza la violencia según nos relata san Juan en el capítulo 2 del versículo 13 al 17: 

“La Pascua de los judíos estaba próxima, y Jesús subió a Jerusalén. En el templo encontró a los mercaderes de bueyes, de ovejas y de palomas, y a los cambistas sentados (a sus mesas). Y haciendo un azote de cuerdas, arrojó del templo a todos, con las ovejas y los bueyes; desparramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas. Y a los vendedores de palomas les dijo: “Quitad esto de aquí; no hagáis de la casa de mi Padre un mercado”. Y sus discípulos se acordaron de que está escrito: “El celo de tu casa me devora”.

Vemos como ejemplo el profundo celo de Cristo por la casa de su Padre, que lo llevó a desparramar las mesas de los mercaderes que invadían el templo de Jerusalén, y solo podemos imaginarnos ese santo celo de nuestro Señor con un rostro serio y movimientos violentos, desparramando con un látigo mesas, jaulas y monedas que convertían el templo sagrado en lugar de mercadeo.

Santo Tomás también alude la posibilidad de ira en Cristo, y en la Suma se lo pregunta en el artículo 9 de la cuestión 15 de la tercera parte contestando:

“[…] Pero otras veces el deseo de venganza está libre de pecado, siendo incluso laudable, por ejemplo, cuando alguien desea la venganza conforme al orden de la justicia. Y tal deseo es lo que se llama ira por causa del celo, pues dice Agustín, que es consumido por el celo de la casa de Dios aquel que desea corregir todo lo malo que ve; y que, cuando no puede corregirlo, lo tolera y lo deplora. Y ésta es la ira que tuvo Cristo”. (III C.15 a.9 en Soluc.)

Y, ¿cómo educar la ira?, se preguntará alguno. Antes que nada confirmando el deber ser, es decir, si la virtud es obrar reiteradamente de forma natural conforme a razón, debe el niño conocer antes que nada qué está bien y qué está mal y en este caso, es el juicio de los padres la principal luz en esas inteligencias, y esto por un doble motivo: 

Primero porque ansían saber y, la inteligencia, naturalmente inclinada a conocer, halla gozo en las verdades descubiertas. Pero muchas de esas verdades son inaccesibles a los niños y no debemos perder la oportunidad de fundamentarlas, principalmente las referidas a fe y moral, conforme al magisterio. Por ejemplo: “Papi, ¿hay que ir a misa todos los domingos?” Esta simple pregunta posee una sola respuesta conforme al magisterio (sin entrar en casuística) y millones distintas conforme a criterios personales. Los niños son verdaderas “esponjas” que captan con gran deseo esas verdades que buscan; no perdamos la oportunidad de educar rectas conciencias.

En segundo lugar, porque a determinadas edades, la autoridad de los padres es la máxima referencia posible a seguir, y es la confianza ciega en ellos la que permite que esas inteligencias se amolden al juicio moral paterno y materno con humildad y docilidad.

Por estos dos motivos, los padres tienen la grave responsabilidad de tener un claro juicio respecto del bien y del mal moral y en orden a la educación espiritual en cuestiones de fe, también. Aconsejo para esta magna responsabilidad hacer lo que los grandes y santos pensadores de la historia han hecho: fiarse completamente del juicio de la Madre Iglesia, por lo que en primer término deben conocer los padres el catecismo de la Iglesia católica de una forma profunda y completa, o al menos, conocer todos los temas que allí se manejan y recurrir con confianza plena sabiendo que nuestro juicio puede descansar con profunda tranquilidad en esas verdades.

Y en segundo lugar, para educar la ira, debemos fomentar la virtud de la mansedumbre en tanto que ordena los excesos de la ira, y por tanto, también la virtud de la cual ella depende, que es la templanza:

“la mansedumbre designa cierto freno en el obrar, ya que la […] mansedumbre reprime la ira, como ya dijimos (a.1.2). Por eso […] se relaciona con la templanza como virtud principal, es decir, son partes suyas”. (II II C.157 a.4 en Soluc.)

Deben los padres conocer a sus hijos, no aplicar un mismo molde para educarlos ya que hay muchos factores subjetivos que potencian, distorsionan o impiden que lo enseñado en uno sea realmente educativo en otro. Así en algunos temperamentalmente muy pasivos, cuando la ira hizo acto de presencia, sería contraproducente no encauzarla creyendo que enfadarse siempre está mal. Por el otro extremo, cuando en un niño que por todo se enfada desde pequeño no comenzamos a poner las cosas en su sitio, terminará siendo un tirano con pocos años de vida haciendo insoportable su presencia a amigos, familiares y compañeros.

Ánimo, hermanos, la educación tiene gran dosis de ciencia, otro tanto de arte e incluso un poco de técnica. No dejemos a la improvisación los fundamentos morales y de fe que debemos conocer en concordancia con la Iglesia, ni tampoco estructuremos “inflexiblemente” cada paso que dar en la educación de nuestros hijos. Pero sobre todo, pidamos y confiadamente esperemos que Dios y su hermosa Madre nos ayuden en la obra más importante que tenemos como familia. Y este pedir debe ser un pedir con inteligencia, sabiendo lo que pedimos: 

“Pedís y no recibís, porque pedís mal”. (Santiago 4, 3)

Y en el caso de la educación de los hijos, ¿qué pedir? Además de conocer lo que enseñamos de acuerdo a la Iglesia, pidamos una gran dosis de paciencia, constancia, etc., pero por sobre todo pidamos lo principal: la conversión de nuestros hijos. Y será la inhabitación trinitaria la que vaya obrando con una fuerza arrolladora en las almas de nuestros hijos.

Debemos, además de pedir esa conversión y hábito de vida en gracia como padres, no solamente promover las virtudes sino que debemos preservarlos de las ocasiones próximas y de las que somos responsables, para evitar a toda costa los pecados que hieren e incluso matan esa presencia divina en cada uno de nosotros.

Terminamos este vicio restándonos, para terminar este breve pantallazo por los vicios o pecados capitales, el de la lujuria, que veremos, Dios mediante, en la próxima entrega.

Una simple tarea les propongo. Miren y observen detenidamente el índice del catecismo de la Iglesia católica (en papel o por internet si no lo tienen), a fin de que confirmen o descubran la cantidad de temas que trata y de los cuales muchas veces nos pronunciamos sin los fundamentos necesarios e incluso erróneamente.

¡Que Dios nos bendiga!

Conscientes de que el Espíritu Santo está siempre con nosotros, mientras vivamos en estado de gracia santificante, debemos pedirle con frecuencia la luz y fortaleza necesarias para llevar una vida santa, sabiendo que la gracia opera cuando no hay resistencia de nuestra parte, y puede existir, muchas veces de manera escondida, un aferramiento a nuestras propias ideas que impiden que la inteligencia se conforme dócilmente a las verdades de fe y moral promulgadas por el magisterio de la Iglesia y por tanto, un obstáculo para que Dios opere todas sus maravillas en nuestras almas.

Mi blog "Educación, ¿y por qué no?" 

Soy argentino, tengo 44 años, estoy casado y tengo tres hijos y actualmente resido en Madrid. He dedicado la mayor parte de mi vida al mundo de la educación, he dado clases a niños desde Primero de Primaria hasta los últimos cursos de Bachillerato. Los últimos 8 años de mi labor profesional lo he desarrollado en la dirección de Colegios Católicos.

Facundo Delpierre, es autor, editor y responsable del Blog Educación y ¿por qué no?, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com