Cómo pasa el tiempo...

Siguiendo la gran metáfora que ha utilizado Bauman para describir la sociedad actual, podemos decir que el tiempo se ha hecho líquido.

El tiempo de la sociedad actual fluye como siempre lo ha hecho pero la posmodernidad es capaz de estirarlo, acortarlo, pararlo, duplicarlo, capturarlo… O al menos eso dicen.

Como imagen plástica se podría utilizar la de los relojes blandos del genial Dalí, quien los sitúa en ese paisaje imaginario de las playas de Cadaqués queriendo manifestar cómo él entendía La persistencia de la memoria. Tiempo y espacio se funden y se confunden, lo contemporáneo estriba en las intrincadas conexiones de ambos, entrelazados por la técnica y con la mirada siempre puesta en alcanzar mayores velocidades reduciendo los espacios. Uno de los grandes sueños del hombre, escapar a las coordenadas espacio temporales. Al fin  y al cabo, abrir la puerta al infinito.

Quizás podamos pensar que todo esto se produce en los laboratorios, en las grandes empresas tecnológicas o en sesudos paradigmas filosóficos o sociológicos. No es así, ciertamente en esos ámbitos muchas veces es prioritario, pero la vida cotidiana, la experiencia de cada día nos ha habituado tanto a estos fenómenos que si no somos capaces de parar y observarlos, pueden pasar totalmente desapercibidos.

Giddens lo ejemplifica con el dinero, concretamente con el préstamo. Un préstamo para el consumo es, al fin y al cabo, una manera de atrapar el tiempo: el dinero que te hubiera costado un tiempo reunir para poder comprar, el préstamo te lo proporciona de golpe, puedes disfrutar inmediatamente de algo que el recurso al ahorro hubiera alargado. Se ha contraído el tiempo. Pero también podemos apreciarlo en los viajes: debido a los medios de transporte y la rentabilidad de determinadas líneas de avión, puede estar más cerca (en tiempo) de cualquier gran ciudad europea Nueva York que un pequeño pueblo a 200 kilómetros al que haya que llegar en coche. Se ha contraído el espacio.

La inmediatez es la constante que rige el destino de tantos y tantos avances tecnológicos y de numerosas pautas de vida. La satisfacción ipso facto de cualquier necesidad o deseo es ley que marca tantas veces al sujeto posmoderno, a ese individuo que poco a poco va perdiendo la capacidad de esperar, de aguantar, de contemplar. Es cierto que los avances técnicos y sociales que nos permiten la contracción espacio-temporal están aportando a nuestras vidas grandes posibilidades de crecimiento y desarrollo humano pero no es menos seguro que están reconfigurando a pasos agigantados lo que significa ser “humano” y cómo lo expresamos.

La sociedad posmoderna, esa del constante cambio, de la velocidad y la mutación siempre en marcha, necesita ser empapada de ese tiempo en el que el ser humano es capaz de esperar e incluso es capaz de contemplar. En este proceso que debemos plantear como una necesidad urgente del hombre de hoy, la familia aparece una vez más como clave fundamental de contrapeso humanizante.

Dicho de una manera muy simple y llana, que puede ser calificada de simplista y incluso de parcial, la familia es lo contrario al perpetum móbile contemporáneo. No lo es por ser la familia una realidad social reaccionaria o por tener vocación de freno social ante un supuesto progreso liberador. No. Es lo contrario porque la familia es el espacio propio del don y éste, tantas veces, requiere un tiempo paciente y generoso, un tiempo ajustado a las necesidades objetivas de desarrollo de cada uno de sus miembros.

El tiempo es necesario para llegar a una experiencia del otro que sea suficiente para el compromiso de vida, el tiempo es imprescindible en la gestación del nuevo ser humano, tiempo es el que siempre falta en la educación de los hijos, largos años van fraguando el amor esponsal que puede llegar a la entrega absoluta por el otro… La historia familiar está tejida de tiempos familiares que se cruzan y se unen, que se funden y se difunden. El tiempo es el crisol en el que la entrega generosa va haciendo crecer las virtudes personales, familiares y sociales, las identidades humanas individuales y colectivas, las relaciones que van a configurar los espacios vitales…

La familia puede y debe ser un espacio para la reflexión, para plantearse y responder a las grandes cuestiones de la vida. Esas cuestiones que al hombre contemporáneo le cuesta tanto hacerse. Por un lado porque la rutina y la velocidad a la que vive se lo ponen muy difícil, pero por otro porque, ¿quién le va a responder? Más aún, ¿quién le va a acompañar desde la sinceridad y la confianza en el arriesgado camino que se puede abrir tras su contestación? Las relaciones familiares son capaces de abrir esos tiempos de diálogo y espera, de acompañamiento y consuelo.

Igualmente, la familia nos proporciona momentos únicos para la contemplación de la vida naciente, del esfuerzo desinteresado, de la belleza de otro… El ser humano necesita pararse para contemplar porque ese es el camino que puede llevarlo a la admiración por lo creado, por el inmenso don que supone ser, y ser para los demás.

Javier Ros

Mi blog "Familia, ¡sé lo que eres!"

Nací en Valencia (España) en 1972, estoy casado y soy padre de 5 hijos. Junto con esta tarea fundamental, que es mi familia, soy profesor en la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” y en el Instituto Pontificio Juan Pablo II (sección española), así como profesor en la Escolanía de Ntra. Sra. De los Desamparados de Valencia.

Siendo importantes el doctorado en Sociología, la licenciatura en Geografía e Historia y la diplomatura en Ciencias Religiosas, el máster en Ciencias del matrimonio y la familia del Pontificio Instituto Juan Pablo II ha sido la pieza clave en mi formación. Desde la perspectiva de familia se abre un campo interesantísimo y urgente en la construcción de una sociedad más humana y una Iglesia más cercana.

Javier Ros Codoñer es autor, editor y responsable del Blog Familia, ¡sé lo que eres!, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

Más en esta categoría: « Medios de comunicación sí, pero...

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar