Quien se sorprende, aprende

Hablábamos hace poco de la gran importancia que tienen el asombro y la sorpresa para el desarrollo personal y social. Sin ellos se hacen imposibles las preguntas por el propio ser y los elementos decisivos que llevan a buscar respuestas, a luchar por metas en la vida y, sobre todo, a vivir en el ámbito de los dones recibidos.

El asombro ante la realidad nos permite percibirnos verdaderamente. Somos criaturas colmadas de tantos bienes: la propia vida, las personas que nos quieren, la creación, la sociedad en la que vivimos con gran cantidad de cosas de las que disfrutamos sin apenas haber hecho nada…

Pero la capacidad de asombrarnos ante la realidad necesita ser puesta en activo. Aunque no hay hombre que no sea capaz de asombrarse ante las maravillas que le rodean, si no se crece en una esfera de relaciones que la propicien, esta capacidad, la de asombrarnos, no se desarrolla. Más aún en ambientes como en los que nos movemos, donde la inmediatez y el fácil acceso a tantas cosas ayudan más bien poco a que nos asombremos con cierta facilidad.

Un medio eficaz para su desarrollo es la sorpresa. Educar en la sorpresa es clave para poder entrar de un modo certero en la realidad. Tras más de 20 años en la docencia observo un fenómeno curioso. Cuando los niños llegan a la escuela en Infantil, incluso en los cursos iniciales de Primaria, poseen muchas ganas de aprender, cualquier cosa les llama la atención. Son capaces de observar durante un buen rato una fila de hormigas o destripar un juguete para ver cómo funciona… No cesan de preguntar- la famosa etapa de los “por qués”... Sin embargo, cuando llegan a la educación Secundaria en casi todos ellos esta actitud ha desaparecido, incluso más allá de lo propio de los cambios evolutivos de la edad. Parece que entre familia y escuela hemos matado la capacidad sorpresiva de los niños y adolescentes.

Estoy convencido de que este proceso es uno de las claves para entender el fracaso en la educación. Los preadolescentes y los adolescentes carecen casi por completo de la capacidad de sorprenderse; lo tienen casi todo a su alcance, todo está programado y burocratizado. ¡Hasta su tiempo libre! Si queremos mejorar en la capacidad de aprender de nuestros hijos, es necesario recurrir más a la sorpresa y menos a las pantallas.

En la infancia es muy importante poner a los niños en situaciones de sorpresa que les faciliten el asombro y por tanto, que generen en ellos tanto la admiración como la bendición por el don recibido. Así irán brotando las preguntas que harán crecer las distintas dimensiones personales, más allá de lo meramente cognitivo. No hace falta dar tanta información a los niños: la sorpresa preparada se les presenta de repente o tras generar expectativas. Una cena especial, una visita al zoo, un paseo por la playa de noche (que suele acabar con todos en el agua), escalar una montaña, una visita a alguien especial… ¡son tantas las cosas con las que sorprender a los niños!

Si bien es cierto que en la adolescencia la cuestión se vuelve más complicada, no debemos tirar la toalla. Si venimos de una infancia en la que hemos pasado tiempo con nuestros hijos, si hemos vivido en la dinámica del asombro con ellos, esta tarea es mucho más fácil. Sabemos qué les gusta, sus centros de interés, aquellos recovecos por los que entrarles. Si no ha sido así, nunca es tarde, aunque eso sí, será más arduo. Pero aun así, hay que sembrar a tiempo y a destiempo. Una tarde de cine, una excursión arriesgada, una “locura” (como ir y volver en un día a un lugar lejano por algo que al hijo le entusiasma)...

Evidentemente sorprender supone preparar dicha sorpresa, lo que ya de por sí es un acto de entrega, de amor; se piensa en el otro, en lo que puede agradarle, en lo que puede ayudarle,… , y este don incondicional sabemos que siempre es creativo. No es cuestión de tener o no tener tiempo, que también; sobre todo es cuestión de encontrar momentos y cosas sorprendentes. Para ello, la imaginación del amor que se entrega no tiene límites.

De este modo, la escuela, que participa de las características educativas de la familia, debe entrar imprescindiblemente en este camino. Aquí el maestro es la piedra angular porque si es un apasionado de su profesión y de las materias que imparte, fruto de su admiración por ellas, es casi inevitable que vaya creando o haciendo crecer en sus alumnos la sensibilidad que les lleve a admirarse y sorprenderse. Sorpresa ante los relatos históricos, ante una fórmula matemática, ante una obra de arte o las virguerías del cuerpo humano. De ahí surgirán elementos que mejoren las relaciones profesor-alumno así como la sorpresa y asombro que conducen al aprendizaje verdaderamente significativo.

Javier Ros

Mi blog "Familia, ¡sé lo que eres!"

Nací en Valencia (España) en 1972, estoy casado y soy padre de 5 hijos. Junto con esta tarea fundamental, que es mi familia, soy profesor en la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” y en el Instituto Pontificio Juan Pablo II (sección española), así como profesor en la Escolanía de Ntra. Sra. De los Desamparados de Valencia.

Siendo importantes el doctorado en Sociología, la licenciatura en Geografía e Historia y la diplomatura en Ciencias Religiosas, el máster en Ciencias del matrimonio y la familia del Pontificio Instituto Juan Pablo II ha sido la pieza clave en mi formación. Desde la perspectiva de familia se abre un campo interesantísimo y urgente en la construcción de una sociedad más humana y una Iglesia más cercana.

Javier Ros Codoñer es autor, editor y responsable del Blog Familia, ¡sé lo que eres!, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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