¿Enamorada de tu hijo?

El otro día me ocurrió un suceso que me dio qué pensar. Estaba en casa de unos conocidos y esperábamos a una amiga con sus hijos. La casa era preciosa, muy grande y espaciosa. Un “chaletazo”, vamos. Al llegar nuestros amigos y abrirles la puerta, el niño, de 7 años, me dice en plan chulito: “¿Esta casa es tuya? ¿cuánto te ha costado? Porque esto vale una pasta, seguro. ¿tan rica eres?”. Su madre ni se inmutó; yo estaba flipada…

Le contesté que no era mía y no le di más explicaciones. Le dije que fuera al jardín con mis hijos a jugar un rato, con la idea de que nos quedáramos tranquilos los mayores. Al cabo de un buen rato la madre nos comentó lo ideales que eran sus niños, especialmente el chico (el de las preguntas), que era un niño tan dulce y tan bueno que ella estaba feliz. Yo no daba crédito a lo que oía, pues la entrada del niño de dulce e ideal no tenía nada, pero entendí el porqué de ese comportamiento: su madre adora a sus hijos y todo lo que hacen le parece bien.

Y es que todas las madres estamos, más o menos, enamoradas de nuestros hijos. Y eso es uno de los mayores errores que podemos cometer. Nos tenemos que enamorar de nuestro marido, pero no de los hijos. Porque eso hace daño tanto a uno como a los otros. Al marido, porque le dejamos de lado sin saberlo y eso, a la larga, dificulta el buen funcionamiento del matrimonio, y a los niños porque dejamos de ser objetivos con ellos, nos volvemos permisivos y, generalmente, les súper protegemos. Y no nos damos ni cuenta.

Todos sabemos que esta es la generación de los niños súper protegidos. Nos lo dicen en el cole, nos lo recuerdan a todas horas y somos muy conscientes del daño que esto supone. Pero quizás no nos damos cuenta de que, de un modo u otro, todos tenemos que mejorar en esto. Nuestra sociedad nos influye tanto en este campo que, aunque pensemos que educamos genial, seguro que podemos descubrir algún detalle en el que proteger menos a nuestros hijos. Yo la primera.

Empecemos a ponernos el termómetro. Un buen modo de medir nuestro enamoramiento del pequeño es ver cómo reaccionamos cuando corrigen a uno de nuestros hijos. Por ejemplo, en el colegio, o una amiga en el parque, o un familiar. O simplemente cuando nos cuentan que ha hecho algo mal. Si nos molesta, nos enfadamos, nos cuesta aceptarlo, buscamos ante todo una excusa o un motivo de su comportamiento, echamos la culpa a otros o incluso buscamos errores peores en los demás hijos, mala cosa.

Es normal que nos cueste que no se porte bien, pero si de verdad conocemos a nuestro hijo y no estamos excesivamente enamorados de él, entenderemos que es capaz de portarse mal y que es normal que se le corrija.
Y ahora que aceptamos que en algo podemos cambiar, vamos a detenernos en varios aspectos de su educación:

Autonomía. Lo contrario de súper protección es autonomía. Párate a pensar en los momentos en los que tú haces cosas que podría hacer tu hijo por sí mismo. Los niños maduran en la medida en que se les deja crecer y enfrentarse a la vida y si se les da todo hecho ese crecimiento se atrofia. Y eso supone que se equivoquen, que nos ensucien, que tarden un montón, que nos desesperemos…. pero les ayudamos a crecer. Un pequeño ejemplo: ¿quién lleva la mochila a la vuelta del colegio? Porque es gracioso ver a las madres “percheros” mientras los niños, a su lado, van ligeros de peso. Que lo haga él. Dale cada vez más encargos. Pasa de ser “madre-que-lo-hace-todo-fenomenal” a “madre-que-supervisa”. Y verás lo mayor que se hace tu hijo y, además, cómo se reducirá tu nivel de estrés.  

Resolución de conflictos. Deja a tu hijo que aprenda a solucionar sus problemas. Dale las herramientas pero déjale que se enfrente a la vida. Por ejemplo, si en el cole un niño le fastidia, no vayas a hablar con la madre sino enseña a tu hijo a evitar a ese niño y a defenderse. Si no se entiende con el tutor no vayas a dirección a quejarte, sino enséñale a ver lo positivo que tiene ese profesor y cómo puede evitar conflictos con él. Hemos de ser conscientes de que la vida es muy dura y que cuando sea mayor no tendrá a mamá para que le allane el camino. Tiene que aprender desde muy pequeño que “ante los problemas, soluciones”.

Esfuerzo y sufrimiento. Una vez leí en un libro que es muy bueno que los niños pasen hambre, sed, frío y calor. Y me chocó, la verdad. Pero tiene razón. Para ser fuertes y para madurar tienen que aprender a “sufrir”. No pasa nada por tener sed un ratito: “cuando lleguemos a casa, beberás todo lo que quieras”. O que le duela un golpe jugando: “entiendo tu malestar, pero intenta no quejarte y seguir con el juego que luego te pondré una pomada”. Si por la calle se queja de hambre o sed, evita ir al supermercado. Es mejor decirle que no pasa nada por pasar un poco de hambre y entretenerle con un juego o un cuento para hacérselo más llevadero.

Aprender a esperar. El niño inmaduro lo quiere todo y lo quiere ahora mismo. Y su madre, para que se calle y no le ponga la cabeza como un bombo, se lo da. Pues no; aguanta el tirón y enséñale a esperar. Que le hace ilusión un juguete, pues “recuérdamelo cuando sea tu cumpleaños y te lo regalamos”. Que quiere que le escuches mientras hablas con otra persona: “espera un poco y luego te atiendo”. Que quiere enseñarte algo mientras estás ocupada: “estupendo, cariño, iré en cuanto pueda”, pero no vas enseguida. Es muy importante para la vida, pues quien lo tiene todo inmediatamente no valora tanto las cosas y no es capaz de soportar la frustración de no conseguir sus metas a la primera. Vale la pena.

Deciden los padres, los niños obedecen.  Qué típico es que sea el niño el que elija la comida, o el relleno del almuerzo, o el plan del fin de semana. Pero eso es un error: el hijo no ha de decidir la vida familiar, debe habituarse a obedecer y someter su voluntad a la de sus padres. Si no, al final acaba siendo un caprichoso y un inmaduro. Lo ideal es que haya una de cal y una de arena: hoy te pongo una merienda que no te gusta pero la cena sé que te encanta. Eso sí,  decido yo, tú has de aceptar lo que elige mamá. Hemos de acostumbrarnos a no preguntarles qué quieren hacer sino darles los planes hechos: “al llegar a casa te sientas a hacer deberes y cuando termines juegas un poco”. Eso de “si quieres puedes hacer….” mejor no. Y si hay que dejarle elegir, dale dos opciones: “¿qué quieres, chicle o chupa-chup?”, así les simplificas las cosas y le ayudas dándole seguridad.

Y hay más campos en los que podríamos protegerles menos, pero ya no me quiero alargar. Lo que sí que os propongo es que os paréis a pensar en los puntos fuertes de madurez de cada uno de vuestros hijos y en los campos en los que penséis que debe mejorar. Y en esas facetas, darle autonomía y dejar de protegerle. Al principio se quejará porque es muy cómodo y fácil que mamá me lo haga todo y me deje hacer lo que yo quiera, pero veréis cómo con el tiempo se siente más seguro y más feliz con menos protección de mamá.

María de Selva

Economista por la Universidad de Navarra. He sido profesora ayudante de Macroeconomía en la Universidad de Zurich, gerente de Aguirretel SL y documentalista de la Asociación Valenciana de Empresarios, entre otras cosas. Actualmente, soy ama de casa y madre, a tiempo completo de cinco pequeños, aunque en mis tiempos libres colaboro con distintas actividades educativas y completo mis estudios de postgrado en la UPV.

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