Harry Potter: ¿el fin justifica los medios?

Cada uno de los siete libros de la saga de Harry Potter que se han ido publicando ha sido acompañado, de una parte, de un gran éxito editorial y, de otra, de polémica y de opiniones encontradas, dentro incluso de la misma Iglesia Católica. En efecto, la división es irreconciliable entre los que ven las novelas de Joanne Rowling como inofensivas y fantasiosas aventuras de un aprendiz de brujo, y los que ven los serios peligros que pueden derivarse de su lectura.

Es obvio que la lectura de Harry Potter puede incitar a sus lectores – y de hecho les incita- a curiosear dentro del mundo de la magia y del esoterismo. Esto nadie lo puede negar, porque nos rodea una aplastante evidencia facilitada por el universal acceso a internet, para cuya más acertada navegación además, la autora ha dejado sus historias sembradas de pistas y palabras claves. Pero incluso suponiendo que a nadie le va a dar por tantear en el campo de lo “oculto” (que ya es mucho suponer), hay más pegas que ponerle a la popular colección. No pretendo con este artículo hacer un examen exhaustivo de las historias y de los problemas derivados de esta controvertida colección, pero sí señalar un punto concreto que me parece clave porque puede dañar seriamente la conciencia de los lectores de Harry Potter, en especial la de aquellos que son más permeables y vulnerables: los niños y los jóvenes.

Vamos al grano del asunto. El protagonista de estos relatos es Harry Potter, un joven que es presentado como un “héroe positivo”, es decir, que lucha por el bien y la justicia en medio de aventuras “inocentes”. El problema es que, el medio utilizado por Harry Potter en esa supuesta “lucha por el bien”, es la magia. La magia es un medio objetivamente malo y condenado por la Escritura y la enseñanza tradicional de la Iglesia, como leemos en el número 2117 del Catecismo de la Iglesia Católica: “Todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión”. La virtud de la religión es, después de las virtudes teologales, la más importante de las virtudes, porque a través de ella realizamos el primer mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. Frente a esto hay que señalar que hay un criterio fundamental a la hora de formar la conciencia de los niños, y es hacerles comprender que el fin nunca justifica los medios. Las aventuras de Harry Potter atacan decididamente este principio básico.

Nuestros niños deben comprender que, si el medio es malo, el fin no es bueno. Con un pecado no soluciono nada, al revés, lo complico todo más. Ningún aparente bien justifica un pecado mío, ni siquiera aunque ese pecado fuera a salvar la vida de una nación entera. Nada justifica un solo pecado. En cambio, Harry Potter le dice a nuestros niños todo lo contrario. Les dice que el fin justifica los medios. Les dice que si lo que queremos hacer es bueno, todo está justificado. Incluso la magia. Pero la magia – le pongamos el color que le pongamos: blanco, negro o amarillo- supone siempre la invocación a Satanás, supone entrar en relación con el “Padre de la Mentira”. Harry Potter le quita a los niños el miedo a la magia, le quita por lo tanto el miedo a entrar en relación con Satanás. Me parece un grave error, por lo tanto, presentarle como modelo, más aun cuando me dirijo a familias y educadores cristianos que tratan de transmitir la fe a sus hijos. La Iglesia Católica cuenta con miles de verdaderos modelos. Animo a padres y educadores a presentar como modelos de sus niños a los santos, y a tantos hombres y mujeres ejemplares que -gracias a Dios- nos rodean, y a no confundirles ofreciéndoles puntos de referencia que están muy lejos de ser un ejemplo de vida cristiana.

Les recuerdo el comentario del entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Cardenal Joseph Ratzinger, el 7 de marzo de 2003, en respuesta a la publicación del libro de Gabriele Kuby, “Harry Potter: ¿El bien o el mal?”, en el que la autora hace una crítica de las novelas J. K. Rowling. El Cardenal Ratzinger agradeció con estas palabras a la autora el envío de su volumen: “Es bueno que usted ilustre a la gente sobre Harry Potter, porque esas son seducciones sutiles, que actúan sin ser notadas, y de esa forma distorsionan profundamente el cristianismo en el alma antes de que pueda crecer adecuadamente”. Y les recuerdo también las declaraciones del conocido y autorizado exorcista de la Diócesis de Roma, el P. Gabriele Amorth: “Detrás de Harry Potter se esconde la firma del rey de las tinieblas, el demonio”.

No podemos ofrecer a niños y jóvenes un modelo de “héroe” que se abrace sin escrúpulos con cualquier medio, con tal de que este le permita abrazar el fin pretendido. Ante esta afirmación, quizás haya –ojalá- quien caiga en la cuenta de preguntar: “Pero entonces, no es solo Harry Potter, ¿verdad? Hay muchos más libros, películas y revistas que no deberíamos dejar en manos de nuestros hijos”. Y yo respondo: “Efectivamente”. Entiendo que esta “selección” es un trabajo muchas veces arduo para padres y educadores, pero es imprescindible.

Si yo tengo una plantita y la riego cada día con agua salada, en pocos días habré quemado hojas, tallos y hasta raíces. La plantita necesita agua dulce. De la misma manera, nuestros hijos necesitan lecturas limpias. Si yo permito que mis hijos vean sin filtro cualquier tipo de película, pronto les veré arruinarse, tanto a nivel humano como espiritual. Muchos padres se preguntan porqué, a pesar de sus esfuerzos por transmitir la fe, sus hijos se alejan del Señor, se alejan de la virtud, especialmente de la pureza. Entiendo que en esos procesos de pérdida de la fe pueden influir muchos factores y que cada casa es un mundo. Pero esta “inocencia” de pensar que lo que ven los niños en dibujos y películas no les influye mal, que van a coger automáticamente los buenos valores que pueda tener el protagonista –sea Harry Potter o cualquier otro- y filtrar el resto para que no les haga daño, es una peligrosa ingenuidad que puede tener consecuencias funestas para la fe de nuestros hijos.

Hna. Beatriz Liaño

Sierva del Hogar de la Madre