El poder de tus palabras

Lo que decimos influye enormemente en nuestros hijos. También es importante el cómo lo decimos, pero eso ya es otro capítulo. Os comento un ejemplo que leí en un buen libro de educación.

En una clase de 30 alumnos hicieron durante varios días un experimento. Durante unas horas corregieron sin parar cualquier actitud negativa. En otro momento lo hicieron sistemáticamente cada 15 minutos. Y al cabo de un tiempo sólo alabaron el buen comportamiento de los niños que se portaban bien, sin comentar lo que se hacía mal. Y al mismo tiempo iban apuntando cuántas conductas negativas se generaban. El resultado fue sorprendente: cuantos más comentarios negativos oían los niños, más riñas y más correcciones, peor se portaban. Y cuantas más alabanzas a su buen comportamiento, mejor era la respuesta. No recuerdo los datos concretos, pero era muy, muy llamativo.

La zanahoria y el palo

Y de esto podemos aprender. Es normal que les corrijamos y les riñamos, pero hemos de reflexionar si eso si eso supone un desahogo para nosotros o en realidad es efectivo y educador. Porque a menudo les corregimos y reñimos porque estamos hartos, no porque ellos necesiten así esa corrección. Sobre todo si les damos un cachete o les levantamos la voz. Quizás valorando más su buen comportamiento o premiando sus esfuerzos logramos que no se den tantos momentos de tensión. ¿Te has parado a pensar si le valoras lo que hace bien?

Es la imagen de la zanahoria o el palo. Con una zanahoria delante, el burro correrá mucho más que si le mueves a base de palos. Pues lo mismo, o más, nuestros hijos. Si le repites lo feliz que estás con lo bien que se come la merienda, el chaval se comerá hasta las piedras. Y si llamáis por teléfono a la abuela para contarle lo bien que ha recogido los platos o le pones una notita a su profesora porque se esfuerza en ayudar a sus hermanos, ni te cuento las ganas que tendrá de repetirlo. Y si te adelantas y le transmites tus expectativas de lo bien que se va a portar cuando... seguro que lo hará.

El peligro de forjarles una imagen negativa

Por otra parte, no somos conscientes del daño que les hacemos cuando les decimos cosas negativas, sobre todo si hacen referencia a nuestra opinión sobre ellos. Si le dices a un niño que es malo, acabará creyéndoselo y ni se querrá esforzar en portarse bien porque él es malo. Y si le repites que es un vago, fomentará su actitud de holgazanería. Y así con todo. Mucho cuidado con lo que les decimos, aunque tengamos razón. Les podemos crear una imagen falsa muy negativa de sí mismos e incluso derrumbar su autoestima.

Os detallo un ejemplo que me contó un familiar mío: desde pequeñito había querido ser ingeniero. En el colegio tenían la costumbre de pasar ciertos test de inteligencia al llegar a una edad y después de hacerlos, él oyó a su profesor comentarle a su padre que como resultado de la prueba salía que jamás sería capaz de hacer una ingeniería. Esto le dolió de tal manera que se le clavó en el alma. Pero en lugar de hundirse y pensar que no valdría para nada (lo que hubiera sido normal), se prometió a si mismo que demostraría a todos, con todas sus fuerzas, que sí que era capaz. Y se sacó brillantemente la carrera de ingeniero industrial. 

Esas palabras podrán haber dejado una huella de fracaso bien profunda en el niño. El hecho de que su orgullo le hiciera crecer no es una reacción habitual. Y eso nos puede enseñar que los comentarios negativos sobre nuestros hijos, las comparativas, las expectativas frustrantes, pueden ser muy dañinas para ellos, aunque no nos demos ni cuenta. A mí me pasó algo similar con mi hija mayor y me aprendí la lección. Yo comentaba a mis amigas como algo gracioso que cuando nació la mayor me esperaba una niña rubita como mis sobrinos y cuando me pusieron en brazos un bebé morenazo, con el pelito largo, me quedé tan asombrada que decía que no podía ser mi hija. Bueno, pues este comentario, al que yo no daba importancia, se le quedó grabado en el corazón a la niña, que al cabo de varios años me confesó llorando y muy dolida, que se sabía rechazada por no haber sido guapa al nacer. Me dio mucha pena haber sido tan torpe, le pedí perdón y le expliqué que fue un error mío imaginarme un bebé rubio y sorprenderme ante uno moreno, cuando ella era preciosa y siempre me daba tantas alegrías. Espero haber curado su herida, pero aprendí que podemos hacer mucho daño a nuestros hijos con nuestras palabras.

Repetirles lo mucho que valen

Por otro lado, nuestras palabras de aliento y de afirmación de sus cualidades y sus posibilidades les hace crecer. Un niño que oye de su madre que es muy bueno y siempre le da alegrías ayudándole en casa, se esforzará por ayudar. Un niño que oye a menudo lo maravilloso que es tener un hijo ordenado, se esforzará por serlo. Y así con todo. Justo hace una semana la tutora de mi hija mayor (otra vez ella) me contó una anécdota que me confirmó lo importantes que son las palabras sobre la imagen positiva que tenemos de ellos. Resulta que en la clase de mi hija hay un grupito un tanto fastidión. Se pasan la vida chinchando a las demás. Y cuando en primero de infantil me percaté del ambiente que había, empecé a decirle a mi hija que no pasaba nada si las demás no contaban con ella o no la invitaban a los cumples, porque ella es muy simpática y vale un montón. Y eso se lo he repetido miles de veces durante todos estos años, porque, como era de esperar, los fastidios y los feos han ido a más. Pues el otro día, en medio de clase, la profesora le dijo a una niña que se tenía que cambiar de pupitre para sentarse a partir de ese momento al lado de mi hija. Esta niña puso una gran cara de asco que vio toda la clase. Pero mi hija, sin ofenderse, le dijo en voz alta: “pero si soy supersimpática, tienes suerte de venirte a mi lado”. La clase estalló en una carcajada y lo que podía haber sido una desgracia se esfumó con las risas. Y todo gracias a los comentarios positivos de estos años. 

Así que dile mucho a tu hijo que vale un montón, que Dios le quiere mucho, que es un niño muy bueno, aunque tiene que mejorar en… pero que seguro que pronto lo conseguirá. Ha de estar seguro de que sus padres le valoran y que su esfuerzo se nota. Siempre en positivo. Ríñele, por supuesto, pero esfuérzate por enfatizar la motivación antes que recalcar los errores. Por ejemplo, al corregirle empieza en positivo “Con lo bueno que tú eres no sé qué te ha pasado esta vez”, “Eres un niño obediente pero hoy te estás portando fatal”. Es decir, que la generalidad sea lo positivo y el mal comportamiento se quede como algo puntual. A la larga verás lo bien que les va.

María de Selva

Economist from the University of Navarra. Teacher Assistant of the University of Zurich in Macroeconomic. Manager of Aguirretel SL. And Documentalist  of the Asociacion Valenciana de Empresiarios. Currently, I am a full-time housewife and mother of 5 children; in my free time I also help with different educational activities and I am finishing my post graduate studies at the UPV.

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