La creación del hombre en el Génesis

«Pero al principio no fue así» (Mt, 19,8). Esta es la clave teológica fundamental para entender la antropología adecuada e integral que surge de Jesucristo y que corresponde a la experiencia esencialmente humana. 

El hombre, a pesar del pecado, sigue siendo sustancialmente el mismo. Su naturaleza no se ha corrompido. Por eso es necesario indagar en ese “principio” teológico, desde el “a posteriori” histórico, para comprender las raíces permanentes del ethos humano, y especialmente del ethos del cuerpo.

De la lectura del Génesis se desprende que el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios como varón y mujer. La imagen de Dios en el hombre es indeleble, constituye su verdad y su bondad ontológica última.

En Gn 2,18 vemos la soledad originaria: el ser humano, antes de distinguirse como varón o hembra, conoce por medio de su soledad la verdad sobre su dimensión antropológica fundamental, y, en concreto, el significado del cuerpo humano en la estructura del sujeto personal: es un cuerpo personal. En efecto, el hombre se sabe solo porque al poner nombre a los animales, se reconoce cuerpo entre los cuerpos y descubre que el modo de actuar de su cuerpo, expresa la supremacía de lo invisible sobre lo visible. Expresa que él es diferente porque es persona, porque tiene subjetividad, o sea, autoconocimiento y conciencia de sí. 

Se siente solo, además, (Gen 2,24) porque se reconoce hecho para vivir en relación. La soledad, por tanto, indica de por sí apertura y espera de la comunión. El hombre se constituye en plenitud a través de la comunión, porque en el proceso de reconocimiento de la propia identidad, la visión del cuerpo del otro (carne de mi carne) y la unión con él (se unirá a su mujer), hacen que el hombre se reconozca a sí mismo como persona. Aprendemos, como consecuencia, que el cuerpo revela la persona. Y no solo la revela, sino que nos hace entender que la otra persona es la “ayuda semejante” que necesitamos. 

En Gen 2,25 observamos la desnudez originaria: antes del pecado original no sentían vergüenza, después se ve el cuerpo de una forma distinta. No se trata de una desnudez según el criterio naturalista adecuado para la fisiología animal, sino según un criterio personalista, conforme a la dimensión de la comunión de personas. La ausencia de vergüenza significa que hay plenitud de comunicación interpersonal entre el hombre y la mujer a través del cuerpo, y que no se esconde nada. La aparición de la vergüenza lleva a esconder el cuerpo porque puede ser obstáculo para la comunicación interpersonal, pues puede ocultar la subjetividad.

Y en Gn 4,1 entendemos el significado generador del cuerpo. La unión conyugal es descrita como un conocimiento. Así se da a entender que esta unión se sitúa dentro del ámbito de la libertad que es específicamente personal, y que no está limitada por lo biológico. Se descubre otro significado del cuerpo que corresponde a la verdad objetiva sobre el sexo: que a través de él se es capaz de ser padre y madre. De esta forma, el hombre y la mujer acaban de conocerse plenamente en lo que es el otro, y por tanto en lo que es cada uno. La afirmación de la propia identidad termina con el tomar posesión de la propia humanidad al imponer el nombre de “hombre” al hijo engendrado.

P. Francisco José Ramiro García

Doctor en Teología Moral, Doctor en Ciencias de la Educación. Máster en Bioética por las Universidades de Las Palmas de Gran Canaria y de La Laguna. Profesor de Teología Moral y de Bioética del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias. Miembro fundador de la Asociación Canaria de Bioética (ACABI). Coordinador y Profesor del Máster de Bioética de Canarias. Presidente del Comité Científico del Congreso Nacional de Bioética Canarias 2002. Miembro del Comité Asistencial de Ética del Hospital Universitario Dr. Negrín (2005). Miembro de La Comisión Asesora de Bioética de Canarias (2008). Coordinador de la web: Bioética en la Red.

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