La creación y la procreación

Veíamos en nuestro último artículo, que para entender la visión cristiana del hombre, es muy importante entender que lo decisivo en el origen del hombre es la creación de cada individuo, que por eso se convierte en una persona irrepetible.

La afirmación de la tradición doctrinal cristiana sobre la creación directa del alma de cada hombre por parte de Dios presenta no pocos problemas especulativos, pero su significación religiosa y antropológica es clara y decisiva: cada persona responde a un acto de creación explícito, a una llamada singular y única por parte de Dios, y, por tanto, tiene un destino personal de relación con el Amor Creador que, de ningún modo, puede ser subsumido en un destino universal colectivo. Si es creada explícitamente por Dios, la persona humana es un todo de sentido, es decir, la vida de la persona no puede entenderse adecuadamente integrándola totalmente en una unidad de sentido superior. La persona humana, aunque sea parte del mundo, es un todo y nunca se le hará justicia si es vista como un momento de la historia colectiva o abstracción de una sociedad, o un caso de leyes científicas universales. La razón que el pensamiento cristiano ha dado para afirmar que la felicidad definitiva a que aspira la persona -cada persona- es la relación directa con Dios, sin mediaciones, es precisamente el hecho de que su alma ha sido creada directa e inmediatamente por Dios.

A la vez, es evidente que en el origen concreto de cada ser humano se encuentra la generación por parte de sus padres. Creación y generación han de ser entendidos como peculiar e íntimamente unidas en el origen de la persona. Esta peculiar unión entre creación y generación, estrechamente relacionada con la condición somático-espiritual del hombre, con su mundanidad y con su pluralidad, no es fácilmente inteligible. La forma más fácil de explicar la composición entre creación del alma y generación es afirmar que Dios crea el alma mientras los padres engendran el cuerpo. Pero esta explicación resulta intelectualmente satisfactoria de inmediato sólo si se acepta un esquema dualista del hombre, es decir, si se lo concibe como compuesto de dos substancias: el alma creada por Dios y el cuerpo engendrado por los padres.

El esquema dualista, quizá por la facilidad de su comprensión, hizo fortuna en la historia intelectual de occidente y su cadencia fue la equiparación progresiva del cuerpo a la máquina y, paralelamente, la negación del espíritu. Como consecuencia, la consideración del hombre tomó cada vez más el carácter de un conocimiento científico positivo que, como ya hemos dicho, es de naturaleza universalizante y, por tanto, desconocedor de la dignidad absoluta de la persona. Pero ese dualismo no se compagina ni con nuestra experiencia personal, ni con la enseñanza tradicional de la antropología cristiana. De hecho, la cuestión fundamental de la antropología cristiana fue el problema de compaginar la unidad sustancial del hombre -el hombre es una sola “cosa”- y la espiritualidad y, por tanto, la inmortalidad del alma.

La afirmación de la unidad de la persona nos obliga a entender que creación y generación se componen de un modo más íntimo del expresado según el esquema dualista. Sea cual sea la solución especulativa que se dé a la armonización entre unidad de la persona, creación y generación, su sentido es inequívoco: los padres (que engendran al hijo) y Dios, colaboran de un modo singular -sin parangón ni semejanza en el mundo- en el dar vida a la nueva persona. En términos del pensamiento clásico y cristiano, puede decirse que los padres disponen la materia mediante los actos generativos, cuya forma sustancial, es decir, su determinación radical, humana, se produce mediante un acto creativo por parte de Dios. No es que Dios cree una sustancia espiritual que se una a la sustancia material engendrada por los padres. El término propio de la creación es la persona, y la misma persona es el término de la generación. Pero Dios la crea por su dimensión espiritual, mientras los padres la engendran por su dimensión somática: lo creado por Dios y lo engendrado por los padres es el mismo ser. Podría decirse que los padres disponen la materia cuya forma propia es el alma creada directamente por Dios, de modo que verdaderamente causan materialmente el alma. Por esto, la generación humana se denomina pro-creación y puede decirse con propiedad, no metafóricamente, que los padres participan del poder creador de Dios.

Evidentemente, la ciencia puede dar cuenta del proceso de generación, pero no puede dar cuenta de la creación ni, por tanto, de la dignidad.

P. Francisco José Ramiro García

Doctor en Teología Moral, Doctor en Ciencias de la Educación. Máster en Bioética por las Universidades de Las Palmas de Gran Canaria y de La Laguna. Profesor de Teología Moral y de Bioética del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias. Miembro fundador de la Asociación Canaria de Bioética (ACABI). Coordinador y Profesor del Máster de Bioética de Canarias. Presidente del Comité Científico del Congreso Nacional de Bioética Canarias 2002. Miembro del Comité Asistencial de Ética del Hospital Universitario Dr. Negrín (2005). Miembro de La Comisión Asesora de Bioética de Canarias (2008). Coordinador de la web: Bioética en la Red.

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