La vida humana: don de Dios

Ha sido una constante en la historia la consideración de que la vida era recibida de Dios, y que solo Él determinaba su final. No es que no se hayan producido atentados de distintos tipos contra la vida de los hombres. En todas las épocas ha habido abortos, infanticidios, asesinatos, pero estas acciones eran en general consideradas delictivas. Es en el siglo XX cuando se empieza a discutir sobre el derecho a la vida del ser humano, que podríamos decir que no goza de todas las condiciones de autonomía y autodefensa.

El concepto de la vida como “don de Dios”, que Él otorga y determina su final, aparentemente se ha perdido en la conciencia de los hombres contemporáneos. Esta situación produce que algunos actos que antes eran considerados delitos puedan pasar a ser considerados derechos.

El origen de esta situación quizá se puede resumir así:

* La aparición de las técnicas de anticoncepción, que no se ven como decir un “no” al don de Dios, sino como un dominio técnico sobre la naturaleza del origen de la vida.

* Las técnicas de reproducción asistida y de diagnóstico preimplantacional proporcionan una sensación de que la llegada a la existencia de una nueva vida es fruto solamente de la voluntad de unos hombres y, sobre todo, de la habilidad de los biotécnicos.

* Por otra parte, la ausencia de Dios en la cultura del hombre actual, le hace olvidar su relación existencial con Dios, que se añade al concepto de autonomía existencial.

* Esta autonomía existencial se caracteriza por el ejercicio de una libertad meramente individualista que lleva a considerar sus deseos como derechos que deben ser reconocidos y resueltos por el Estado, normalmente de forma gratuita.

* Por último, esto lleva al hombre a pensar que puede proponerse ser él quien determine el final de su vida, al menos en el sentido que conocemos de “existencia terrestre” 

Esta situación cultural es calificada por Juan Pablo II como “estructura de pecado”. En Evangelium vitae, números 11 y 12 se lee:

«El valor de la vida pueda hoy sufrir una especie de “eclipse”, aun cuando la conciencia no deje de señalarlo como valor sagrado e intangible, como demuestra el hecho mismo de que se tienda a disimular algunos delitos contra la vida naciente o terminal con expresiones de tipo sanitario, que distraen la atención del hecho de estar en juego el derecho a la existencia de una persona humana concreta. (...) 

Estamos frente a una realidad (...), que se puede considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera “cultura de muerte”. (...) Se puede hablar, en cierto sentido, de una guerra de los poderosos contra los débiles. La vida que exigiría más acogida, amor y cuidado, es tenida por inútil, o considerada como un peso insoportable y, por tanto, despreciada de muchos modos. Quien, con su enfermedad, con su minusvalidez o, más simplemente, con su misma presencia pone en discusión el bienestar y el estilo de vida de los más aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del que hay que defenderse o a quien eliminar. Se desencadena así una especie de “conjura contra la vida”, que afecta no sólo a las personas concretas en sus relaciones individuales, familiares o de grupo, sino que va más allá llegando a perjudicar y alterar, a nivel mundial, las relaciones entre los pueblos y los Estados».

Estamos acostumbrados a considerar al hombre dentro de la creación en el mismo sentido que hablamos de que Dios ha creado todas las cosas. Decimos que Dios ha puesto en marcha la creación, la mantiene en el ser, y a toda ella alcanza su poder. Sin embargo, no decimos que Dios crea esta mesa concreta, ni que Dios crea este animal que acaba de nacer. Pero sí que hay que decir que Dios interviene en la aparición en la existencia de cada hombre. Cada vida es un don de Dios. Dios llama a cada hombre a la existencia».

«La Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada por Dios (cf. Pío XII, Enc. Humani generis, 1950: DS 3896; Pablo VI, SPF 8), no es “producida” por los padres» (CIgC, n.366).

Por lo tanto, para entender la visión cristiana del hombre, es muy importante entender que lo decisivo en el origen del hombre es la creación de cada individuo, que por eso se convierte en una persona irrepetible.

P. Francisco José Ramiro García

Doctor en Teología Moral, Doctor en Ciencias de la Educación. Máster en Bioética por las Universidades de Las Palmas de Gran Canaria y de La Laguna. Profesor de Teología Moral y de Bioética del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias. Miembro fundador de la Asociación Canaria de Bioética (ACABI). Coordinador y Profesor del Máster de Bioética de Canarias. Presidente del Comité Científico del Congreso Nacional de Bioética Canarias 2002. Miembro del Comité Asistencial de Ética del Hospital Universitario Dr. Negrín (2005). Miembro de La Comisión Asesora de Bioética de Canarias (2008). Coordinador de la web: Bioética en la Red.

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