Cada vocación, una historia irrepetible

Hace un tiempo una chica me contó que una amiga suya, consagrada en una comunidad, le había preguntado si su corazón había saltado al conocernos a nosotras. Ese “saltar” de su corazón debía de ser algo así como la prueba definitiva de si tenía vocación o no.

Recuerdo que reflexioné por un momento en silencio. Después le expliqué: “Mira, a mí no me saltó el corazón al conocer a las Siervas del Hogar de la Madre”. Así fue. No me quedé hipnotizada con las hermanas, aunque es verdad que, tras mi conversión, comencé a valorar su vida y su entrega, que hasta muy poco antes despreciaba y consideraba un desperdicio. Lo que sí es cierto es que, cuando con dieciséis años el Señor comenzó a poner en mi corazón el deseo de ser una de ellas, experimentaba una especie de contradicción que no podía comprender. No me gustaba la vida de las Siervas, no me atraía la vida en comunidad. Tampoco me gustaba el escaso apostolado que veía desarrollar a las Siervas, que en aquel momento eran sólo diez hermanas, y que se limitaba a un poco de catequesis en los pueblos de alrededor y poco más. Mi disgusto no venía provocado por el hecho de ser un apostolado sencillo. Creo que no me hubiera atraído ninguno. Realmente, queda confirmado que no me saltó el corazón al conocer a las hermanas. Y, sin embargo, había algo que me atraía poderosamente y que no era capaz de describir.

Vivimos en un tiempo en que lo importante parece ser lo que “sentimos”. Formamos parte de una sociedad en la que el criterio es: “lo que importa es que seas feliz”, entendiendo por “felicidad” una emoción tan superficial, que al final es irreal. Hemos creado un mundo en el que los “sentimientos” parecen haber adquirido el derecho a guiarlo todo y conducirlo todo. Por eso, es bueno recordar que - por encima de lo que yo “siento” - está lo que Dios desea. Y buscar, y encontrar, y seguir esa voluntad de Dios debe ser la gran aspiración de nuestra vida, porque esa voluntad de Dios encierra el secreto de nuestra felicidad.

Hay otra cosa, y es que, como decía Juan Pablo II: “Cada llamada de Cristo es una historia de amor única e irrepetible” (Mensaje para la XXI Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones). Si cada vocación es una llamada única e irrepetible, esa supuesta señal de experimentar que “salta el corazón” – esa o cualquier otra señal- puede valer para una persona concreta, en un momento y en unas circunstancias determinados, pero no es norma universal que debe acatar el mismo Dios. Él es libre para manifestarnos su amor y su elección como quiera. Somos nosotros los que debemos estar atentos, y trabajar por purificar nuestro corazón, para que reconozcamos su voz cuando llama, lo haga de la forma en que lo haga.

Han pasado ya unos cuantos años desde que me entregué a Dios, y solo puedo decir que soy una mujer feliz, profundamente feliz, a pesar de lo que me hace sufrir ver todavía la imperfección y la pobreza de mi amor. San Juan Pablo II decía que la vocación trae la respuesta a la gran pregunta que nos inquieta: “¿Para qué ser hombre y cómo serlo?” Y él mismo se respondía a esta pregunta afirmando: “Esta respuesta da una nueva dimensión a toda la vida y establece su sentido definitivo” (Redemptionis Donum 5).

Cuando miro hacia atrás, reconozco que esto que decía nuestro querido Papa polaco es cierto. Desde que conocí al Señor y su voluntad, todo comenzó a encajar, todo comenzó a adquirir sentido. Como cuando después de una larga noche, el sol comienza a levantarse en el horizonte. Experimento realmente que es así, que haber entregado mi vida a Dios, lejos de empequeñecerme o disminuirme, me ha hecho crecer humana y espiritualmente, y madurar en el amor, que es la vocación última de todo ser humano.

Y todo eso, a pesar de que mi corazón no saltara al conocer a las Siervas del Hogar de la Madre.

Hna. Beatriz Liaño

Sierva del Hogar de la Madre

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