Espiritualidad Eucarística    

Un sacerdote sabio que conozco enseña que, cuando no entendemos un pasaje de la Palabra de Dios, deberíamos aplazar cualquier opinión, y rezar, y esperar:

“Señor, no entiendo este pasaje de la Revelación. Quizá algún día me ayudes a entenderlo. Si es así, te daré gracias, y si no, me rendiré a tu sabiduría y aceptaré tu voluntad en esto como en todas las cosas”. Hay muchas cosas que sólo entenderemos en el Cielo, pero Jesús nos dijo que el Espíritu Santo “nos guiará hasta la verdad completa” (Jn 16, 13), y a veces nos responde antes de que muramos.

El encuentro entre Jesús y la Cananea, relatado en el evangelio de Mateo (15, 21-28), es un episodio profundamente desconcertante. Algunos lo podrían denominar incluso perturbador. El Señor compara a la pobre mujer con un perro: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros”. Todo lo que ella había hecho era implorarle que liberara a su hija de una posesión demoniaca. ¡Ciertamente una petición legítima!

Un comentarista sugiere que Jesús empleó un tono de voz tan tierno cuando pronunció estas palabras que les quitó el aguijón. Pero, ¿cómo un tono de voz puede, por dulce y tierno que sea, quitar el aguijón de ser llamado perro? Otros puntualizan que Jesús usó el término para perros domésticos, mascotas, el opuesto a la palabra usada para los perros callejeros. En efecto, entonces Jesús está diciendo “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”. Vaya, gracias. Eso tampoco ayuda mucho. Quizás hay algo más. Miremos más de cerca.

A menudo Jesús estaba rodeado por una gran muchedumbre, y era difícil acercarse a Él. La mujer cananea ha tenido algunas experiencias previas de Jesús. Probablemente presenció su discurso desde lejos y quedó enormemente impresionada por lo que vio y oyó. Ahora, Jesús está solo con sus discípulos, y ella ve la ocasión de acercarse a Él. Es rechazada cuatro veces: la primera, silencio; después, la oposición de los apóstoles; luego, rechazo; y finalmente, insultos.

Las primeras palabras de la mujer a Jesús son una expresión de fe, identificándole como Mesías, y una súplica de ayuda: “¡Ten compasión de mí, Señor Hijo de David! Mi hija tiene un demonio muy malo”. El primer rechazo: “Él no le respondió nada”. Ella insiste. Segundo rechazo: “Sus discípulos se le acercaron a decirle: ‘Atiéndela, que viene detrás gritando’”. Esto fue seguido rápidamente por el tercer gesto de rechazo: “Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel”.

Decidida, la mujer atraviesa el círculo de los discípulos y se arroja al suelo ante Jesús diciendo: “Señor, ayúdame”. Seguramente el corazón más duro se derretiría con ternura ante tal sufrimiento, humildad y perseverancia. ¿No tiene Jesús una madre también? ¿No le da pena? Responde: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”.

No podemos justificar esto con las distinciones entre perritos y perros callejeros. Un poco antes en el evangelio de Mateo, Jesús dice, “Bienaventurado el que no se escandalice de mí” (Mt 11,6). Con estas palabras reconoce que a veces su comportamiento a primera vista parecerá escandaloso.

Dos santos negros – San Martín de Porres y Santa Josefina Bakhita- nos ayudan a descubrir el significado del encuentro entre Jesús y la mujer cananea.

En una ocasión, un hermano dominico llamó a San Martín “perro mulato”, porque estaba descontento con el corte de pelo que San Martín le había hecho. Después, otro hermano oyó a San Martín azotándose a sí mismo en su celda diciendo: “Es verdad, tiene razón, soy un perro mulato”.

Santa Josefina Bakhita fue secuestrada de su familia cuando tenía nueve años y comprada y vendida como esclava cinco veces. Cuando le hablaron de Jesús, se dio totalmente a Él porque ahora, como a ella le gustaba decir, tenía un Señor que sabía lo que se sentía al ser azotado como un esclavo y al ser encadenado y pateado como un perro. A ella le gustaba llamarle “Il Padrone”, que significa el Dueño, o el Jefe.

Estos santos entendieron que ellos seguían a un Mesías que había permitido que le trataran como a un perro, o incluso peor. En Cristo se dio el deseo de Dios de sufrir el ser encadenado y azotado, de ser pateado y golpeado. 

La mujer cananea había oído hablar a Jesús antes de su encuentro y ella entendió sus palabras y su persona en lo más profundo de su ser. Su lógica, por lo tanto, es: “Este hombre es mayor que yo, es el Mesías, el Hijo de David, y tiene el amor, la bondad y el poder que se necesitan para darle paz a mi hija”. Esta lógica inspiró la respuesta que logró la liberación de su hija: “Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Con estas palabras se puso a sí misma al mismo nivel que Cristo, que se pondrá a sí mismo al nivel de un perro. El filósofo Alasdair McIntyre ha afirmado que el modo dominante de nuestros tiempos es la indignación. Todo el mundo está siempre indignado. La mujer cananea es lo totalmente opuesto. Ella no piensa en sí misma. En eso está su grandeza. Cuando Jesús admira su fe –“Mujer, qué grande es tu fe”- está diciéndole “Mujer, ¡qué profundamente me conoces! ¡Cuán profundo has penetrado en mi misterio!”

Directamente después de dejar a la mujer cananea, Jesús obró el milagro de alimentar a las cuatro mil personas. Lo hizo en una región poblada por gentiles, no judíos. Él “arrojó el pan de los hijos a los perros”. ¿Hay una conexión entre la fe de la mujer cananea y el alimentar a la multitud pagana? ¿Su fe logró no sólo la liberación de su hija sino la revelación del Mesías a su gente? ¿Qué nos enseña con su ejemplo?

Nos enseña muchas cosas sobre el amor y la oración, sobre el Calvario y la Eucaristía. El alimentar con pan a la multitud pagana es un milagro eucarístico, como sabemos. El obispo Fulton Sheen relató cómo estuvo perplejo durante mucho tiempo pensando por qué el Señor eligió pan y vino como la comida y la bebida que representarían su Presencia, hasta que finalmente lo entendió. El pan es el alimento más simple y básico de los comestibles, y el vino “alegra el corazón del hombre” (Sal 104, 15); pero el pan es también el alimento que sufre más en el proceso de convertirse en lo que es, y el vino es la bebida que más sufre en el proceso de llegar a ser lo que es. Las uvas son aplastadas, incluso pisoteadas, para hacer el vino. Y el trigo es amasado, aplastado, para hacer el pan. Cristo, en su Pasión, fue pisoteado y aplastado.

Los teólogos hablan de cuatro dimensiones del Misterio Eucarístico: sacrificio, presencia, banquete y comunión. De estas cuatro, el más primordial es el sacrificio, porque sin sacrificio no hay presencia, no hay banquete ni comunión. Es la fuente de la que fluyen todos los demás. Como dice la Carta a los Hebreos, “sin efusión de sangre no hay perdón”. (Hb 9, 22).

Los grandes hombres y mujeres de fe como San Martín de Porres, Santa Josefina Bakhita, y la mujer cananea cuyo nombre no sabemos, entraron en el misterio de la Pasión de Cristo de un modo extraordinario. Algunos santos tienen un deseo y capacidad de sufrimiento tan sobrehumanos que nos intimidan. Es reconfortante saber que no siempre se nos pide que los imitemos en esto: “¿Debe un alma ofrecerse a Dios como víctima y pedir formalmente a Dios sufrimientos extraordinarios? Generalmente hablando, este tipo de peticiones no son prudentemente atendidas” (Tanquerey, The Spiritual Life, no. 1092).

Sin embargo, deberíamos ser alentados por estos grandes santos a vivir lo que sea que se nos pida sin quejas, con alegría y generosidad, si, como la mujer cananea, queremos lograr la liberación de nuestros hijos del poder del demonio.

P. Colum Power

P. Colum Power, nacido en Cork, Irlanda, en 1965, es Siervo del Hogar de la Madre. Obtuvo un Máster en literatura en 1991 y un doctorado en Historia de la Iglesia en 2013. Es autor de Un Toque de la Mano del Jardinero, Miel del Cadáver del León, y Las Categorías Católicas de James Joyce. Dedica su tiempo a las actividades apostólicas para la juventud organizadas por los Siervos del Hogar de la Madre.