Campo de batalla… el alma del hombre

La vida es y seguirá siendo un campo de batalla para nosotros: en la perspectiva general del mundo y en lo particular de cada hombre, se desarrolla día a día y hasta el final de nuestra vida y del mundo, un combate entre el bien y el mal, entre Dios y el demonio.

Jesucristo primero, y luego muchos de nuestros hermanos en la fe que nos precedieron y sufrieron esta lucha interior en sus propias vidas, nos lo anuncian con sus testimonios, iluminados por el Espíritu Santo, enseñándonos cómo proceder ante el combate que se desarrolla en el alma para no ceder y confiar en nuestro Salvador, Jesucristo, primicia y autor en el recorrido de la Salvación y que, mediante su sacrificio santo, venció la batalla por nosotros, por cada uno de nosotros.

Pero el mal sigue su curso y aunque se sabe vencido, no por ello deja de tentar al hombre, a cada uno de nosotros, aprovechando las oportunidades y circunstancias que algunas veces ingenuamente le proporcionamos cuando no estamos cerca de Dios, caminando al lado de Jesucristo y decidimos “probar suerte” fuera del camino de la vida, lejos de la mirada de Dios.

La manzana tentadora que comieron Adán y Eva en el relato del Génesis, sigue siendo atractiva para muchos de nosotros y, a pesar de la continua llamada y advertencia de Dios Padre y de las enseñanzas de su Hijo Jesucristo, muchos de sus hijos siguen cayendo en la tentación… algunos para no levantarse jamás.

Para poder vencer este combate, primero hay que reconocer que dicha lucha existe, que hay bien, que hay mal y quien encarna cada uno de los bandos en litigio, para así poder elegir el camino adecuado: la salvación o la condenación eterna del alma. Muchos de los ya caídos y con la perspectiva final de sus vidas concluida y conocida, se puede presuponer que ya en vida estaban muertos: son aquellos que negaron este principio y todo aquello que puso en entredicho su inclinación a hacer lo que su voluntad deseaba.

También se debe conocer al enemigo: es un principio básico en el combate. Saber cómo este actúa, cómo seduce y cómo nos aleja de Dios. El mal tiene muchas caras: unas las reconocemos fácilmente, pero otras se esconden en la apariencia errónea de un bien para nosotros o los demás y algunas veces como un “mal necesario” para un “bien deseado” para nosotros pero no por Dios. Tan solo en la unión diaria y paciente con Jesucristo (oración, sacramentos…) podemos darnos cuenta de la seducción que nos viene sin darnos cuenta, para así poder rechazarla.

Por otro lado y muy importante: no debemos de confiar en nuestras fuerzas sino en las de Dios, pues son insuficientes frente a un enemigo que nos conoce, que sabe nuestras debilidades y que, una vez que caemos en su tentación, no deja de humillarnos y culparnos para que sigamos rechazando la Misericordia de Dios que nos da Jesucristo con su sacrificio, cayendo otra vez en su tentación, para no volver a la amistad de Dios (sacramento de la Penitencia) y así salvarnos.

Resulta igualmente valioso, recordar que siempre podemos ser “trigo” o “cizaña” en cualquier momento de nuestra vida y que tan solo la Misericordia de Dios nos permite ese tiempo de gracia para el crecimiento interior y poder aprender y cambiar nuestro camino antes de que sea tarde, siguiendo las enseñanzas de su Hijo Jesucristo y teniendo como meta llegar a ser trigo en la época de la cosecha, aunque sea en el último instante: sólo Dios nos puede ayudar a salvarnos, ya que por nuestros méritos solos no podríamos.

Finalmente y por lo comentado anteriormente, nunca confiar en que ya estamos salvados, pues mientras estemos en el mundo, siempre estaremos sometidos a las tentaciones y consecuentemente, a perder el combate en el último momento. Pero igualmente debemos ayudar a otros a conseguir su salvación, pues como nos enseña Jesucristo: …”Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa”.

Nuestra imagen final de este combate debe de ser la del centinela que vigila día y su alma, no dejando que entre enemigo alguno en su campo y esperando la llegada del alba, donde nuestro Señor recompensará nuestra vigilia y total dedicación de su obra, que no es otra que nuestra vida y alma creada por Él para gloria suya.

Eduardo JB

InfoFamiliaLibre

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