Las cenizas y el respeto por el cuerpo humano

En la famosa historia de David y Goliat, Goliat le hace alarde al joven David que después de matarlo, echará su carne “a los pájaros del cielo y a las bestias del campo”.

Manifiesta así su odio profundo por David al hablar de esta manera, despreciando su cadáver. Esto es una ofensa para nuestra sensibilidad de que los cuerpos muertos no deben ser profanados, sino que deben ser sepultados con respeto. La preparación y el cuidado del cadáver de otra persona también manifiestan nuestra fe cristiana en la resurrección de aquel cuerpo en el Ultimo Día. Con el paso del tiempo, esto ha ido evolucionando en una comprensión más profunda sobre el manejo de cadáveres, incluso en la regulación que concierne a la cremación. 

Para los católicos, la cremación es considerada una manera aceptable de manejar el cuerpo humano después de la muerte, aunque, como lo indica el “Order of Christian Funerals”, la cremación “no goza del mismo valor que la sepultura del cuerpo… La Iglesia, claramente prefiere y exhorta que el cuerpo del muerto esté presente para los ritos del funeral, ya que la presencia del cuerpo humano expresa de mejor manera los valores que la Iglesia afirma en sus ritos”. 

Más aun, la cremación puede conllevar a prácticas problemáticas, a lo cual se dirige el Cardenal Raymond Burke en su carta Pastoral a los feligreses de la Diócesis de La Crosse en el año 2000: “Con la creciente práctica de la cremación, se ha ido desarrollando una falta de cuidado por los restos que quedaron luego de la cremación del muerto. Se les ha pedido a los directores de las funerarias guardar los restos y ellos afirman que dichos elementos suelen quedarse ahí, sin ser reclamados por las familias o amigos. Aquellos a cargo de los arreglos del funeral del muerto, deben asegurarse que los restos de la cremación se entierren o se sepulten lo más pronto que sea posible… No se permite dejar los restos de la cremación sobre un lugar favorito y tampoco se permite guardarlos en la casa, sino en el cementerio… Los restos de la cremación de una persona muerta no deben mezclarse con las de otra persona. No se permite dividir los restos de la cremación, ni enterrarlas o sepultarlas en más de un lugar”. Estas evidentes preocupaciones nos recuerdan nuestra obligación de respetar los restos de los muertos, aún en sus cenizas. 

Al relajar nuestro empeño en cómo manejamos las cenizas, fácilmente traicionamos el respeto que les debemos. Se me viene a la mente una historia que involucra a un amigo mío que trabajó como piloto. Le pidieron que llevara a un pasajero en un pequeño avión para llevar las cenizas a su destino final sobre el océano. Al tomar vuelo, el piloto le indicó al pasajero, “quiero asegurar que ¡nunca abra la urna! Debe tirarla completamente hacia el océano cuando yo abra el portón y le dé la señal”. Sin embargo, el pasajero estaba determinado a hacer las cosas a su manera, y cuando el piloto abrió el portón, el pasajero destapó la urna e intentó esparcir las cenizas sobre el mar. Pero las cenizas fueron acaparadas por el aire violento de las corrientes y se desparramaron dentro del avión, entre los instrumentales y botones, en el cabello y en la ropa del piloto y del mismo pasajero. 

Otra razón por la cual se deben sepultar las cenizas en la tierra o enterrarlas en un mausoleo en vez de esparcirlas es para establecer un lugar particular al que poder  ir a visitar u orar por el alma de esa persona, en la presencia física de sus restos mortales. El sitio de sepultura sirve como un punto de referencia y conexión a la materialización de ese individuo, en vez de reducirlo a una existencia vaga y rala. 

Mantener las cenizas de la abuela sobre la chimenea o en el ático junto con las pinturas antiguas es otra práctica problemática que fácilmente puede quitarle el valor o negarle su dignidad humana, tentándonos a tratar sus restos mortales como otro artículo que se puede quitar o mover, como cualquier otra chuchería. Seria de mucha utilidad motivar a sus familiares y a todos involucrados en una cremación a ver las cenizas de manera similar a como vemos el cuerpo entero. Es decir, ¿mantendríamos un ataúd o un cadáver en nuestra casa por algunas semanas? Si la respuesta es no, entonces tampoco debemos hacer lo mismo con las cenizas de alguien. Desafortunadamente, mucha gente no ve las cenizas como restos venerados de un ser humano, si no como algo de lo cual uno se puedo deshacer cuando le convenga a nuestro horario o presupuesto. El ataúd con el cuerpo completo no lo vemos de la misma manera porque reconocemos con más claridad nuestro deber de sepultar a nuestro ser querido fallecido. 

La memoria sagrada de nuestras familias y amigos fallecidos, en resumen, nos llama a cuidar de los restos con gestos auténticos y objetivos de respeto.

P. Tad Pacholczyk

El Padre Tadeusz Pacholczyk hizo su doctorado en neurociencias en la Universidad de Yale y su trabajo post-doctoral en la Universidad de Harvard. Es Sacerdote de la Diócesis de Fall River, Massachusetts, y desempeña su trabajo como Director de Educación en el Centro Nacional Católico de Bioética en Philadelphia.