¿Qué es lo que más te gusta de ti mismo?

Seguro que ahora estás pensando a ver qué es… O quizá lo tienes muy claro… A lo mejor alguna vez te has parado a pensarlo…

Esa misma pregunta se la hicieron a dos niños (niña y niño) en un video que vi hace pocos días. La verdad es que no soy muy dada a mirar videos de estos que se comparten en redes sociales, pero el otro día vi un trocito de uno que decía algo así como: “¿Eres capaz de saber cuál de estos dos niños tiene TDAH?” Puede que mi parte docente se sintiese retada…así que le di al “play”.

Pues bien, el video consistía en dos niños a los que les hacían las mismas preguntas y por sus respuestas tenías que averiguar cuál tenía este trastorno. Dejé de intentar deducirlo tras una pregunta…o más bien tras la respuesta que dio la niña. “¿Qué es lo que más te gusta de ti misma? LO QUE MÁS ME GUSTA DE MÍ ES QUE QUIERO A DIOS Y A JESÚS PORQUE SON MUY IMPORTANTES”. ¡Eso es lo que más le gusta de ella misma a esta niña de unos 7 años aproximadamente! Dejé de prestar atención al video, y por tanto me quedé sin saber cuál de los dos era el que tenía TDAH, pero ya no importaba; la respuesta de esta niña me dejó pensando. ¿Qué hubiese contestado yo? ¿Qué contestaría la gente en general a esta pregunta? Seguramente algo similar a lo que contestó el otro niño: “Lo que más me gusta es que soy inteligente y que juego bien al fútbol”. Responderíamos con alguna alabanza al don o la virtud que más destaca en nosotros: inteligencia, generosidad, responsabilidad… O nos quedaríamos en alguna capacidad especial como pintar bien, tocar algún instrumento… O más básico aún, en alabar algún detalle físico como “me gustan mis ojos”… O incluso quizá alguno contestase con “no sé qué decir… ¡me encanto entero!”

¿Quién más contestaría algo así? Yo sólo imagino a los santos.

Imagino a Santa Teresa diciendo algo así cómo “Nada soy y en nada me tengo si no os tengo a Vos, Señor mío”…

“Yo soy un alma minúscula que solo quiere abandonarse en Ti, ¡oh Jesús mío!”…quizá contestaría Santa Teresita a tal pregunta. 

“Solo quiero ser un fraile que reza”, dijo el Padre Pío. 

Solo puede contestar algo así quien ha dejado de mirarse a sí mismo y ha puesto sus ojos en el Señor. Solo quien ha entendido que su verdadera grandeza se encuentra en Él, quien se ha descubierto como “nada” ante Su majestuosidad, quien ha comprendido que no puede nada sin Él, y en Él ha encontrado su tesoro. Y quien ha entendido esto lo ha logrado a través de la ORACIÓN; sin ella no es posible ese encuentro íntimo.

No me sorprende haber escuchado esa frase de labios de una niña. Ellos tienen el alma más pura, la mirada más limpia y el corazón más dispuesto para encontrarse con el Señor. Lo he visto en mis años de catequista: cuando les presentas al Señor, les hablas de Él, propicias que tengan un encuentro personal… te sorprenden muchas veces con su actitud, sus gestos, sus palabras.

Lástima que luego el mundo, e incluso en muchas ocasiones sus familiares más directos, sean los que les corten las alas… Sobre todo, lo que más les coarta, es no ver atisbo de fe en sus padres.

Si la niña del video al que aludo ha contestado eso, es más que probable que sea reflejo de lo que ve en su familia. A veces no hacen falta grandes cosas. Hace poco un sacerdote con el que hablaba de estos temas me contaba que él, que había nacido en un país comunista en el que no podían ir a Misa, había aprendido todo lo que sabía sobre la fe en su casa, con las pequeñas cosas del día a día: bendecir la mesa, los tres Ave María antes de dormir y el Rosario en familia los sábados. ”¡Qué importantes son los padres para la transmisión de la fe a los hijos! Incluso se han comprometido a ello en el bautismo de sus hijos y luego… ¿cuántos lo ponen en práctica?”, me decía este sacerdote.

“Yo ya le llevo a catequesis”, oí decir un día a un padre, dando a entender que ya estaba cumpliendo su parte. Y si bien en catequesis o en clase de religión  se planta una pequeña semilla, ésta no puede crecer sin el apoyo y el ejemplo de la familia.

Ojalá que, como a esa niña,  lo que más nos gustase a todos de nosotros mismos fuese que amamos mucho. Que amamos al Señor, a la Virgen, a los demás. No llego a imaginarme lo  diferente que sería todo.

Judit Hernández

Recién casada y madre, Laica del Hogar de la Madre. Diplomada en Magisterio, catequista y actualmente estudiando para ser profesora de religión.