Honra padre y madre quien obedece a Dios

Hace poco me encontré de convivencias con un grupo de matrimonios. Había varias personas que asistían por primera vez, así que comenzamos presentándonos. Cuando me llegó el turno, me pidieron que no solo me presentara, sino que contara un poco sobre mi vocación.

Cuando uno va a hablar sobre su vocación, primero tiene que observar a quién le va a contar su historia, para tratar de hacerlo de forma que lo que Dios ha hecho en tu vida, ayude lo más posible al que te está escuchando. Yo estaba hablando a un grupo de esposos y padres de familia cristianos, así que terminé mi relato diciéndoles: “Mirad, hace 24 años que me entregué a Dios. Descubrir y aceptar mi vocación fue la pieza clave que dio sentido a toda mi vida y me ha hecho tremendamente feliz. Por eso, mi consejo a vosotros, padres y madres de familia, es que trabajéis y oréis para ayudar a vuestros hijos a descubrir la voluntad de Dios sobre ellos. El mayor bien que podéis hacer a vuestros hijos es este: ayudarles a cumplir la voluntad de Dios para ellos”. No hice sino recordarles lo que el Catecismo de la Iglesia Católica pide en el número 2232: “Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla”. Y en el número 2233: “Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal”.

La conversación que se inició a continuación fue profunda e interesante. Cada uno fue poniendo sobre el tapete– con toda sinceridad – los temores, las preocupaciones y las esperanzas sobre el futuro, y en concreto, sobre la vocación de sus hijos. Creo que todos recibimos mucha luz de ese rato que compartimos. A mi hubo una idea que se me hizo especialmente evidente. Esa idea, es el título de este artículo: “Honra padre y madre quien obedece a Dios”.

Cuántas veces me he encontrado, a lo largo de mi vida, con padres y madres más o menos creyentes pero que, cuando un hijo manifiesta su voluntad de consagrarse a Dios, se agarran al cuarto mandamiento para oponerse – “Honrarás a tu padre y a tu madre” – y lo interpretan en el sentido de “no te puedes ir porque nos tienes que obedecer”. Triste interpretación. Y triste camino el de utilizar un mandamiento de la ley de Dios para conseguir que un hijo no haga lo que Dios quiere de él. Triste y errado, porque el cuarto mandamiento no puede oponerse al primero: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. Claro que honrar a los padres implica obedecerles… siempre y cuando los padres estén a su vez obedeciendo a Dios y buscando su voluntad. Si los padres no están obedeciendo a Dios, si no están aceptando la voluntad de Dios, no pueden pretender – ni mucho menos imponer- que los hijos les sigan en su desobediencia. Un padre y una madre cristianos deben recordar que su hijo les honra cuando ama a Dios sobre todas las cosas. Y si la exigencia de amor que Dios me pide implica la entrega total, honro a mis padres entregándome a Dios.

A veces el dolor de la separación, el fracaso de los planes hechos para el hijo… impide a los padres ver las cosas en la verdad: les impide ver que la vocación de sus hijos es “honra” para ellos. Y se les olvida – o simplemente desconocen- que hay una frase en el Evangelio que el Señor les dirige en esos momentos: “Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna” (Mt 19, 29). Esta frase la dirige Jesús a sus discípulos en un momento muy especial: justo después del encuentro con el joven rico, en el contexto pues de una vocación fracasada. El “dejar hijos por mi nombre” que pide el Señor en el Evangelio no significa –obviamente- abandonarles. Significa permitirles hacer la voluntad de Dios, significa que si Dios les llama a abandonar el hogar paterno para entregarse a Él, los hijos se vayan con la bendición de sus padres. A cambio de ese sacrificio, el hijo, pero también los padres, recibirán del Señor el ciento por uno y la vida eterna. Si soy llamado por el Señor, yo no puedo negarle a mis padres ese premio.

Recuerdo la noche en que muró mi madre. Cuando por fin me acosté, a las tantas de la madrugada, no podía conciliar el sueño. Rezaba un rosario tras otro mientras pensaba: “Mi madre ya ha visto el rostro de Dios, y está siendo juzgada por el Amor”. Recuerdo decirle al Señor: “Recuerda tus promesas, recuerda que prometiste el ciento por uno y la vida eterna a quien permitiera a un hijo entregarse a Dios”. Y me alegré de que mi madre pudiera presentarse ante Dios como la madre de una consagrada.

En el transcurso de esa reunión de la que nació este artículo, conté a los presentes el testimonio de una religiosa que me había impresionado mucho. Se trataba de la Hna. Guadalupe Rodríguez y, cuando la escuché hablar, no sabía a quién admirar más, si a ella o a sus padres. La Hna. Guadalupe ha sido durante varios años misionera en Siria. De hecho, ella estaba en Alepo cuando estalló la mal llamada Guerra Civil en Siria en el año 2011. En Alepo, las bombas llovían a diario y la situación era realmente peligrosa, pero a la Hna. Guadalupe ni se le pasó por la cabeza abandonar el país justo en el momento en el que la comunidad cristiana local más la necesitaba. Los superiores de la Hna. Guadalupe aceptaron su decisión, pero la pidieron comentarlo con sus padres, por si la permanencia de la hermana en un país en guerra iba a ser una situación demasiado angustiosa para ellos. La Hna. Guadalupe habló con sus padres y les expuso toda la situación. Su padre – evidentemente hombre de fe – le respondió en estos términos: “Mira hija, no te voy a negar que estamos muy preocupados por ti. No te voy a negar que nos estremecemos cada vez que escuchamos las noticias sobre Siria… Pero pedirte que volvieras, sería como decirle a Dios que yo puedo cuidar de ti mejor que Él. Y, ¿sabes? Yo no voy a competir con Dios”.

Las palabras del padre de esta misionera son ejemplares y merecen que nos paremos a reflexionarlas con atención. Nadie conoce a tu hijo mejor que Dios y nadie le quiere tan feliz como le quiere Él. Pero es que nadie le puede hacer tan feliz como Dios. Aunque a veces sus caminos no sean nuestros caminos (Is. 55, 8), ni sus planes nuestros planes… hay que reconocer, Señor, que tus caminos son mejor que los nuestros, tus planes son mucho más brillantes que nuestros planes.

El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda en su número 2232 que “los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. (…) Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús (cf Mt 16, 25): «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10, 37)”. Por eso, hay que entender correctamente el cuarto mandamiento, y no absolutizarlo a favor de intereses que no son los de Dios. La clave no es otra que esta: honra padre y madre quien obedece a Dios, honra padre y madre quien ama a Dios sobre todas las cosas.

Hna. Beatriz Liaño

Sierva del Hogar de la Madre

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